EL PAíS › OPINIóN

Desarrollismo y moral popular

 Por Horacio González *

Una palabra, desarrollismo, cierta vez se impuso. Quedó. Significaba o quería significar un fuerte cambio conceptual en la apreciación de los fenómenos políticos argentinos. Una mutación brusca del sujeto. No es que antes no hubiera una mística sobre las obras públicas, la energía, las fuerzas productivas y los cimientos materiales de la sociedad, como explicación de sus formas culturales y jurídicas. Pero fue con Frondizi que todos estos elementos quedaron consagrados en una suerte de doctrina, en un rango de sortilegio suscitado por la propia palabra: desarrollismo. Perón pudo haber sido un desarrollista. Pero todo su verbo partía de una suerte de conmoción moral, una promesa educacionista y fuertes imágenes, como la del rescate, la caída, el exilio o la conducción (esto es, las cuñas del caos en el orden). Había un lado de Frondizi contenido en Perón, pero casi nada de Perón en Frondizi. A su vez, un escrito tan extraño, a medio camino entre el manual de ingeniería y un sumario marxismo de leyes –Petróleo y política, firmado por Frondizi en 1954–, no podría nunca haberlo escrito Perón, poseedor de una mirada de cronista plutarquiano y sentencioso, amante de panoramas mentales orgánicos, leyendas laicas sobre la soledad del mando y adagios afirmados a veces con aire de chacota, a veces con tonos deliberadamente caricaturescos.

El desarrollismo, que interesó a hombres como Scalabrini Ortiz y Jauretche, venía a suplir las vetas que para Perón se expresaban en consignas sobre el hombre político clásico, con sus tan mentadas etapas, las “preparatorias”, las “ideológicas”, las “institucionales”, las de la “actualización doctrinaria”. Formaban parte de otra clase de desarrollo, el del ser colectivo integrado a guías estatales, productivas, no superiores a las asignaciones morales. El desencuentro entre el peronismo y el desarrollismo no fue aún muy estudiado, en lo que tiene de axiomático y trágico. Las dos corrientes tenían amplias semejanzas, que de entrada no podían ni debían cuajar en nada. Desde luego, Perón llegó a afirmar que, aun teniendo fuerzas militares superiores en el ’55, abandonaba el poder ante el peligro que corrían las destilerías de La Plata y Mar del Plata, amenazadas por los buques de la Marina. Luego, en Panamá escribió artículos donde defendía las inversiones petrolíferas de las compañías norteamericanas, las que en aquel mismo año habían sido criticadas por buena parte de su propio movimiento y por un amplio conjunto de fuerzas políticas. Estos argumentos de “destilería e infraestructura” les serían caros a Frondizi y ya los había empleado Haya de la Torre en Perú: sin capitales extranjeros no había horizonte técnico, maquinístico y financiero disponible para una escala mayor de producción nacional. Pero, como es sabido, el peronismo era otra cosa. Su lenguaje no era economicista sino de resarcimiento, júbilo y nostalgia activa. Eran las notas de un sujeto colectivo que emanaba de antiguos refraneros intransigentes, de la parábola de los días maravillosos, de los encuentros predestinados, pero también de los credos sociales modernos. Con todo ese conjunto retomaba programas de justicia redistributiva, amparados en un Estado con toques de nacionalismo social y de desagravio a los desheredados. Folletín popular y programática económica estatista iban de la mano. La política económica parecía ser una forma interna de la moral popular, de su apología y vindicta.

Hoy, ciertos discursos de la Presidenta cargan el espíritu del desarrollismo, quizá como una manera de proponer que pesaría menos la tan obvia perennidad del peronismo –en verdad, debe haber pocos estilos más perdurables en el mundo político latinoamericano– que el fracaso del desarrollismo. Es cierto que el desarrollismo fue una doctrina transnacional, con vagas reminiscencias kautskianas, producido en un momento histórico en que aún no se hablaban las novelescas jergas de la globalización, de la revolución en las comunicaciones, de la quimérica sociedad del conocimiento y del legendario riesgo país. Por lo que no dejaba de contener evocaciones de un industrialismo nacionalista, todo lo débil o mendaz que se quiera, pero que palpitaba en las primeras apelaciones de Frondizi a la “cuestión nacional popular”, muy pronto matizadas por sus églogas “occidentales y cristianas”, que poco le sirvieron para congraciarse con la maraña golpista que lo acechaba. Cuando Cristina Fernández traza el cuadro del actual conflicto de clases –en este caso efectuado a la manera moral de la vieja contraposición entre ricos y pobres–, suele mencionar los “piquetes de la abundancia” y, más recientemente, la paradoja de que los ricos piden pagar menos impuestos y están “preocupados por su renta”, mientras que los pobres están preocupados “por más cloacas y pavimento”. Se podrían señalar otras tantas intervenciones de la Presidenta en este mismo sentido, lo que me sugiere que retoma la veta desarrollista de la promoción de los sectores populares por la vía del consumo colectivo, el progreso en las condiciones de vida y el abandono de situaciones de penuria extrema en dirección a las lógicas del mercado interno y la urbanización ciudadana.

