SOCIEDAD › EL ARTE URBANO QUE REFLEJAN DIBUJOS Y PINTURAS CALLEJERAS EN LA CIUDAD

Recorrida por los murales porteños

Rosa Gómez Aquino salió, cámara en mano, a documentar murales en paredes, paredones y frentes de casas. El resultado derivó en un libro que recopila esas experiencias.

 Por Sonia Santoro

Los murales callejeros son una moda que nunca pasa o que se reinventa con el paso del tiempo. Rosa Gómez Aquino, docente e investigadora, los descubrió, se enamoró de ellos y decidió retratarlos uno por uno en el libro La voz del muro (Editorial Del Nuevo Extremo). Allí, el arte urbano da un salto que le permite circular fuera de su esquina o pared y también pervivir en el tiempo.

“Me gustan particularmente los murales donde se adivinan los ladrillos que están detrás de la pintura; las ventanas, puertas o aires acondicionados emergiendo en medio de las ilustraciones; el pastito que les asoma a algunas por debajo o la textura de algunas grietas o desprolijidades de una pared aprovechadas y convertidas en rasgos de un mural”, cuenta en diálogo con Página/12 Gómez Aquino. Esa es, dice, la esencia del arte urbano.

Licenciada en Ciencias de la Comunicación de la UBA, en esa misma carrera trabaja como docente de semiótica y sus otros rumbos laborales andan por editoriales, diarios y revistas varias. Esta vez prefirió husmear por las calles de Buenos Aires y retratar esas pintadas o murales que muchas veces se adivinan desde la ventanilla de un colectivo o un auto para no saber nunca más de ellas.

Colegiales, Palermo, Villa Crespo y Barracas son cuatro barrios particularmente ricos en murales, comenta. “Los paredones de los hospitales también suelen ser un festival icónico –explica–, y la zona de Saavedra en la calle Donado que se demolió para la autopista y ahora es una larga calle con pastito y paredones también es como una galería a cielo abierto.”

–¿Cómo decidió armar este libro? ¿Usted pinta?

–No, ojalá pintara, me encantaría, y admiro y siento una envidia muy sana por los artistas plásticos. Disfruto enormemente del contacto con el arte visual pero siempre desde un lugar de espectadora o, a lo sumo, de analista. Tengo, sí, cierto don para la fotografía y tal vez la decisión de armar el libro fue, en cierta medida y entre otras cosas, fruto de ese cruce: mi cierto talento fotográfico puesto al servicio de un talento que yo no poseo pero admiro y disfruto: el pictórico. Tal vez el libro es el fruto de un cruce productivo de una imposibilidad con una posibilidad. La decisión de armarlo fue más o menos así: en los últimos tiempos había comenzado a salir con mi cámara a fotografiar Buenos Aires, la ciudad donde vivo, para entrenar la mirada fotográfica allí, en lo cotidiano, que es donde más cuesta colocarla, y después poder sacar rédito de ese entrenamiento en mis viajes. Y en esos recorridos porteños en los que empiezo a descotidianizar lo cotidiano comienzo a “ver” algo a lo que no le prestaba mucha atención: murales, stencils, collages, graffiti, etc., todo un abanico de lo que se conoce como street art o arte urbano de una calidad increíble. Todo un material riquísimo y dispuesto a ser fotografiado y, por lo tanto, preservado en un soporte distinto. Me entusiasmó mucho la idea de hacer ese registro fotográfico y comencé a sacar las fotos y a buscar zonas de alta concentración de cantidad y calidad de arte urbano para hacer las tomas.

–Sorprende la gran calidad de estas pintadas, ¿cómo es posible que no se sepa de su existencia?

–Me parece, en principio, que está la cuestión de lo cotidiano, de lo que está naturalizado, incorporado a la mirada y, por lo tanto, de tan cercano ya se torna invisible o, al menos, imperceptible. Además, en una ciudad como Buenos Aires, con un entramado tan denso de estímulos y mensajes visuales, o sea, tan contaminada visualmente si se quiere una caracterización más valorativa, los sentidos tienden a anestesiarse aún más y en ese contexto toda pintada que no se distinga claramente por alguna de sus variables (color, tamaño) está casi condenada a pasar inadvertida. Pero también es cierto que muchas áreas de gran riqueza de murales (por ejemplo, la de la subestación eléctrica de Colegiales) están en zonas bastante escondidas de la ciudad, donde, por ejemplo, prácticamente no pasa ningún colectivo.

