EL PAIS › OPINION

La aldea y el mundo, en mosaico

Los socialistas europeos, cercados y ajustando. Los que pagan la crisis y los impunes. El Congreso nacional, más sedado. La Unasur, un avance. Garzón asediado, el precio de ser justo. La refinanciación a las provincias, el cierre de las importaciones. General Villegas, la cara torva de “la gente”. Y una explicación sobre ese mosaico.

 Por Mario Wainfeld

“El ideal de la soberanía de mercado no es un complemento de la democracia liberal, sino una alternativa a ese sistema. De hecho, es una alternativa a todo tipo de política.”
Eric Hobsbawm, Guerra y paz en el siglo XXI.

Tres gobiernos socialistas europeos (Grecia, España, Portugal) acometen ajustes fenomenales ante la recidiva de la crisis económica global parida en Wall Street, cuyo eje migró a la Eurozona. El mapa político europeo está atiborrado de gobiernos de derecha o centroderecha, el color rosa sólo subsiste en ciertos islotes, en los que asume el discurso del otro. Y cómo.

El presidente español José Luis Rodríguez Zapatero recorta salarios de empleados estatales, congela jubilaciones, elimina subsidios por nacimiento, mutila el gasto público. Explica que eso dará “solvencia” a su país, ésa es su palabra clave. Sus adversarios lo vapulean en las cortes, hasta el jefe opositor Mariano Rajoy (prototípico hombre de derechas, si los hay) lo corre por izquierda. Las centrales obreras promueven una huelga del sector público, la pautan para principios de junio, le dan tiempo al gobierno y no extreman la protesta. Si se mueve el péndulo, algo harto posible, será el tiempo del Partido Popular.

La Unión Europea (UE) es el más ambicioso (y, aún hoy, más logrado) intento de integración desde la segunda mitad del siglo XX. Así y todo, sus cimientos tiemblan. La respuesta es equívoca, por un lado niveles de intervencionismo jamás vistos, los bancos centrales se verticalizan tras las autoridades políticas. Pero ese contexto keynesiano se combina con la prédica moralista que carga los costos sobre los presuntos responsables. Hete aquí que no son el sistema financiero (que vivió en Jauja y en Babia), ni los funcionarios que auguraron varias veces el final de la crisis con rebote hacia arriba ni las calificadoras de riesgo de mendacidad probada. Serán los trabajadores, los pensionados, los pequeños ahorristas que se entusiasmaron con eso de ser consumidores garantizados. La regla moral es inequitativa.

Los mercados priman sobre la lógica democrática, que a su modo se hace sentir. La canciller alemana, Angela Merkel, comanda los salvatajes fastuosos, las poblaciones de Grecia y de su país le dan la espalda, por motivos prolijamente opuestos. Los griegos se movilizan porque se les impone un sacrificio descomunal. Los curraron como consumidores, reaccionan como ciudadanos. A su turno, los alemanes se sublevan en las urnas porque el salvavidas de plomo a los helenos les sale caro. El enredo es mayúsculo porque la Unión Europea no es un Estado, aunque tenga moneda única.

El ex presidente del Banco Central Mario Blejer, que por decirlo eufemísticamente no es un populista, augura que ese flagelo sobre las clases populares del flanco débil de la UE es inviable políticamente y será un fracaso económicamente. En un canal de cable, Domingo Cavallo (¡Cavallo!) reaparece y pregona que el problema de Grecia son las cargas sociales. A mocharlas, propone, y el futuro será vuestro.

Mandatarios ingleses, españoles o portugueses reducen sus salarios. El gesto, más que a ejemplaridad, suena a burla. El mundo es uno, todos sufrirán los cimbronazos pero las cargas se repartirán con extremas injusticia e impiedad.

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En la Argentina poco se habla de tamaña cuestión. Algunas especulaciones sobre el canje de deuda, en promedio “optimistas”. El “vuelo hacia la calidad” puede hacer escala en bonos que mejorarán su valor y, todo lo indica, serán honrados a su vencimiento. Más dudoso es que se consiga “dinero fresco”, que se prodiga hacia otros odres. Como fuera, los países emergentes, entre ellos los de América del Sur, han cometido menos desvaríos en los años recientes y están en el sector menos comprometido del problema mundial, sin quedar exentos.

La política nacional doméstica entra en una aparente impasse. El Congreso funcionó sin estrépito, aprobó con mayoría pluripartidaria la ley de matrimonio entre iguales en Diputados. Sancionó reformas laborales encomiables, deploradas por las gentes de PRO.

