EL MUNDO › OPINION

Plegaria contra Dilma

 Por Eric Nepomuceno

La oposición al gobierno de Dilma Rousseff –y a su posible reelección– suele levantar las manos al cielo e implorar con furiosa ansiedad: “El escándalo nuestro de cada semana / dánoslo hoy”. Lo hacen el neoliberal travestido de socialdemócrata Aécio Neves y sus aliados de siempre, lo hacen la evangélica y ambientalista travestida de novedad Marina Silva y sus nuevos aliados y lo hace mayormente el principal núcleo de la oposición, los grandes conglomerados de comunicación.

Pues en esos últimos días la respuesta a esa oración vino con fuerza descomunal: Paulo Roberto Costa, quien durante ocho años –de 2004, con Lula da Silva presidente, a 2012, con Dilma– fue uno de los directores de Petrobras, la estatal de petróleo, uno de los puestos más ambicionados del país. Descubierto como operador de una pandilla que desvió decenas de millones de dólares –todavía no se sabe la cifra exacta, pero supera los 90 millones–, el elegante y afable caballero en cuestión está preso. Sobre sus espaldas recae la posibilidad de ser condenado a más de cuarenta años de cárcel. Por tal razón, y muy comprensiblemente, Costa recurrió a un recurso legal, conocido como “delación premiada”, y se largó a hablar. Por ese instrumento legal, el preso todavía no condenado delata a cambio de disminuir su sentencia. Si las informaciones prestadas son comprobadas y ayudan a elucidar el delito, el delator recibe un beneficio, que puede significar la libertad.

Nada de lo que Paulo Roberto Costa confesó fue comprobado, pero hay indicios más que suficientes para que se le dé crédito. En las primeras 42 horas grabadas por la Policía Federal, él menciona a un ministro, a cinco gobernadores o ex gobernadores, a por lo menos veinticinco diputados y a un grueso puñado de senadores. Entre los parlamentarios aparecen el actual presidente de la Cámara de Diputados, Henrique Alves, y el presidente del Senado y del Congreso nacional, Renan Calheiros. De paso menciona al tesorero del PT y de la campaña electoral de Dilma, João Vaccari Neto. Y por si todo eso fuera poco, denunció también al ex gobernador de Pernambuco Eduardo Campos, cuya muerte en un desastre aéreo abrió espacio para que Marina Silva asumiese la candidatura presidencial en una estampida fulminante que, al mismo tiempo, liquidó las pretensiones de Neves y amenaza de manera contundente a Dilma Rousseff.

Todos los denunciados por Paulo Roberto Costa son (o han sido) aliados del gobierno de Dilma. Todos son conocidos por su mala o pésima reputación. Es sabido que, en el actual sistema político brasileño, ni Dilma ni ningún otro presidente lograría gobernar sin llegar a acuerdos con ese sector putrefacto del Congreso.

Es la primera vez que el nombre del fallecido Eduardo Campos aparece en una denuncia de corrupción.

Para Marina Silva, se trata de una situación delicada. Al fin y al cabo, en todas partes ella dispara su arenga, defendiendo la imperiosa necesidad de una “nueva política”. La muerte de Eduardo Campos, un político joven y promisorio, la catapultó a la candidatura presidencial. ¿Qué nueva política es esa, con denuncias de corrupción contra uno de sus mentores? ¿Cómo denunciar otro escándalo de corrupción involucrando al PT de Dilma si su compañero de lista electoral también aparece entre los acusados?

Para Dilma, la situación es aun más delicada. Ella, que venía logrando recuperar terreno para dar la batalla decisiva contra Marina, está otra vez a la defensiva.

Para Aécio Neves, la situación parece formidable: puede disparar fuego intenso contra sus dos rivales e intentar volver a ser medianamente viable. Sin embargo, será un intento frustrado: el electorado de derecha y centroderecha se volcó hacia Marina Silva, y algunos caciques de su mismo partido ya establecieron diálogo con la adversaria, con los ojos puestos en un posible gobierno de coalición.

Con mucha razón, Lula da Silva, con su intuición política intacta, comentó con interlocutores de confianza, hace pocos días, que “la segunda vuelta ya empezó, y será larguísima”. Cuando dijo eso, él todavía no sabía que Costa estaba hablando. Sabía, eso sí, que si el antiguo funcionario hablase, todos perderían el rumbo y la brújula, especialmente Dilma y sus estrategas de campaña.

Esta semana serán conocidos nuevos resultados de sondeos electorales. Se podrá saber, entonces, hasta qué punto las denuncias del operador de la pandilla incrustada en Petrobras tuvieron efecto.

Faltan poco más de tres semanas para que los casi 160 millones de electores brasileños elijan a quien presidirá una de las ocho mayores economías del mundo en los próximos cuatro años. Cada minuto de cada hora de cada uno de esos días tendrá un peso inmenso. Acostumbrado a un aluvión de escándalos, el brasileño tiene ahora un nuevo y jugoso plato servido en el banquete de las denuncias. Seguramente habrá otros antes de que se llegue a los postres electorales.

Esta vez, los cielos fueron generosos al atender las oraciones que pedían por el escándalo nuestro, si no de cada día, al menos de cada semana. Lo que quizá nadie esperaba es que el escándalo salpicaría a la más fuerte adversaria de Dilma, poniendo a las dos en la misma bolsa.

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