EL PAíS › DEBATE

Después de las palabras, vayamos a los hechos

 Por Osvaldo Bayer

El sábado pasado, Osvaldo Bayer criticó en una contratapa de Página/12, titulada “De Sarmiento a Luis Palau”, la decisión del jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, y de su ministro de Educación, Mariano Narodowski, de hacer obligatoria la entonación del Himno a Sarmiento en los actos de todas las escuelas de la ciudad de Buenos Aires. En la edición de ayer del diario salió publicada la respuesta de Narodowski, “Un sueño de guardapolvo blanco”, en la que planteaba la defensa del himno como “la necesidad de contribuir a aglutinar a todos en pos de la educación”. Aquí, la réplica de Bayer a los conceptos del ministro.

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Estimado Mariano Narodowski:

Muchas gracias por su carta de ayer referida a mi nota “De Sarmiento a Luis Palau” del sábado pasado. Primero le pido disculpas por haberlo llamado secretario de Educación cuando en realidad usted es ministro. Es que no tengo arreglo, ya que siempre soñé que los representantes fueran llamados solamente ciudadanos, como aquellos principios del París revolucionario (aunque veamos que después de aquel glorioso 1789 del “libertad, igualdad, fraternidad” nos llevó, por lo menos hasta ahora, a Sarkozy. Fantasías de la realidad). Bien, le agradezco su respuesta, repito, porque en general los personajes encumbrados en el poder a quienes me he dirigido nunca han respondido, no lo consideran necesario. Y menos cuando se les pide autocrítica. Pero vayamos al meollo del problema: el himno a Sarmiento que usted y Macri han declarado su canto obligatorio en todos los actos escolares. En su respuesta, usted señala que tomó esa decisión para que así se iniciara el debate sobre la figura de Sarmiento. Creo que hubiera sido mejor primero iniciar el debate sobre si ese himno tan personalista y desmesurado merecía ser cantado obligatoriamente por nuestros niños, antes de ordenarlo desde arriba. Bajo el principio primero se canta y luego se debate. La letra de ese himno es un endiosamiento de alguien cuya figura debe ser tema de discusión ya mismo, con sus pros y sus contras. Para eso debe servir la enseñanza de la historia. Lo fundamental es juzgarlo desde el punto de vista de ser humano y de la ética, tribunal supremo indiscutible. Matar es matar. Ser racista es algo inaceptable desde todo punto de vista.

En ese sentido, es ejemplar la conducta del director de la escuela 23, distrito 11, Enrique Samar, ante la reacción de sus alumnos que se negaron a cantar el himno ordenado por las autoridades. Textualmente, la resolución de ese docente: “Mi respuesta a los alumnos fue que si no lo querían cantar, que no lo cantaran, pero que tenían que fundamentarlo, que investigaran, que estudiaran, que lo debatieran y luego lo pusieran por escrito. Así lo hicieron. Afirmaron que no podían cantar un himno a una persona que había discriminado a los gauchos y a los indios”. Eso es respeto por la opinión de los demás. Una actitud antiautoritaria para imitar. La escuela está para eso.

Podría llenar un libro con aspectos inaceptables de la figura de Sarmiento. Documentos científicamente históricos. Lo iré desarrollando en notas, en los generosos espacios que me otorgó siempre Página/12 desde hace veinte años.

Pero lo que cabe aquí y ahora es, dentro de ese tema, preguntarnos: ¿cómo es posible que este país, el granero del mundo, tenga desde hace décadas problemas fundamentales que hacen a los derechos humanos: niños con hambre, niños pordioseros, villas miseria, juventud sin trabajo. Pero no sólo eso, sino la crueldad que caracterizó el curso de nuestra historia, con el exterminio de los pueblos originarios, guerras intestinas de una saña inaudita, guerra con pueblos hermanos como con Paraguay (uno de los aspectos absolutamente negativos de la actuación de Sarmiento), que llevó al casi exterminio de ese pueblo; las represiones obreras de una magnitud poco conocida en el mundo occidental y cristiano, una democracia siempre enclenque, que tuvo que soportar hasta ahora catorce golpes militares, y luego, el summum: la “muerte argentina”, la desaparición de personas con características que al pavor suma la extrema perversión. Entonces la pregunta es: ¿cómo fue posible eso? Y por eso, el pedido de autocrítica de mi nota anterior. La revisión de toda nuestra historia: poner en el pedestal por fin a la honestidad y a la democracia digna, que es practicar la solidaridad en libertad.

En ese sentido, si bien prosiguen las guerras y el hambre en la mitad del mundo, se van dando pequeños pasos, muy pequeños, pero con grandeza en su significado. Por ejemplo, en Alemania, se acaba de quitar el nombre de “Mariscal Hindenburg” a la última escuela que llevaba ese nombre, por el voto y pedido de todos. Nadie lo defendió. Hindenburg era el “héroe” indiscutible de la Primera Guerra Mundial, el vencedor de la batalla de los lagos Masurianos. Y, al mismo tiempo, fue el presidente alemán conservador que le dio paso a Hitler para tomar el poder. Bien, ahora todos dijeron basta con esos héroes de una época que pertenece a los tiempos más sombríos de la historia. Nosotros, por ejemplo, tenemos decenas de colegios con el nombre de “General Roca”, el que “exterminó” según sus propias palabras a “los salvajes, los bárbaros”. ¿Por qué justo ese nombre en escuelas y colegios oficiales? Es hora ya de que los propios docentes y los alumnos comiencen el debate sobre esa figura que además dejó sentadas las bases para la distribución de la tierra que llevó al más injusto régimen de latifundios. Usted mismo, Narodowski, en su nota acerca de mi escrito, me achaca “la incorrección de consignar en una misma línea histórica a Sarmiento con Roca”. Enhorabuena. Aprovecho esta oportunidad para proponerle que se organice un debate oficial, en el salón Montevideo de la Legislatura, un profundo debate acerca de la figura de ese general. Con la participación de historiadores roquistas, de independientes y de aquellos que desde hace tres años hemos propuesto a la ciudad de Buenos Aires que, por respeto a la mayoría de la población argentina, el criollo –según el estudio antropológico de la Universidad de Buenos Aires– se quite del lugar más céntrico de nuestra ciudad a ese monumento, preparado e instalado durante la Década Infame, es decir, no por un gobierno democrático. Sí, aquél de los gobiernos del llamado “fraude patriótico”, un término muy argentino que ningún otro país lo puede comprender. Hace tres años hemos pedido al gobierno porteño y a su Legislatura que se traslade ese monumento al genocida a la estancia La Larga, en Guaminí, de sesenta y cinco mil hectáreas, que recibió Roca como “donación” oficial, y él la aceptó a pesar de cobrar el sueldo de general más todas las “expensas”.

Un acto inmoral. Y allí se proceda a situar, sí, en ese lugar, un monumento a las dos mujeres que poblaron este suelo: a la mujer aborigen que dio a luz al criollo, y a la mujer inmigrante, que también pobló con vástagos estas distancias en tiempos de sacrificios y carencias. Ellas son las que merecen estar allí, en ese lugar, y no quien trajo la muerte y el “progreso”, como dicen los historiadores oficiales. Habría que preguntarse el progreso para quién.

Entonces, redescribir nuestra historia, por medio del debate profundo y público para preguntarnos qué nos ha pasado, por qué tanta crueldad en estas interminables llanuras verdes de las espigas de oro.

Estoy a su disposición, señor ministro, para iniciar el gran debate. En tal debate, la escuela puede servir de verdadero templo para llegar a ser más justos y lograr la paz eterna. Y no esta sociedad desgastada y humillada hasta el no va más.

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