EL MUNDO › OPINION

El show de los dos John

 Por Claudio Uriarte

El dream team de los dos John –el aristocrático y progresista Kerry de Nueva Inglaterra, el self-made-man de origen obrero, moderado y populista Edwards del sur, en un país donde los orígenes y las identidades sociales a menudo contradicen lo que podría esperarse en definición ideológica– se lanza la semana entrante a su nominación en la Convención Demócrata de Boston en medio de un empate técnico en las encuestas para disputar la Casa Blanca con la fórmula republicana George W. Bush-Dick Cheney hacia las presidenciales del 2 de noviembre. Normalmente, y salvo que los candidatos sean un verdadero desastre –y éste no es el caso– la Convención es un impulsor natural de las encuestas, aunque esta vez puede serlo menos que en el pasado por dos razones: 1) las cadenas de TV abierta se han dado cuenta que una cobertura in extenso de las convenciones brinda a los candidatos una inmerecida dosis de publicidad gratuita, razón por la cual han decidido restringir la cobertura de cuatro días de Convención a un total de poco más de tres horas y media, y 2) la Convención carece del drama y el suspenso de la temporada de primarias (terminada en efecto en marzo último) y se parecerá más que nada a una coronación. Sin embargo, un repunte es casi seguro –por lo menos hasta que la Convención rival se reúna en el lugar y la fecha simbólicamente cargados de septiembre y Nueva York– y hay más señales positivas para John-John: el hecho de que el empate técnico los muestra consistentemente por delante (aunque dentro del margen de error demoscópico), el apoyo de la mayoría del electorado hispano (primera minoría del país, con 40 millones de habitantes, lo que podría servir de factor de desempate), y su logro notable de sobrepasar el ritmo de recaudación de fondos de la campaña Bush-Cheney. De estas señales, probablemente la más significativa sea la del dinero: el gran capital (y el pequeño también) aportan a las campañas norteamericanas un poco al modo de las carreras de caballos, apostando al que se ve como ganador para poder sacar después alguna ventaja en su gobierno; y, a la vez, su aporte pavimenta el camino para una campaña enormemente cara. Hay mucha gente ansiosa de desembarazarse de Bush-Cheney (¿o es al revés?) y no solamente los pobres y los desocupados.
Desde la Casa Blanca, la estrategia de resistencia parece hasta ahora incierta y tentativa. Bush promovió una inverosímil enmienda constitucional para prohibir el matrimonio entre los gays; el Senado, de mayoría republicana, la bochó, pero W. puede decir que trató y no lo dejaron, y así solidificar el respaldo de la derecha cristiana. También inverosímilmente, se lanzaron avisos de TV mostrando a Kerry como un millonario y a Bush como un hombre común (aunque esto puede funcionar en Estados Unidos). Aun antes, Bush había cometido la temeridad de elogiar al sombrío plutocrático Cheney contra el radiante John Edwards (aunque el Sr. Petróleo también tiene sus simpatizantes). Pero el problema de estas tácticas es que se reducen a predicar a los ya conversos. Cuando el candidato W. logró en 2000 la hazaña de reunir casi tantos votos populares (aunque no electorales) como el demócrata Al Gore, pese a que se estaba en el cenit del boom económico y el 11-S no había ocurrido, lo hizo bajo la consigna falaz del “conservadurismo compasivo”; ahora, con el saldo de un gobierno que no fue ninguna de las dos cosas (creó la deuda nacional más grande de la historia, e impulsó en todas las áreas un programa de extrema derecha), Bush parece discursivamente imposibilitado de apelar nuevamente al centro, espacio que está siendo cubierto rápidamente por Kerry, que en la gira nacional que está desplegando rumbo a su nominación el jueves ha abandonado la retórica de guerra de clases que lo propulsó en las primarias y está enfatizando valores tradicionales, como en las consignas de “un Estados Unidos más fuerte” y “familia, fortaleza y servicio; responsabilidad y oportunidad para todos”. Adicionalmente, hay una recuperación económica pero la gente no parece sentirla, y hay una guerra en Irak que, pese al número comparativamente reducido de bajas (vis-a-visVietnam, por ejemplo) y a la inexistencia de la conscripción obligatoria, sí parece sentirse.
Pero, aunque falta muy poco para las elecciones, mucho puede ocurrir (otro superatentado, la captura de Osama bin Laden, etc.) y Bush siempre tiene las ventajas del presidente en funciones. Por eso, la tarea de los dos John es reducir el enorme margen de impredecibilidad de esta carrera.

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