ESPECTACULOS › DIEGO PERETTI, PSIQUIATRA EN LA TELEVISION Y EN LA VIDA REAL

“Mi personaje no debe involucrarse”

Diego Peretti es el psiquiatra de Locas de amor que se verá involucrado en una relación afectiva con una de sus pacientes. Peretti, que ejerció en el Borda y en el Castex, opina que cuando eso sucede “se quiebra la ética expuesta frente al paciente”.

 Por Mariano Blejman

El psiquiatra que Diego Peretti interpreta en el unitario de Canal 13 Locas de amor (martes 23.30, tan unitario que es prácticamente el único que tiene la tele abierta) ha sido ensayado por el actor durante toda su vida: porque Peretti fue psiquiatra en su vida anterior, cuando todavía no se decidía por la actuación, llegó a ser jefe de residentes del Argerich. Hasta podría decirse que se ha dedicado a los demás. Porque después de aquel mítico personaje de Emilio Ravena de Los simuladores (un superhombre que jamás se equivocaba) donde vivía arreglándole asuntos a la gente, siguió con el psiquiatra de Locas de amor, otro encargado de arreglar todo tipo de vidas, menos la suya. También en la película Taxi, un encuentro que estrenó en 2001, ayudaba a una fugitiva de la Justicia. También podría decirse que en su pasado de psiquiatra cumplió ese rol de ordenador de vidas ajenas. En entrevista con Página/12, Peretti asegura que también un poco su vida es así: “El trabajo me consume tanto que no tengo mucho tiempo para mi familia”, dice.
–Su rol en Locas... es profundamente normalizador...
–El personaje del psiquiatra Martín Uribelarrea es estéticamente delicado, trabaja sobre una franja estrecha donde el eje es el sentido común. Es quien pone límites para lograr un tratamiento para la curación en la cuestión de salud mental. Son patologías que necesitan un tratamiento privilegiado, seguimientos casi policíacos de desarrollo. Se busca interactuar en la relación con la familia en una persona que no puede contener una mirada externa. Martín es un personaje que no debe estar afectivamente involucrado pero que se va involucrando de a poco en una situación sentimental. Involucrarse con una de las pacientes es un momento difícil, ahí se conduce el personaje.
–¿Va a perder su eje?
–Aquí se dirime la cuestión de la ética profesional, más allá de lo normal. La explosión tiene que ver con el quiebre de una ética expuesta frente a los pacientes. Es una relación que suele ser juzgada como un aprovechamiento de la situación y, obviamente, en el mundo de la psiquiatría no está bien visto.
–¿Le pasó alguna vez?
–Siendo residente, una vez nada más. Cuando estaba haciendo una asistencia, aunque la residencia es una asistencia muy supervisada. La vi venir, empecé a sentir atracción por una paciente y decidí correrme. No es agradable, no se puede ejercer la profesión. Son situaciones a las que a veces lleva el tratamiento de enfermedades mentales con tanta intimidad.
–Habiendo sido psiquiatra, ¿le parece creíble el guión de Locas...?
–El tratamiento de rehabilitación sobre los estados mentales, el asunto de la confusión familiar, los problemas de salud son totalmente verosímiles. Es probable que algunas cosas estén ficcionadas de más, pero hace poco nos escribieron del interior del país para contarnos una experiencia similar de externación de los pacientes. Porque se necesita de la sociedad en la rehabilitación si uno se quiebra. Se necesita el contacto exterior.
–¿Cómo fue su residencia psiquiátrica?
–Trabajé un año con psicóticos en el servicio del doctor Stingo, en el Borda, un muy buen psiquiatra, donde también armaban talleres artísticos. Pero hay que tener bien en cuenta que cuando se trabaja la locura hay un estigma preexistente: la locura se centraba en el manicomio que era una institución aislada. Allí caían todo tipo de marginados, muchos años después se entendió la locura como una enfermedad y se la adhirió a las instituciones que curaban. Pero de un modo anexo: aun cuando se creó el servicio de salud mental, la locura como enfermedad ingresó al hospital de un modo particular. Cuando yo estudié, iba al Castex y el servicio de salud mental estaba al final, después del patio, al lado de la morgue. En el Finochietto y el Aráoz Alfano en Lanús también. Cuando uno se quedaba de noche, tenía, por ejemplo, un paciente alcohólico agudo o algo similar y había que pasar el estacionamiento. Imagínese, 3 de la mañana, un enfermero con una camilla con una manta blanca. No me olvido más. Además, a esa hora ¡consigan un lugar en provincia de Buenos Aires para internar a alguien! Es imposible.
–¿En qué época trabajó de psiquiatra?
–A principio de los ‘90, fui jefe de residentes en el Hospital Argerich. Creo que Locas de amor trata el tema de los pacientes mentales en proceso de curación de una manera muy correcta. Aunque se exacerba tal vez la cuestión de la salida al exterior. Es más habitual la oscura imposibilidad de salir: un mundo médico perverso que los condena a un mayor encierro. Locas... no toma ese aspecto.
–¿Y por qué estudió psiquiatría?
–Creo que fue porque había un mandato familiar por seguir una carrera universitaria. Me interesaba la idea de la medicina, de la psiquiatría. Aunque ya en los primeros años me daba cuenta de que no era lo que más me gustaba. No tenía pasión, lo hacía bien, pero finalmente dejé de hacerlo.
–Tanto Ravena de Los simuladores como éste se dedican a resolver problemas de la gente. ¿En qué se diferencian?
–Emilio Ravena expresaba un cinismo permanente. Pocas veces se lo vio hablando desde la nobleza o desde su sinceridad. El psiquiatra de Locas... no tiene cinismo, cada cosa le sale del corazón y desde la nobleza. Ahora, el tipo comenzó a perder la tensión de su vida familiar. El compromiso es grande con sus pacientes. En cambio, Ravena no era humano. Vivía con tres mujeres del mejor nivel cultural. No eran gatos del menemismo, tenían la cabeza de María Kodama. Nunca tuvo angustia, no conoce el concepto. Además Ravena jamás fallaba, era relajado, no le pesaba nada. Era el único de los cuatro simuladores que no tenía angustias de ningún tipo.
–Parece que lo extraña a Ravena...
–No hay en la televisión actual un programa de nivel de aventura como Los simuladores o como fue Poliladron en su momento. Todavía estamos pensando en la película. Pero somos cinco integrantes más Telefé, que nos produciría el film. Tenemos que conciliar muchos intereses, tenemos tiempos distintos, los otros ex simuladores están con el teatro. Pero, sobre todo, se necesita un guión acorde con la expectativa y el formato de cine. No puede ser un programa más. Pero en algún momento va a pasar.

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Diego Peretti habla, hoy, con nostalgia de su Emilio Ravena de Los simuladores.
 
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