EL PAIS › CONTACTOS Y COSTUMBRES DEL ESPIA PORTEñO EN MISIONES

La Posadas de James y Guarda

Desde 2005, las visitas del ex policía federal y fallido metropolitano a Misiones se hicieron regulares. Aquerenciado, el espía encontró amigos, hizo compras electrónicas y tejió la red de contactos para “perrear” teléfonos en las listas a intervenir.

 Por Gustavo Veiga

En Misiones existe la leyenda del yaciyateré, una criatura rubia, extraña, a la que se atribuyen ciertos males como enloquecer a la gente. Ciro James, el ex agente de la Policía Federal detenido y procesado en la causa de las escuchas, podría ser la reencarnación de ese mito. El blondo espía encontró una tierra de oportunidades cuando se aquerenció en 2005, enviado por la Superintendencia de Investigaciones para detener a tres personas. A partir de ese año regresó una y otra vez desde su morada porteña. Como rastreador de pingües negocios, consejero e instructor de la policía local, cartero ad hoc de la Justicia misionera –así lo define la Cámara Federal en su fallo del 31 de marzo– y en el rol estelar de pinchateléfonos. Su tiempo libre lo completaba como turista con excursiones a Encarnación, Paraguay, donde adquiría equipos para hacer espionaje a muy bajo costo. Después de ganarse la confianza de los jueces y uniformados de la provincia, una buena parte de su tarea ya estaba resuelta.

Su jefe directo, el comisario Jorge “Fino” Palacios, y Mauricio Macri, el benefactor de los dos ahora procesado como partícipe de una asociación ilícita ¿podían ignorar sus correrías? Las 191 llamadas con el primero entre el 1º de diciembre de 2008 y el 28 de septiembre de 2009 sugieren que no. Tampoco su designación como asesor en Auditoría Interna del Ministerio de Educación de la ciudad a 6 mil pesos mensuales desde hacía dos años.

La Placita parece una maqueta a menor escala de La Salada. Está emplazada muy cerca del río Paraná. En sus pasadizos se vende de todo, de yuyos para hacer té hasta minicomponentes y celulares provenientes de Encarnación, al otro lado de la frontera. Cuando los jueces destituidos José Luis Rey y Horacio Gallardo se percataron de la repercusión que tomaba la intervención al teléfono de Sergio Burstein, le pidieron explicaciones a la policía misionera. “Esa información me la dieron en La Placita”, respondió Diego Gastón Guarda, oficial auxiliar de la fuerza e inseparable ladero de James cada vez que viajaba a Posadas. Lo habían mandado buscar de urgencia a Puerto Iguazú cuando el juez Norberto Oyarbide ya avanzaba con una batería de medidas desde los Tribunales de Comodoro Py.

El topo del comisario Palacios nunca hubiera pasado inadvertido en La Placita, donde los electrodomésticos se venden a un 20 por ciento menos que en los comercios del centro posadeño. Cada local tiene un empleado que invita a comprar tres pares de zoquetes a diez pesos o un paquete de yerba paraguaya a ocho, entre centenares de ofertas. En ese contexto, la coartada de Guarda había sido inútil. Ni los jueces que autorizaron las escuchas a Burstein podían creerla: el número del integrante de Familiares y Amigos de las Víctimas de la AMIA había sido intervenido porque según el policía “sería de un comerciante que estaría comprando elementos robados y contrabandeando”. Así se lo había señalado su amigo cuando era espía de la Federal (su baja operó el 3 de septiembre de 2009) y aspirante a metas mayores en la Metropolitana de Macri.

