EL MUNDO › SOSPECHADO, VILLEPIN ADMITE QUE SE MENCIONO A SARKOZY

Negar sí, pero mejor no tanto

 Por Eduardo Febbro
Desde París

El primer ministro francés sigue con la espada en la mano defendiéndose de las reiteradas sospechas que pesan sobre él y que lo señalan como el eje de un complot destinado a involucrar al ministro de Interior, Nicolas Sarkozy, en un enredo de cuentas secretas abiertas en una empresa con sede en Luxemburgo, Clearstream. Dominique de Villepin negó una y otra vez toda intención de perjudicar a Sarkozy, pero los documentos publicados por la prensa, en particular por el vespertino Le Monde, tornan su versión poco verosímil. En un nuevo ejercicio de equilibrismo político, el jefe del Ejecutivo se mantuvo fiel a su línea de defensa, reiteró que no iba a renunciar y se dijo víctima de una “campaña de calumnias” y de “mentiras”.

Lo que está en entredicho es el papel que desempeñó Villepin en la difusión de las listas y los CD-Rom que contenían los nombres de los hombres políticos que supuestamente detentaban cuentas bancarias en el extranjero y, sobre todo, si sí o no el premier pidió que los servicios secretos investigaran a Nicolas Sarkozy. El jefe de gobierno dijo que el nombre de su ministro de Interior nunca había sido pronunciado. Sin embargo, el diario Le Monde publicó un segmento y las notas personales del general Philippe Rondot, un general de los servicios secretos que estuvo en estrecha relación con Villepin en el curso del caso Clearstream. Las notas prueban que Dominique de Villepin sí pronunció el nombre de Sarkozy. Pese a ello, el jefe de gobierno repitió su versión, pero Le Monde contraatacó publicando el texto completo de la audiencia del general Rondot con los jueces. Tras la lectura de la nota del diario no quedan dudas sobre lo que ocurrió a puertas cerradas. Consciente del efecto devastador de estas revelaciones, Dominique de Villepin concedió ayer que el nombre de Nicolas Sarkozy no “había sido evocado en relación con un asunto determinado” sino en su “calidad de ministro de Interior”.

Villepin se encuentra en una situación insostenible. El conjunto de la prensa, incluso la conservadora, se le vino encima. Los diarios de derecha hablan del “espectro de Watergate” y se preguntan sin rodeos “¿por qué mintió?”. Frente a un Sarkozy convencido de que su rival quiso ensuciarlo para sacarlo de la carrera presidencial y que exhibe una prudencia angelical, el premier y el presidente francés, Jacques Chirac, aparecen como grandes mentirosos, capaces de urdir jugadas de poca moral para decapitar a sus adversarios.

El porvenir de Villepin está ligado a las investigaciones que está realizando la Justicia. De un momento a otro puede ser convocado por los jueces para conocer su “versión legal” de los hechos. Los socialistas no cesan de exigir su renuncia, al tiempo que también disparan contra Sarkozy. El ministro del Interior aparece como una víctima demasiado pasiva y la oposición le incrimina haber dejado que las investigaciones sobre él siguieran su curso con el único propósito de denunciarlas en el momento más oportuno para él y fusilar así a Dominique de Villepin. El escenario político francés empieza a tener un clima semejante al de las piezas de Shakespeare, donde siempre hay alguien que termina con la cabeza cortada.

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