Al mismo tiempo, en la idea de que en las obras públicas reside un caso eminente de “distribución de la renta” –afirmación también presidencial– hay un eco básico del desarrollismo, que a veces pudo ser llamado “keynesianismo” pero corresponde, en verdad, a un tipo de promoción social por la vía del financiamiento estatal del empleo, en una obvia y clásica cadena multiplicadora que han tratado todas las doctrinas económicas. Ahora falta la ansiedad que en esta misma cuestión motivaba que el frondizismo pronunciase expresiones como “industria pesada”, área en la que siempre dirigía su sagitario hacia el capital extranjero. Hoy, el incierto panorama económico internacional y los aprestos de restauración conservadora que se perciben en la Argentina introducen premura e improvisación en el lenguaje en que se realiza la lucha política. Pero es posible identificar en el Gobierno una estela neodesarrollista, evidente en la creación del Ministerio de Ciencia, en los reiterados axiomas tecnoproductivistas o en el álgido diccionario oficial para encarar réplicas e ironías hacia los neoembutidos provenientes de derechas viscerales y remozadas.

Son diseños de una rápida lengua de combate, más allá de evidencias realizativas que no pueden negarse. Tienen urgencia, improvisación, señales de haber sido bocetadas en impromtus. No se le pueden dejar de hacer algunas observaciones y apostillas. El Gobierno se ha destacado en políticas de restitución espiritual colectiva, lo que no puede ser apenas una política del Estado –aunque desde luego éste actúe en posición de garante–, sino una interpretación del tejido último del ser de la historia, sin el cual y más allá del cual no hay vida en común. No es una proposición económica, sino que atiende a lo que las viejas filosofías llamaron “las fuerzas morales”, o, de otra manera, la eticidad como forma irreversible de la sociedad. En otros temas –energía, minería, tecnologías, etc.– su aspecto desarrollista lo lleva a definir el conflicto actual con trazos pragmáticos que muchas veces pueden calificarse como limitantes. Es justo que se reclamen cloacas y, junto a ello, todos entendemos que no yace ahí una definición del pueblo como sujeto social, sino apenas una de las dimensiones de dignidad que es preciso atender.

A mi juicio, sería necesario que se mencionen estas obras –ya que se señala la expectativa de mejora vital de los sectores rezagados de la población– no desde la matriz desarrollista de la satisfacción de necesidades fácticas, sino desde algo superador que también la contiene. Se trata de la tradición emancipatoria, de la autovalorización de la aptitud popular y su potestad histórica. La imposibilidad de separar emancipación de facticidad es lo que define el resurgimiento de una subjetividad capaz de realizaciones en común. El conflicto social que vivimos no es entre lo “abstracto” del reclamo de los ricos y lo “concreto” del reclamo de los pobres, sino por redefinir la autoconciencia popular y sus facultades autónomas, a las que es preciso dirigirse con la lengua de las generosas aventuras colectivas. Es un conflicto que debe ser historizado, hablado con el lenguaje de las grandes jornadas de cambio social. Pero las evidencias de este estilo no emergen fácilmente, lo que permite la hegemonía visible de una construcción elitista encubierta en la demanda social de nuevos públicos sociales surgidos de una magna operación derechizadora.

Nos referimos al ataque restauracionista en curso, que señala que hay una “dignidad republicana” contra el “sangüiche de milanesa” del clientelismo. O que existen “soluciones concretas” (Macri) y “que reina la inseguridad” (De Narváez) para contraponer a lo que se consideran las “máscaras de gobierno”, sean los derechos humanos, sea la “invención de un pasado”, etc. En el primer caso, los restauradores se hacen cargo del ítem moral (Carrió, Morales, Cobos, Juez), en el segundo caso del ítem de lo fáctico (Solá, Reutemann, Macri). Por un lado son espiritualistas, por otro lado son concretistas, teluristas, securitistas, empiristas, etc. Se complementan. Fusionan por derecha la materia y el espíritu. Son empresarios, estancieros, dueños de compañías televisivas y afortunados advenedizos que, en una rara paradoja de la historia, quieren englutir a un movimiento popular del que, como bien saben, sólo quedan emblemas maquinales y desactivación simbólica. Tienen ellos un lenguaje o dicen tenerlo. Son ellos los enmascarados y acusan a los demás de poseer las máscaras. Los hados de la restauración conservadora parecen favorecerlos. En verdad, para ellos, lo crasamente material es lo moral y viceversa.

Ahora bien, ¿cómo responder a estos borradores del reaccionarismo calificado, alentado por una notabilísima maraña que proviene de un mester de clerecía comunicacional, que extrae su jerga del set y de la sacristía, de la industria del escándalo y de la admonición a los “gobernantes descastados”? Parece llegado el momento de retomar las grandes consignas que poseyó la Argentina en sus fuerzas populares, y del modo político más alto. Ya no es posible referirse a la autonomía del pueblo argentino como apelación a una cantidad fija de simbolismos depositada en algún banco de insignias –eso no existe–, sino como la reconstrucción objetiva y subjetiva de un novedoso vitalismo movilizador. No está de más evocar la historia anterior a los años ’60, la del desarrollismo. Pero es preciso superar el cientificismo y el economicismo, que pueden demorar necesarios replanteos y dar lugar a críticas justas sobre el actual trato con diversas modalidades productivas. Es que habrá mejor ciencia y una economía más justa a través de la redefinición de lo que, para el hombre colectivo, significa saber que su mundo de necesidades es también histórico y que está ahora en peligro. El mundo de ese lenguaje, hasta ahora vacilante, debe ser con urgencia erguido. Es lenguaje de gesta, de entusiasmo y crítica. ¿Reconstruirlo no es también darle otros nombres?

* Sociólogo, profesor de la UBA, director de la Biblioteca Nacional.

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