En un ataque de sensatez compartida, la respectiva comisión de Diputados dio dictamen favorable al tratado de formación de la Unión Suramericana de Naciones (Unasur). Margarita Stolbizer y Fernando Solanas fueron más allá, declararon con ponderable espíritu de integración, que cuestionar la designación de Néstor Kirchner como su secretario general sería un desaire a los presidentes de países vecinos, que lo votaron. Otros legisladores se interrogan sobre cómo pudieron equivocarse tanto el brasileño Lula da Silva o el uruguayo José Mujica. La pregunta arrastra una gran carga de vanidad: ¿Por qué no preguntarse, por una vez, si es errada la crítica automática, el reflejo más obvio del “Grupo A”?

De cualquier forma, el Congreso trabaja con idas y vueltas. La oposición dista de ser la topadora que insinuó en las sesiones preparatorias. Varios factores confluyen, entre ellos la enjundia y organicidad del Frente para la Victoria (FpV). El arco opositor, en cambio, suda la gota gorda para mantener una unidad ficticia, que conspira contra la respectiva competencia interna. En parte se fragmenta, en parte se reconfigura: un acuerdo perdurable del centroizquierda podría añadir calidad y agenda a la Cámara baja, a cambio de convulsionar la mayoría automática anti K, tan poco fructífera.

El oficialismo apuesta a su acción ejecutiva mientras pulsea debate a debate. Hasta ahora, viene zafando. No se produjeron leyes que le complicaran la vida ni hizo falta el veto presidencial, que está en la caja de herramientas.

Este cuadro de situación es coyuntural, puede cambiar o fallar como decía Tu Sam. Da la impresión de que no sucederá así durante el primer semestre. La inminencia del Bicentenario y del Mundial contrapesan el activismo. La lucha política añade su cuota. El radicalismo se aplica a la reorganización partidaria, que abarca las internas. Los legisladores dividen su libido, deben viajar, discuten la pureza de los padrones. Un partido fuerte es, aunque no se diga, la herramienta con la que varios correligionarios buscan constreñir (y, quién le dice, desbancar) a Julio Cobos. El senador Ernesto Sanz es el armador por excelencia de ese trabajoso corralito: las internas son duras, las uñas salen a relucir. El vicepresidente debe intervenir en ese juego que le es impuesto, tal como le viene ocurriendo en otras ligas. El 2007 llegó a primera “A”, en el 2008 se convirtió en presidenciable “no positivo”, se mantuvo a flote en 2009. El 2010 lo envuelve en acciones y decisiones, su imagen se aja, hasta Martín Redrado lo destrata. La dirigencia boina blanca trata de situarlo como el “primus inter pares”, Cobos no puede recusar verbalmente esa calificación que en verdad lo baja bastante del pedestal que ocupaba hasta hace poco.

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La injusticia y la barbarie del centro del mundo no se confinan en la economía. El juez Baltasar Garzón está acusado de prevaricación y suspendido en sus funciones. Una ofensiva fascista subvirtió los roles y puso a un hombre de ley en el banquillo de los acusados. La experiencia comparada siempre es constructiva, si hay voluntad de leerla bien. En nuestros pagos suele argumentarse que el político es el poder por antonomasia, usando “político” como sinónimo de “gubernamental”. La avanzada contra Garzón es política pero no proviene del gobierno sino de poderes fácticos activos que lo persiguen por su afán de desentrañar los crímenes contra la humanidad.

La solidaridad internacional a favor del magistrado es impresionante: humanistas, juristas y gentes de la cultura lo avalan en todas las lenguas de Babel. En castellano predomina y los modismos argentinos ocupan, por sobradas y valiosas razones, un rango alto. Una puja entre poderes oscuros ávidos de vendetta y un blasón de institucionalidad, tiene final incierto. Este diario y sus lectores saben de qué lado están frente a enemigos que son de temer.

Todo avance es una conquista, que afecta intereses creados. La unanimidad es ajena a la lógica humana. Las míticas invocaciones a consensos universales son, en verdad, una herramienta en el debate. La realidad es agonal, a veces perversa, el caso Garzón es un ejemplo doloroso y vigente.

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La medida más importante tomada por el oficialismo en esta semana fue el refinanciamiento de las deudas de 19 provincias. Una iniciativa en sustancia preconizada por la oposición, que la presidenta Cristina Fernández integró a su agenda, ganando espacio y concediendo un alivio financiero significativo a los gobernadores.