Guarda con James

Los dos policías no son Batman y Robin, pero tuvieron conductas de dúo dinámico. Se movían a sus anchas entre Buenos Aires y Misiones. James y Guarda pertenecen a la misma generación, son treintañeros aunque los separa una situación económica bastante diferente. También, un título universitario de abogado que posee el ex federal. Entre ellos hay 959 llamadas detectadas. Cuando detuvieron al hombre del Fino, le allanaron dos viviendas. La que habitaba en Larrea 1011, piso 3º, y la segunda –que estaba vacía– en avenida Córdoba 817, piso 1º, departamento 2. James tiene una empresa, Sistemas Telefónicos Integrales SRL, en sociedad con Jorge Zenarruza, hijo de un coronel del Ejército retirado. Guarda declaró el 9 de octubre de 2009 ante Oyarbide que vive en Misiones con su esposa y una hija menor de edad, que recibe un ingreso de 800 pesos mensuales y que completó sus estudios terciarios. En Posadas, dos fuentes consultadas sugirieron que el oficial, residente en el barrio Maceva de esa capital, presuntamente recibía dinero de James cuando lo asistía en sus tareas de espionaje. De otro modo no se entendería cómo operaba u opera con tres entidades financieras de la provincia si no llega a completar mil pesos de salario: los bancos Macro Bansud y Columbia, y la tarjeta Naranja. “James y Guarda son muy amigos. Iban a Encarnación, donde compraban cámaras digitales, DVD, filmadoras. Esto lo cuenta uno de los comisarios”, señaló uno de los informantes. De la declaración indagatoria de Raúl Alberto Rojas, titular de la División Homicidios de la Policía misionera, se desprende que el hombre del Fino Palacios “iba cada tres meses a pasear a Posadas y compraba cosas en Paraguay, de tecnología, porque dijo que iba a armar una empresa de seguridad”. James adquirió el hábito de realizar esos tours de compras a través de la porosa frontera con Paraguay cuando ya tenía unas cuantas líneas telefónicas pinchadas. En viajes más largos a la Capital Federal, Guarda quedaba encandilado por el buen pasar de su colega. Cada vez que regresaba de Buenos Aires comentaba el confort que tenía su casa o el equipamiento de su auto último modelo.

El ahora detenido en el Penal de Marcos Paz, durante cada traslado a Posadas, dormía en el Casino de Oficiales de la Policía y daba cursos de tecnología aplicada a sus colegas. Hay testigos que dicen haber observado su foto colgada en la Jefatura de Policía. “El encantador de serpientes”, lo bautizó el abogado Eduardo Paredes (ver aparte), letrado del ex juez Rey. El misionero, en cambio, continúa desempeñándose en la policía local y es fuente de consulta de los periodistas que lo siguen llamando para pulsar cómo está la calle. El jueves último salió en el diario El Territorio porque declaró como testigo en una causa por el homicidio de una anciana cometido en 2001. Dos años después, Guarda tomó contacto con la investigación, se apoyó en algunos números telefónicos que James le había aportado y dejó el crimen en vías de esclarecerse. La colaboración estrecha entre los dos y esta misma causa en la que lograron apresar a una joven mujer en el barrio de Recoleta, le permitieron al espía porteño comenzar a filtrar en el expediente los celulares o fijos que le interesaba escuchar por cuestiones suyas.

Las notas policiales solicitando la intervención de las líneas, refrendadas por Rey y Gallardo y las secretarias y secretarios de sus respectivos juzgados, completaban la faena. Refiriéndose a este modus operandi, la Cámara Federal integrada por Jorge Ballestero, Eduardo Farah y Eduardo Freiler, sostuvo en su fallo del 31 de marzo pasado, después de referirse a las responsabilidades de Palacios y James:

“El siguiente paso fue, esta vez, exclusivamente encomendado al personal de la Policía de Misiones. Guarda, Quintana, Rojas, Amaral y Fernández tendrían a su cargo desempeñar ese papel que la asociación les tenía reservado: confeccionar los informes falaces que dieran una apariencia de legalidad o la más palmaria conducta delictiva. Y así, el próximo estadio quedaba habilitado. Los jueces Gallardo y Rey dictarían esas órdenes de intervención que tanto ansiaban, reclamando de la Secretaría de Inteligencia una tarea que jamás debieron haber hecho. Pero además, depositarían en James la tarea de recoger el producido de ese ilícito. El círculo se cierra. La derivación ha sido perfecta”.

