EL PAIS › PANORAMA POLITICO

Macri manda fruta

 Por Luis Bruschtein

Macri manda fruta desde Roma y en Buenos Aires se le hunde el chinchorro en una especie de terremoto de tres crisis superpuestas. Las escuchas ilegales, la rebelión estudiantil y los catastróficos derrumbes parecen demostrar la existencia de una mano negra en la ciudad. Pero no la mano insidiosa del gobierno nacional, como apenas atinan a denunciar las cabezas políticas del macrismo, sino la mano paralítica del mismo Macri. Y en cada situación de crisis el hombre no tiene mejor idea que mandarse a mudar a interesantísimos lugares remotos, como Santo Domingo, donde se encontraba cuando la Cámara ratificó su procesamiento, o como ahora en Europa. Y para colmo ni siquiera hay una razón de Estado para que el jefe de Gobierno de la ciudad abandone el timón en medio de la tormenta. Son puras trivialidades que llevan como título “intercambios culturales”. La de Santo Domingo era una reunión de alcaldes de ciudades latinoamericanas. O Macri viaja mucho o tiene muchas crisis. También puede ser que se den ambas posibilidades.

Macri suele hacer lo que le dicen sus consejeros. Es probable que alguien le aconseje que viaje para que la crisis no lo salpique, pero irse así, estar siempre fuera del lugar de los hechos cada vez que hay una crisis en la ciudad que gobierna, lo salpica más que la crisis misma. El hombre tendría que estar en la calle, visitando los colegios, viendo las obras o recorriendo los derrumbes, consolando a los familiares de las víctimas, coordinando la investigación necesaria, en fin, todo lo que a cualquier neófito se le ocurre que habría que hacer en esa situación.

Mientras el jefe de Gobierno pasea, su gente se rompe los dientes para amortiguar la presión de la oposición en la comisión investigadora de las escuchas ilegales. Y el ministro de Educación, Esteban Bullrich, con su acotado bagaje ideológico, se vuelve loco para encontrar la forma de contener las quejas de los estudiantes que han tomado los colegios secundarios de la Capital Federal. En la política siempre hay remezones imprevistos y también de los que sí están previstos, como los que se producen cuando se abordan cambios. Al gobierno nacional se lo acusa de que le gustan los remezones como estos últimos. A Macri también le pasan, pero con él son peores, porque en su caso ni siquiera los busca.

Es cierto que no los genera, que no los busca, pero también es cierto que es el responsable de una manera taxativa. Su conservadurismo y una mentalidad poco política de señorito desdeñoso lo llevan a desarrollar la gestión con concepciones casi extremas. Los presupuestos de casi todas las áreas que tienen alguna relación con lo social, como educación, salud o vivienda, por ejemplo, están en su mayoría subejecutados. Entonces, abruptamente le salta a la cara el conflicto estudiantil que, por lo menos en sus causas (la decrepitud de los edificios), tiene una base de protesta legítima.

En áreas donde la actividad privada interviene activamente como es la construcción, allí los presupuestos han sido sobrepasados y se desviven por facilitar los negocios a las empresas del rubro. Y así se suceden, por ejemplo, los conflictos por las torres o por los derrumbes porque no se cumplen las disposiciones urbanísticas o no se controlan las obras.

Pero no serán el conflicto estudiantil ni los derrumbes los que dejarán la impronta de identidad de la gestión macrista. El único debate que incorpora Macri a la ciudad como una prioridad planificada es el de la nueva Policía Metropolitana. Es el único por la positiva y la única de todas sus promesas de campaña que bien o mal ha podido llevar a cabo. La paradoja es que también ha desatado la crisis más de fondo, la que le puede costar las elecciones del 2011 y, en definitiva, su carrera política, por algo tan grotesco como las escuchas telefónicas ilegales.

El escándalo de las escuchas ilegales y el proceso de organización de la Policía Metropolitana encierran en cada detalle, en cada uno de sus pasos, la concepción global de todo el universo macrista. Es coherente hasta en los imprevistos y hubiera sido letal para los porteños si no fuera por la ineficiencia que hizo saltar el escándalo antes de que se pusiera en marcha la nueva institución.

