EL PAIS › OPINION

Los guantes y el determinismo histórico

Lo imprevisto, el signo del año. Lo, supuestamente, previsible del año que viene. Escenarios para el oficialismo y la oposición. Los protagonistas que siguen y los emergentes. La economía global y la política doméstica, un matrimonio mal avenido. Los retos para el Gobierno y el optimismo de la voluntad.

 Por Mario Wainfeld

“En el uso moderno que hacen de ella matemáticos, meteorólogos y otros, la palabra ‘caos’ no significa que no haya leyes en el mundo natural. Significa sencillamente que dichas leyes son tan complejas que prácticamente es imposible hacer pronósticos precisos, por lo que gran parte de lo que ocurre a nuestro alrededor parece ser aleatorio o caótico.”

“Nada de inevitable había

en el triunfo del determinismo histórico.”

Niall Ferguson, Historia virtual.

“Gracias a Dios que en 1960 Jackie Kennedy iba por allí con un guantecillo hasta la muñeca, uno hasta el codo, uno por encima del codo (...) de repente los guantes volvieron a estar de moda. Los industriales guanteros adoraban a esa señora. Esa mujer volvió a poner en circulación los guantes de piel fina para señora. Pero, cuando asesinaron a Kennedy y Jacqueline Kennedy abandonó la Casa Blanca... eso y la minifalda fue el fin de la moda del guante femenino.(...)

Hasta entonces había sido un negocio que funcionaba durante todo el año.”

Philip Roth. Pastoral americana.

La cita del enorme Philip Roth contiene una sugestiva tesis sobre la historia, los determinismos, el peso de los protagonistas y de lo inesperado. La industria del guante, improvisa el cronista, habrá tenido que ver con el desarrollo económico estadounidense, con el productivismo mercado internista del New Deal, con el consumismo típico de una sociedad muy voraz. Se trata de determinaciones estructurales que en los hechos combinaron con sucedidos únicos: la elegancia de Jacqueline Bouvier, su empatía con un pueblo menos chic que ella, el magnicidio de su esposo. Así es la crónica humana, lógica en sus líneas maestras, interferida por acontecimientos o personajes disruptivos.

La advertencia viene a cuento cuando se emprende el consabido balance y perspectiva de un año en que primó lo inesperado. Lo fueron los tres hechos más salientes para la Argentina: el conflicto por las retenciones móviles, la crisis económico-financiera internacional y la reforma del sistema previsional. Esos hitos, irrebatibles, no estaban en la agenda de nadie, aunque es del caso decir que el colapso del capitalismo “debía” verse venir. Pero, mayormente, nadie lo avizoró y funcionó como sorpresa. Ese trípode signará el 2009, año electoral de medio mandato.

Sería excesiva cerrazón proponer que el porvenir está escrito pues depende de acciones humanas y estatales, tanto como de la irrupción fortuita de fenómenos o líderes impensados.

Sería necio negar que la dinámica de lo impensado se implanta sobre lo real existente.

Los Kirchner, Elisa Carrió, Daniel Scioli, Mauricio Macri, Hermes Binner, Felipe Solá ya estaban en carrera. Sus peripecias pudieron ser otras, pero encastran dentro de carriles que venían trazados. Vivieron avatares, como la industria del guante.

Julio Cobos se suma al pelotón de punta de la dirigencia argentina, hasta de presidenciables. Su fulgurante aparición emparienta más con Jackie o con Dallas.

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Cristina Fernández de Kirchner ganó con holgura la presidencia, un reconocimiento masivo al desempeño de Néstor Kirchner y a su identificación con el proyecto.

El ex presidente consiguió mejorar los indicadores económicos, sociales y laborales. Se generó un nivel de sustentabilidad económica y política infrecuentes en la Argentina. La oposición no pudo plantarse como alternativa, el voto popular optó por lo conocido, por lo seguro. Esa conducta racional pudo inducir a engaño a la cúpula del Frente para la Victoria. Su ciclo político mostraba señales de fatiga, requirentes de renovación, cambios de estilo y caras nuevas. La instancia electoral simplifica, ubica disyuntivas a cara o ceca. Los matices quedan de lado, se definen grandes trazos. La sensatez popular disimuló el desafío de innovar, que fue subestimado desde Olivos y la Casa Rosada.

A la dificultad de combinar virtuosamente continuidad y cambio, se agregó la jugada de resignar la reelección. Una maniobra audaz, atípica por donde se la mire, riesgosa por tanto. Kirchner, contra lo que se suele decir, no pensaba tanto en 2011 como en el lapso 2008/2010. Intuyó, casi desde que llegó a la presidencia, que los liderazgos fatigan, que los romances con la sociedad civil se marchitan con el correr del calendario. Imaginó un dispositivo que, en los papeles, le permitiría a él cubrir flancos débiles de su proyecto: la construcción partidaria, la formación de cuadros, la movilización. La Presidenta aportaría un nuevo tono institucional, una praxis menos confrontativa, un aporte discursivo más rico e institucionalista.