Yerba mate y espionaje

El delivery de escuchas funcionó a la perfección mientras sus ejecutores, James y Guarda, mantenían como fachada su pesquisa en varias causas. Sobre los dos recae hoy el tipo penal de asociación ilícita que puede depositarlos en la cárcel por varias temporadas. “Fueron ocho autores, dos años de labor, nueve personas privadas de su intimidad, decenas de puntuales invasiones dentro de cada una de ellas –entre intervenciones y prórrogas– incontables comunicaciones entre los implicados, una sola conclusión: James, Palacios, González, Guarda, Quintana, Rojas, Amaral y Fernández tradujeron, a nivel fáctico, esa descripción que la citada norma penal contempla. Han sido, todos ellos, autores del delito de asociación ilícita”, sostiene la Cámara Federal.

La justificación de James en la causa para semejante organización delictiva es que la autorización de las pinchaduras resultaba posible gracias a los oficios librados por los juzgados 1 y 2 de Posadas. El los recibía en persona o por teléfono, sin necesidad de que llegaran por la vía institucional a la Policía Federal. En el expediente consta que el año pasado declaró que la SIDE “tardaba mucho en enviarles los casetes por bolsa y le pidieron si él podía retirarlos y mandárselos, a lo que accedió a tal pedido, por lo que la Policía de Misiones mandó un oficio facultándolo”. Las 189 veces que visitó la Secretaría de Inteligencia hablan por sí solas de la dinámica que imprimía a sus escuchas.

En Misiones ésta es una práctica corriente. La confirman los abogados del fuero penal que defienden policías y los propios damnificados. La Asociación del Personal Legislativo de Misiones (APL) puede dar fe de ello. Le pincharon su teléfono fijo, recibió intimidaciones de sectores vinculados con el oficialismo provincial que lidera Carlos Rovira y a su secretaria general, Estela Figueredo, el juez Oyarbide le otorgó custodia de la Policía Federal en el gremio y de Gendarmería en su domicilio. El de APL es el ejemplo paradigmático de que algo huele muy mal en la provincia.

El periódico dominical Día 7 publicó el 11 de abril pasado un título a cuatro columnas que sintetiza lo que pasa en Misiones: “Jury a Rey y Gallardo desnuda caos y un show de escuchas en la Justicia”. Pablo Tschirsch, ex vicegobernador de Rovira entre 2003 y 2007 y pastor evangélico bautista, fue otra de las víctimas del espionaje hace más de tres años. En una entrevista reciente que le hizo el Canal 4 de Posadas (propiedad del diputado nacional Ramón Puerta) recordó que un especialista en pinchaduras las había detectado cuando era el segundo en la provincia: “Estaba todo instalado para escuchar mis comunicaciones telefónicas”, denunció. Hoy es legislador provincial por Unión PRO Dignidad, el nombre de la fuerza local que responde a Macri en el orden nacional.

Según la versión digital del medio que controla Puerta, en la lista de espiados están “empresarios que no están alineados a la Renovación (el partido de Rovira y hombre fuerte de Misiones), empresarios que están alineados al gobierno de turno, políticos de la oposición y del oficialismo e inclusive no lo confirmaron, pero también existirían teléfonos intervenidos de periodistas misioneros”.

En la tierra colorada de los yerbatales y los grandes emprendimientos forestales que le modificaron el clima a la provincia, bautizaron la causa de las escuchas como el Watergate porteño. Para que funcionara, hacía falta un lugar permeable al espionaje, donde la privacidad valiera menos. Ni Horacio Quiroga lo hubiera imaginado tan bien en su literatura fantástica, cuyos mejores cuentos transcurren en Misiones.

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El puente entre ambos países, por donde James pasaba de compras con su aliado local, el policía Guarda.
Imagen: Adrián Pérez
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