La ecuación de la dirigencia territorial se redondea con el impacto de la Asignación Universal por Hijo (AUH), lo que les deja plafond para defender sus bastiones, que siempre es su prioridad. Eso no equivale a lealtad absoluta hacia el oficialismo nacional pero disuade de ponérsele de punta. En suma, un quid pro quo razonable.

Cinco provincias no endeudadas quedaron afuera. Tres de ellas, dato poco conocido en general, tienen tradición de administración macroprolija: La Pampa, Santiago del Estero y San Luis.

Santa Fe es, lejos, la provincia más grande que está en regla y por eso quedó excluida del beneficio adicional anunciado por la Presidenta. El gobernador Hermes Binner se quejó por la asimetría, con tono razonable y en forma justificada. La réplica del gobierno nacional, alegando que hubo importantes remesas previas a Santa Fe, suena impropia. Las 19 provincias también fueron destinatarias de fondos y, además, se les posibilitó un financiamiento desahogado de su deuda. Un abordaje más equitativo le evitaría al Gobierno recaer en una de sus dificultades que es generar adversarios y restar en vez de sumar. Sería, además, justicia distributiva con los santafesinos.

De todas maneras, la medida es inteligente y (aunque hay que ver su implementación) a primera vista bien urdida. Muy otro es el caso del supuesto cierre de exportaciones de productos alimenticios que habría decidido el Secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno. La norma no se conoce y la acción es enrevesada, con costos virtuales muy superiores a sus presuntas ventajas. En el caso de la UE, la Argentina vende mucho más de lo que compra, lo que supone una exposición alta a represalias. Con Brasil, se empioja una relación estratégica. La táctica cae en un momento político inadecuado, en las vísperas del primer viaje de Kirchner con el traje de secretario de Unasur a la Cumbre Iberoamericana.

Son estos tiempos que imponen intervencionismo estatal y hasta supraestatal, la Argentina debe adecuarse a ese paradigma, si no quiere suicidarse. No se controvierte eso, sí el modo en que se orienta el activismo estatal. En el Viejo Mundo estadistas de primer nivel se reúnen un fin de semana, disponen cientos de miles de millones de euros y, da la impresión, pueden equivocarse feo. La hiperquinesis y el decisionismo son contraproducentes si les faltan sintonía fina y perspicacia acerca de las consecuencias. Con un Estado raído, una torpeza intervencionista puede ser un boomerang político y hasta ideológico.

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Ciudadanos de General Villegas se movilizaron para defender a tres hombres acusados de delitos sexuales. El cronista no es quién para justipreciar la representatividad de la movida, pero sí para dar cuenta de sus brutales implicancias. Disentir sobre la calificación de un crimen (abuso o violación) es una tarea de abogados defensores pero no justifica una marcha política. La solidaridad, en detrimento de una víctima de corta edad, espanta. E ilumina un fenómeno bien descripto en la edición de ayer de Página/12 por la psicóloga Irene Meler: hay en danza una disputa por el sentido. Ni siquiera en un punto tan básico como los derechos de la niñez y de las mujeres “todo el mundo” piensa con arreglo a la ley o a principios humanitarios universales.

Para desafiar simplismos quienes afrontan esas reglas no son dirigentes políticos (que algunos asocian un poco rápido con el mal y el sadismo) ni tampoco personas de clases altas, habituadas a la impunidad. Ciudadanos de capas medias o bajas comprueban que sentimientos espurios o perversos pululan por doquier. “La gente” también se equivoca, en algunos casos es ruin y se pone del lado de los delincuentes, en base a un imaginario de derecha, que conserva cultores por doquier.

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El cronista interrumpirá este contacto habitual por tres semanas, acaso esa circunstancia lo indujo a recorrer la propia aldea y el mundo, armando un mosaico. Con todo, cree que el sobrevuelo no es arbitrario ni falaz: el funcionamiento de la economía mundial, económico, la sumisión de ciertos gobernantes a la lógica de los sectores financieros, las reacciones populares, las cruzadas de derecha en un país del Primer Mundo o en una pequeña ciudad de provincias, las vicisitudes de la crónica doméstica que a veces convendría desdramatizar, en comparación. Vale la pena escudriñar lo que sucede fuera del tinglado de la política cotidiana, para entender mejor o comparar, si viene a cuento.

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Imagen: EFE
 
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