Pero la construcción ideológica fue coherente hasta el final y desde el principio, cuando la gestión despriorizó los aspectos sociales y tomó como objetivo fundamental la construcción de la Policía Metropolitana. En los descartes y en esa elección se manifestó una decisión política claramente de derecha.

Y luego vinieron dos decisiones más que también describen la forma en que Macri concibe la ciudad. En primer lugar la mayoría, proporcionalmente, del personal convocado en primera instancia, tenía experiencia en actividades de inteligencia policial, o sea, eran espías. En el debate sobre la seguridad, Macri reemplaza la idea de construir ciudadanía por la de vigilar a la ciudadanía. Y el segundo dato es a quién elige para ser el jefe de esa fuerza. Designa al ex comisario Fino Palacios, sabiendo que estaba muy cuestionado en la causa por encubrimiento en el atentado a la AMIA. Era un policía más resultadista que legalista, y con antecedentes dudosos. Esa es la policía que le gusta a Macri porque a pesar de que después trató de negar que lo conocía o que tenía un trato personal, Palacios lo había acompañado antes en su gestión en Boca. Con ese personal y con ese jefe, las escuchas ilegales no tienen por qué ser una sorpresa.

El hecho de que la denuncia por las escuchas surgiera de un familiar de las víctimas de la AMIA, un sector que había reaccionado con indignación por la designación de Palacios y se había convertido en un engorro para el gobierno de Macri, le quita toda la ingenuidad de escándalo familiar que le quisieron dar cuando se supo que otro de los espiados era un cuñado de Mauricio Macri. Es irrelevante también si la denuncia surgió de la interna de la Policía Federal. Aunque la denuncia proviniera de allí, los hechos existieron.

Hecho todo el desastre, todavía fue peor en la defensa. El mejor argumento que encontró Macri para defender al Fino Palacios fue que se lo habían recomendado el Mo-ssad y la CIA, como subordinado a esas agencias de espionaje. Si es por recibir recomendaciones, también podría haberlas buscado con Chávez o con Fidel o con Ahmadinejad. Ningún gobernante le pide recomendaciones a otro país para nombrar a sus jefes de policía o de las fuerzas armadas. Desde su lugar en la derecha, Macri piensa que de alguna manera hay que hacer eso con los países a los que uno toma como modelos. Además de conservador, es un pensamiento antiguo, de los viejos políticos argentinos de antes de los ‘80. La crisis de las escuchas ilegales ilustra con mucha exactitud el pensamiento de Macri que gravita en la administración pública porteña.

Es difícil medir el impacto electoral de estas crisis sobre la figura de Macri. Es indiscutible que sigue siendo el político de más peso en la ciudad, pero está lejos del 60 por ciento que sacó en segunda vuelta o de sus marcas más altas que pasaron el 40 por ciento. Las encuestas lo muestran arañando con mucha dificultad el 30 por ciento.

Quizás el impacto más fuerte sea en la imagen virtual con la que Macri ganó las elecciones, la del empresario exitoso y por lo tanto eficiente en la gestión, ajeno a las politiquerías, más pragmático que ideológico: la nueva política. Las crisis son muy concretas y no tienen nada de virtuales. En ese sentido pusieron en evidencia que hay muy poca eficiencia en la gestión y que en vez del pragmatismo hay una carga ideológica de derecha en cada una de sus decisiones de gobierno. Es decir, no hay “nueva política” y, por el contrario, lo que hay arrastra más limitantes que la política común.

Por ese lado puede perder mucho. Pero también gana, aunque menos. Porque en la Capital Federal hay un sector conservador considerable que muchas veces se expresó a través de candidatos del radicalismo, del PJ o de la UCeDé. Este sector no piensa en la gestión, las escuchas ilegales le parecen necesarias, sus hijos no van a escuelas públicas y hasta se siente más atraído por una propuesta que se perfile con tanta carga ideológica. Es el piso que sostiene a Macri frente a las crisis. En ese sector se afirma más cada vez, pero se convierte al mismo tiempo cada vez más en un candidato muy sesgado y achica el target. En la Capital se reproduce una situación similar a la nacional. Un candidato con el 30 por ciento es el más fuerte ante una oposición fragmentada y con muy pocas posibilidades ni interés en unificarse.

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