EL PAíS › OPINION

Un hombre minúsculo

 Por Hugo Cañón *

Hasta cierto instante el dictador estuvo vivo, luego murió.

Transitó con certeza de la vida a la muerte. No hubo intervalos, huecos, incertidumbres, incógnitas. Estaba vivo y murió, así de simple, así de natural. Se sabe cómo, cuándo y dónde dejó de estar vivo, para pasar a tener la calidad de muerto. Su entidad nunca se perdió, ni se perderá. Esta es la legalidad que se le garantizó y se le garantizará. El hace décadas salió de la legalidad. Por su decisión quebró en 1976 el sistema jurídico vigente. El lo partió, lo aniquiló, generó un plan clandestino de exterminio, secreto, marginal, por fuera del Estado de derecho. Se mantuvo fuera del sistema por automarginación. Mientras pudo. Se lo reincorporó al sistema legal con una condena perpetua en 1985. Pero a él lo seducía la marginalidad, se enamoró de la ilegalidad, y por eso se fugó del sistema. Mejor dicho: lo ayudaron en 1990 a evadirse mediante una ganzúa llamada Indulto. Menem lo hizo. Así estuvo muchos años en los bordes que la impunidad garantiza. Claro, podía correr por la Costanera de Buenos Aires, pero no podía hacer footing en el exterior porque si salía del país la justicia universal lo hubiese colocado nuevamente en el sitio que la legalidad asigna: la cárcel. Así pasaron los años, pero la lucha de la sociedad, la militancia de los organismos de derechos humanos, la convicción moral acerca de la necesidad de seguir el camino de la verdad y la justicia y la adopción de una política de Estado en materia de derechos humanos adoptada a partir de 2003 habilitaron que se lo pudiese traer nuevamente al sistema legal: se lo juzgó y condenó en el marco del Estado de derecho. Así se le asignó el lugar que le correspondía: una cárcel común, donde tuvo la digna oportunidad de morir en paz (sólo él habrá sabido si en el instante final balbuceó algún pedido de perdón ante tanta atrocidad desplegada en su vida, o si se ahogó en su último estertor tragando su odio y crueldad. Tal vez el dios en el cual creía lo sepa, nosotros no). ¿Habrá valorado que nadie lo trató como una entelequia? ¿Habrá llegado a admitir que se lo trató como un ser humano incluido? ¿Habrá llegado a comprender que fue juzgado como lo saben hacer los hombres civilizados? Son enigmas. Las respuestas se las llevó con él, como se llevó tanta información que de haberla brindado hubiese suministrado un bálsamo a tanta angustia acumulada que genera la incertidumbre de no saber cómo, dónde están los desaparecidos, qué pasó con ellos. Su silencio monacal obrará como daño colateral. En estas reflexiones podemos decir que se fue un hombre insignificante, minúsculo, sin grandeza. No fue presidente, sino un tirano usurpador y no fue general, porque se arropó con el uniforme del traidor, no con el del soldado que está junto al pueblo y por la emancipación al lado de los pueblos hermanos de la patria grande de San Martín, Bolívar, Artigas, Martí. Que nadie escriba obituarios, como se estila, haciendo referencia al recientemente “desaparecido” dictador. El no desapareció: ¡se murió! No sé si descansará en paz. Nosotros descansaremos de él.

P.D.: “Pasó el diablo por Marcos Paz y dijo: ‘Algo es algo, y se lo llevó’. Pero aclaró: en el infierno están prohibidos: el fragote, la propaganda, la tortura, la desaparición”.

* Ex fiscal general de Bahía Blanca y copresidente de la Comisión por la Memoria.

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