Hasta ahora, el esquema no funcionó conforme con lo deseado. Los roles se invirtieron, con demasiada asiduidad. La crispación no cejó, el producido fue el peor año para el kirchnerismo desde 2003. No lo fue, centralmente, en materia económica. Hubo crecimiento alto, comparado con otros países, no cayó el empleo. El Gobierno reaccionó con reflejos veloces y en rumbo adecuado frente a la crisis. Mechó medidas históricas (la reparadora vuelta al sistema estatal de reparto) con acciones pragmáticas de alcance más corto destinadas a impulsar el consumo, achicar el pánico, mantener los puestos de trabajo. Objetivos irrebatibles, instrumentos bastante consensuados, para los antagónicos cánones de la polémica en estas pampas. Quedan tareas pendientes, básicamente acciones dirigidas a los sectores más humildes, no por cálculo electoral sino por razones de justicia social y como factor dinamizador de la economía.

Los mayores traspiés fueron políticos, dejando una huella cuesta arriba que tratará de repechar el duro año que se viene.

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El oficialismo tocó fondo en julio, rebotó bastante para arriba. Captó que advenía un nuevo rol del Parlamento, que regían otras reglas fácticas para construir mayorías. La eutanasia de las AFJP combinó elementos simbólicos con recursos para fondear al Estado. Pagó costos pero también configuró una coalición amplia y progresista en el Congreso.

El repliegue al PJ no comenzó este año, data de fines de 2005. Pero se acentuó mucho, en paralelo con la entropía de la Concertación K y la discreta retirada de la transversalidad. Es una alianza que cimienta gobernabilidad y posibilita pensar en un alto piso electoral, que funge también como techo.

Kirchner se consagra a construir un horizonte electoral con victorias amplias en las provincias patagónicas, las del Norte y la de Buenos Aires. Trata de acortar las diferencias que dejaron atrás a Cristina Fernández en Santa Fe y Córdoba. Y se va aviniendo a perder lejos en la indómita Capital y en la Mendoza de Cobos. Para acumular algo así como un 35 por ciento nacional, tendrá que conceder mucho juego a los gobernadores o a los líderes provinciales como Carlos Reutemann. Su apuesta incluye que no confluya el archipiélago opositor. Si cruzaran todas las variables tendría por delante un Congreso menos propio, con menos legisladores “del palo” aunque conservando la primera minoría en la suma de votos. Es un horizonte peliagudo, pero no de derrota. Visto desde hoy, sería una situación pasable para Kirchner y más promisoria para Daniel Scioli, que acrecentaría sus virtualidades como presidenciable de un kirchnerismo tibio o de un peronismo “de unidad”.

Claro que ésa es sólo la foto de hoy, cuando están por aparecer Obama, la real densidad de la crisis, el desarrollo normal de las economías, más un conjunto de Jacquelines y Dallas que no sabemos predecir pero que se pueden intuir.

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La oposición avanzó, sobre todo en las expectativas y en virtualidades. El score de las elecciones de 2009 está más abierto de lo que se barruntaba a principios de año. Carrió eligió su rol, enardecido e implacable, la más descalificadora de la oposición. Emergente cabal de la crisis de 2001, ése es su perfil. Lo endulza un poco para referirse a eventuales compañeros de ruta. Sintoniza una onda común, la dirigencia opositora baja los decibeles para no matar, ante tempus, ninguna alquimia de cara a las urnas.

Binner y Macri parecen conservar su predominio provincial, a los dos les ha costado hacerse fuertes en la escena nacional. Sus partidos exceden apenas el distrito único, un karma que también aqueja a la Coalición Cívica cuando Carrió no es candidata nacional.

El radicalismo sigue siendo la fuerza con mayor despliegue territorial e institucional (gobernaciones, intendencias, parlamentarios, punteros, fiscales). La mágica aparición de Cobos le dio un candidato taquillero y un aire de resurrección. La verba del vicepresidente marca diferencias con los Kirchner y con Carrió. Claro que es simple apelar al consenso o al diálogo cuando no se tiene que decidir nada, afectar intereses u optar por sectores. Pero hay una astucia postural en el tono quedo de Cobos, un perfil alternativo respecto de los adversarios y de potenciales aliados.

Kirchner y Carrió son los dirigentes más fuertes consolidados después de 2001, Cobos viene de otra horneada, con otros modales.

