EL MUNDO › CLAVES PARA ENTENDER LA CRISIS EN LIBANO TRAS LA MUERTE DE GEMAYEL

Diario de un país que se desangra

La presión de Hezbolá para destituir a Siniora, el tribunal que juzgará a los asesinos de Hariri, el rol de los franceses, la inutilidad de los detectives que investigan la muerte de Gemayel, postales del funeral y el fantasma omnipresente de otra guerra civil.

 Por Robert Fisk *

Domingo 19 de noviembre. Me dirijo a Khiam, en el sur del Líbano, a fotografiar los cráteres de las bombas israelíes en las que un equipo de científicos británicos dicen haber encontrado rastros de uranio enriquecido. Tropas españolas –junto a soldados indios– patrullan este peligroso rincón del Líbano, y sus vehículos de la ONU pasan junto a nosotros mientras conducimos. Todo esto parece irrelevante mientras la peligrosa guerra política entre partidarios del gobierno libanés –musulmanes sunnitas y cristianos– y las fuerzas pro sirias opositoras, especialmente chiítas, emplean un lenguaje cada vez más incendiario. Los líderes del movimiento chiíta Hezbolá reclaman terminar con el gabinete elegido democráticamente de Fouad Siniora, conformado después del asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri el año pasado. Los cristianos dicen que los miembros de Hezbolá son fascistas. Se supone que mañana el gabinete aprobará el nuevo tribunal de la ONU para juzgar a los sospechosos del asesinato de Hariri, a pesar de la renuncia de los seis ministros chiítas (pro sirios, por supuesto).

Lunes 20 de noviembre. El presidente libanés, Emile Lahud, fiel a Siria, declara que el gabinete no tiene capacidades constitucionales para aprobar el tribunal de la ONU, lo que puede apuntar con un dedo al propio Lahud. Mi conductor, Abed, se lamenta por el fin del mandato francés sobre el Líbano, bajo el cual nació. Los franceses, según Abed, aportaron un respiro entre la brutalidad del Imperio Otomano y la corrupción post independentista. No estoy seguro de coincidir con Abed. Los franceses reprimieron cruelmente protestas en Sidón con tropas de Senegal y se resistieron a la independencia. Pero en estos días, sectarios y de miedo, es fácil ver cómo los grandes bulevares construidos por los franceses, los cafés parisinos y las boutiques –todas exquisitamente restauradas por Hariri después de la guerra civil libanesa de 1975-1990 (por lo menos 150.000 muertos)– se han convertido en un mito útil, un oasis colonial de paz entre las masacres orientales.

Visito la oficina de la BBC en el centro de la ciudad para grabar una entrevista y hablar con la corresponsal de Beirut, Kim Ghattas. Charlamos sobre el reclamo del líder de Hezbolá, Hassan Nasralá, de realizar manifestaciones callejeras chiítas, y le digo que temo que haya otro asesinato político pronto. Le nombro a dos líderes cristianos que pueden ser asesinados y cuyas muertes podrían desatar el fantasma de la guerra civil.

Martes 21 de noviembre. Pierre Gemayel es asesinado. Ministro de Industria. Cristiano maronita. Recuerdo mi conversación con Ghattas –los dos prominentes cristianos de los que le había hablado a ella no incluían al joven parlamentario de la Falange–. Debería haber escrito sobre mis sospechas en el Independent de esta mañana. Pierre Gemayel, hijo del ex presidente Amin Gemayel, sobrino del asesinado ex presidente Bashir Gemayel, tío de Maya, la hija de dos años de Bashir que fue asesinada. Soltero. Iba en el auto prácticamente solo. Tres hombres armados. La sexta figura política prominente que es masacrada en los últimos 20 meses. ¿Cuántos más antes de que escuchemos los disparos?

Miércoles 22 de noviembre. Los diarios de Beirut están inundados de imágenes de la llorosa madre de Gemayel, Joyce (“esas balas le destrozaron la cara”) y su esposa Patricia –estaba casado, recibo cuatro llamados hoy para indicarme el error–. Conduzco a la escena del crimen. Allí está el Kia de Gemayel en la calle, todavía bañado de sangre. Una periodista australiana, Sophie McNeill de la SBS Television, está contando el número de agujeros de bala del lado del conductor (alrededor de 12), como un agente de policía –y probablemente esté haciendo un mejor trabajo que los verdaderos policías libaneses, que se pasean alrededor nuestro, dando versiones del asesinato totalmente diferentes–. Cinco asesinos en total, parece. Ni siquiera usaban máscaras. McNeill sugiere que llamemos a un número de teléfono que se encuentra en uno de los lados de la camioneta dañada –el conductor debe haber visto al hombre armado cuando el auto de Gemayel lo chocó–. “Nuestra oficina está cerrada”, dice una grabación. “Abriremos mañana”. Como el Líbano.

Me dirijo a Bikfaya, donde yace el cuerpo del hombre muerto en un cajón cerrado (sí, de hecho le destrozaron la cara). Miles de cristianos –y musulmanes sunnitas y drusos– vestidos de negro. No hay gritos. No hay declaraciones de venganza. Todavía.

Jueves 23 de noviembre. ¿Medio millón? ¿250.000 personas? Hay pocos chiítas en el funeral. Más tarde escucharé con horror al ex miliciano cristiano (y asesino convicto) Samir Geagea, mientras la muchedumbre aplaude a lo que suena sospechosamente como un llamado a la represalia. Amir Gemayel, el padre de Pierre, quien tan honorablemente urgió a la prudencia antes que a la venganza justo después del asesinato de su hijo, le dijo a un reportero que los asesinatos pueden ahora “pasar al otro lado...”. ¿Significa eso, tal vez, el “lado” chiíta?

Viernes 24 de noviembre. Hezbolá pospone sus manifestaciones hasta la semana próxima. Pero los chiítas bloquean el aeropuerto para expresar su enojo ante los discursos del funeral que insultan a Nasralá.

Sábado 25 de noviembre. Vuelo a Beirut para un breve viaje al exterior. Los vehículos del ejército libanés están estacionados en la oscuridad al lado de la ruta del aeropuerto, los cigarrillos de los ocupantes resplandecen en la noche. La mayoría en el ejército son chiítas. ¿Qué estarán pensando mientras fuman sus cigarrillos? Mi vuelo pasa sobre el atardecer del Mediterráneo y allí, debajo de mí, se encuentran dos buques de guerra alemanes en su misión de impedir el tráfico marítimo de armas a Hezbolá. Pero creo que Nasralá tiene suficientes armas para otra guerra.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Traducción: Virginia Scardamaglia.

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Soldados libaneses custodian una reunión de gabinete en el centro de Beirut.
Imagen: AFP
 
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