EL MUNDO › ACORRALADO POR EL ALZA DEL DESEMPLEO Y EL DESCONTENTO POPULAR, HOLLANDE RATIFICA EL RUMBO CENTRISTA

Sin grandes cambios a pesar de la crisis

En dos horas y 45 minutos no hizo ningún anuncio mayor ni tampoco dio pistas acerca de la reforma del sistema de jubilaciones, la reducción suplementaria de los déficit públicos o la reforma del mercado de trabajo.

 Por Eduardo Febbro

Desde París

Cambio de estilo sin cambio de rumbo. En la segunda conferencia de prensa de su mandato, el presidente francés, acorralado por la crisis, el descontento masivo de la población, el alza del desempleo y la hostilidad creciente de la izquierda, salió a escena en una de esas tradicionales misas políticas de las que Francia tiene el secreto: hablar es como una promesa de cambios. Sin embargo, el jefe del Estado ratificó la política centrista que aplica desde que llegó, hace un año, al poder y su eje motor: reducción de los déficit. Cuando le preguntaron qué era, el presidente respondió: “Soy socialista”. Antes y después desplegó un conjunto de argumentos precisos, de una claridad sin vueltas, sobre lo que es y será su política: todo se resume en una presentación de dos horas y 45 minutos ante 400 periodistas, de la que no se desprende ningún anuncio mayor ni tampoco pistas acerca de las decisiones difíciles que habrá que tomar: la reforma del sistema de jubilaciones, la reducción suplementaria de los déficit públicos o la reforma del mercado de trabajo. Apenas un par de frases dejan entrever nuevos sacrificios y recortes, sobre todo en las jubilaciones: “Si vivimos más tiempo es lógico que trabajemos más”, dijo el presidente.

Quienes esperaban un “recurso hacia el futuro” (como el diario Libération) o un diseño nuevo para salir del presente se quedaron sin programa. No habrá transformaciones rotundas en la línea adoptada hasta ahora, ni menos aún un vuelco hacia la izquierda. Afable, con una dosis de humor delicado y elocuente, el presidente defendió su acción y adelantó una serie de ideas y propuestas para Francia y Europa. El jefe del Estado planteó una ofensiva para sacar a Europa de su “apatía” al tiempo que le propuso a Alemania un acuerdo para avanzar hacia la unión económica y política. También planteó la idea de un gobierno económico de la Zona Euro encargado de armonizar la fiscalidad, la convergencia social y un dispositivo de lucha contra el fraude fiscal. “Si Europa no avanza desaparecerá del mapa del mundo y del imaginario colectivo. No se trata de ser conservadores o progresistas, sino de superar los egoísmos nacionales y de salvar el proyecto. Ha llegado la hora de dar un nuevo impulso a Europa, y mi deber es liderar ese desafío”, dijo el presidente francés. Dijo, claro, pero no explicó en realidad cómo, ya que, globalmente, lo que planteó en los hechos es seguir caminando por la misma ruta de centro, liberal, con la que, en 2012, inició su mandato. En este contexto, el presidente evitó también provocar nuevos roces con Alemania. Algunas semanas después de que un documento del Partido Socialista francés evocara la “intransigencia egoísta de Angela Merkel”, Hollande reconoció que Merkel y él no tenían “las mismas ideas, pero tenemos las mismas responsabilidades”. Hollande rehusó así “enfrentar” a la derecha europea y en particular a la alemana, como lo habían sugerido los socialistas en el polémico documento que circuló hace unos días.

Con la biblia del realismo presupuestario en una mano y la pedagogía para venderla en la otra, François Hollande se comprometió una vez más a bajar el desempleo antes de finales de año y anunció un plan de inversiones destinado a fomentar el mercado de trabajo en sectores como el digital, la energía, la sanidad y las infraestructuras de transporte. El dirigente socialista admitió con todo que “a largo plazo, la batalla no se podrá ganar si el crecimiento no vuelve”. Por ahora, esa perspectiva es imposible. Francia ingresó a principios de año en una fase recesiva. El Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos (Insee) indicó que el PIB del país había retrocedido en 0,2 por ciento en el cuarto trimestre de 2012 y que la actividad había vuelto a caer al mismo nivel en el curso del primer trimestre de 2013. Las luces rojas se han encendido en todos los sectores de la economía. El presidente francés tiene así dos horizontes recesivos: el de su país y el de su propia popularidad, la más baja (25 por ciento) que haya conocido un presidente de la Quinta República. Este último detalle no lo preocupa. “No busco ser popular, sino tomar las buenas decisiones”, dijo y reiteró su credo inicial: “Pido que me juzguen por los resultados”. François Hollande apuesta por el trabajo a largo plazo, por el resultado positivo que tendrá el ahorro presupuestario y por los efectos benéficos que acarreará el mantenimiento del costo de la deuda a niveles bajos. Menos técnico que otras veces, Hollande reapareció con la convicción que había mostrado durante la campaña electoral de 2012.

Por primera vez desde que asumió la presidencia, en mayo del año pasado, el jefe del Estado pareció encarnar un proyecto, con una perspectiva a la vez nacional y europea. Inclusive si en la sustancia no hay ingredientes novedosos ni golpe de timón “à gauche”, la forma de comunicación le dio a su intervención un carácter más convincente. El segundo año, François Hollande empieza con la misma política que el primero, pero con otra argucia para comunicarla. No obstante, las líneas trazadas no se moverán: disciplina presupuestaria y cero esfuerzo del Estado a favor del poder adquisitivo. En suma, la ortodoxia de la Unión Europea completa, envuelta como un caramelo de lujo en un papel suave y decorado. El presidente francés admitió que le había tocado “ser presidente en el peor momento” y, de paso, presentó un nuevo rostro de la izquierda. Resumiendo su política, Hollande dijo que antes la izquierda “gastaba” y perdía las elecciones: “Ahora vamos a ahorrar y vamos a permanecer”.

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Hollande soltó un par de frases que dejan entrever nuevos sacrificios y recortes, sobre todo en las jubilaciones.
Imagen: EFE
 
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