Su juego es más que binorma, lo que lo expone a decisiones relevantes, más o menos inminentes. ¿Puede seguir tres años como Jano, funcionario oficialista y dirigente opositor? Esa plataforma exótica, ¿lo blinda respecto de buenos logros electorales de sus competidores internos? ¿Le vale ser candidato a senador por Mendoza, como propugnan varios de sus asesores, incluidos comprovincianos bien sagaces? ¿O es mejor quedarse en el dintel como vicepresidente, incluso para una escena “destituyente” si al FpV le va muy mal en 2009? De esa última pregunta no se habla, queda bien renegar de ella en análisis académicos o periodísticos. Pero forma parte de mesas de arena VIP en cónclaves empresarios o en reuniones privadas de grandes actores de la economía.

Hasta acá, Cobos es un buen prospecto opositor para 2011, quizás el mejor con la foto de hoy. Ya se dijo, la película es muy larga.

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El clima es otro, mayor la perspectiva de un triunfo opositor. Sus líderes toman nota y cuidan las formas, bajaron los decibeles internistas. Los reproches del pasado se acallan a niveles notables. Es piantavotos frustrar la enrevesada hipótesis de la unidad, nadie quiere quedar mal parado por movidas atolondradas.

Es factible que los ciudadanos volcados a la oposición hagan sentir esa demanda a tantos caciques de tribus reducidas. La inercia también podría polarizar ese espectro de votantes antes de los comicios: se irán agregando a quien parezca más dotado para ganar. El pragmatismo puede inducirlos a resignar sus matices expresivos en aras de la unidad. Ese factor primó cuando se conformó la Alianza, que era más sencilla de tejer pues congregaba “apenas” dos fuerzas políticas con amplia presencia territorial y un kit acotado de liderazgos.

Nadie se baña dos veces en un mismo río, menos que nadie la historia, pero suena lógico que la fuerza centrípeta juegue su rol en 2009.

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La economía es global y su impacto trasciende las posibilidades de los gobiernos. Pero la política es doméstica, se dirime fronteras adentro. Eric Hobsbawm trata con compasiva sorna las cuitas de gobiernos “que no tienen la opción de claudicar ante esas fuerzas que escapan a su control, ni siquiera en el caso que lo desearan”. La ajenidad no es argumento audible, los propios límites no sirven de eximiente.

Sería digno de celebración que la Argentina creciera en 2009 la mitad que en 2008, sin pérdidas ni incrementos de los puestos de trabajo y pagando sus compromisos externos. Ese escenario, que no es imposible pero sí voluntarista, marcaría un contraste duro y un freno grande respecto de los años del kirchnerismo.

El Gobierno se topa con un reto enorme, que es minimizar los efectos de la crisis, paso a paso, improvisando como se hace en todas las comarcas del planeta. No puede darse el lujo de cometer tantos errores no forzados como en 2008. Ni puede fantasear que repetirá las altas marcas de 2003 a 2005. Por entonces, Kirchner tomaba el timón y producía hechos de alto simbolismo (el cuadro de Videla, la ESMA, la Corte, la disputa con el FMI) y accesible comprensión. Su sentido, por así decirlo, estaba constituido en el pasado. Bastaba mostrar al enemigo para ser inteligible. El conflicto con las entidades agropecuarias lo oponía con un antagonista más novedoso, no tan fácil de encasillar.

Tras la caída del capitalismo global, el Gobierno recuperó parte de sus virtudes, básicamente la de ponerse en el centro de la escena y promover iniciativas cotidianamente. Volvió a ser referencia, criticable pero dominante. Esa gesta, la del hecho cotidiano, fue una marca del kirchnerismo y es su mejor bagaje en el futuro inmediato. La presidenta Cristina encarna esa seguidilla de acciones, de ordinario bien dirigidas aunque insuficientes. Algunos retoques en la liturgia oficial, unas gotas de receptividad con “los otros”, insinúan un criterio que habría que ahondar.

Otros cantares de gesta, como los que ensayó Kirchner en algunos discursos pasados y recientes, contradicen el sentido común, anheloso de serenidad y de confianza. En 2003, la meta utópica construida a diario era salir del infierno en pos del Purgatorio. Hoy día, es evitar recaer en el infierno, con el espantajo de 2001 muy cerquita. Evitar ese abismo, a pura acción de gobierno, es el deber del oficialismo, que quizá (sólo quizá, nada menos que quizá) acreciente sus posibilidades en el cuarto oscuro.

Una tormenta mundial exige templanza, de oficialismo y oposición. Incluso el portento de no jugar todos los puntos a suma cero, algo ajeno a la idiosincrasia política imperante.

En cualquier caso, el porvenir todavía está abierto, supeditado a la estatura y la destreza de la corporación política con el Gobierno a la cabeza.

Queda, pues, el optimismo de la voluntad. Y los mejores deseos para todos los lectores que conceden a este escriba el privilegio de acompañarlo en la crónica de un país formidable que nunca da sosiego.

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Imagen: Télam
 
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