–¿Puede determinar qué estilos contemporáneos hay? ¿Hay diferencias con otras épocas?

–Creo que en los últimos años ha habido en las paredes porteñas una explosión de color que jamás estuvo presente antes. Por supuesto que los graffiti vinculados con el fútbol y la política tienen una existencia mucho más extensa, pero yo hablo de murales realizados con colores, que llevan horas y hasta días de realización, amén de la planificación previa. Me parece que eso es algo muy de esta época. ¿Cómo determinar los estilos de esa explosión contemporánea de color en las paredes? Y... el mapa estilístico es difícil de armar como todo mapa de esa índole, sobre todo cuando se lo intenta hacer de forma contemporánea al fenómeno, porque las determinaciones genéricas y estilísticas aparecen bastante mezcladas, saludablemente confusas en un panorama para nada homogéneo, donde conviven estéticas y propuestas muy distintas. Tal vez una posible manera de comenzar a determinar estilos más allá de un género específico como es el tag (etiqueta o firma) sería hacer una división entre aquellas pintadas que derivan y tienen una clara influencia del movimiento hip-hop y todas aquellas que provienen de otras tradiciones artísticas o pictóricas. Ese sería, por ahí, un punto de partida. Y a partir de allí empezar a deslindar estilos.

–Hay pocos con texto, ¿se debe a una elección suya o es una tendencia?

–Lo que pasa es que yo elegí básicamente murales y en general no suelen tener texto lingüístico o lo tienen en muy poca cantidad, y están más focalizados en lo icónico. Por ahí, si me hubiera inclinado por los graffitis políticos o futboleros, lo predominante sería lo lingüístico. Pero ése sería otro libro, con menos riqueza icónica, menos “belleza” en el sentido tradicional del término y seguramente, más rico en otros aspectos que, por supuesto, siguen haciendo a la producción de sentido de una ciudad.

–¿Cuáles son los temas más recurrentes?

–Alguna vez (cuando el relevamiento y la toma de fotos estaba en su principio y sacaba fotos de todo: graffiti, stencil, collage, mural, etc.) pensé en ordenar el libro de acuerdo con ejes temáticos. Así aparecían, por ejemplo, pintadas futboleras, políticas, románticas, religiosas, etcétera. El gran impedimento a eso lo encontré en el hecho de que las producciones que me parecían más interesantes, más ricas, más estéticas me resultaban muy difícil de clasificar desde el punto de vista temático, no encajaban en ningún “casillero”. Por ejemplo: ¿cuál es el tema de ese magnífico frente de casa de la calle Jorge Newbery? Hay evidentemente algo del orden de lo esotérico, pero es difícil circunscribir un tema en ese mural. Y con muchos otros pasa lo mismo. En el libro intenté que hubiera cabida para muchos temas y también para lo que se me aparecía como temáticamente inclasificable.

–Son apolíticos, ¿verdad?

–En principio, cualquiera sea el tema que recorte una intervención gráfica urbana siempre conlleva una mirada política sobre la ciudad, aunque no lo haga de forma directa u obvia. En relación con la selección presente en el libro, no creo que lo político, ya considerado de manera más estricta, esté ausente. Entre otros está ese mural escueto y minimalista con esos cinco pañuelos blancos anudados sobre un muro de ladrillos, hay uno con el retrato del Che (aunque extraña y pintorescamente el texto del mismo diga: “Por amor, usá preservativo”) y los murales que están en las paredes de la cancha de Argentino Juniors, que retratan escenas de la última dictadura militar. Lo que sí está decididamente ausente es lo partidario, eso sí.

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Rosa Gómez Aquino advierte que ese arte muchas veces no se ve por la naturalización de lo cotidiano.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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