EL PAíS › OPINION

Fútbol y nietos: algo cambió

 Por Jorge Halperín

Un Mundial escondió el robo más perverso y otro Mundial, el de 2014, ayuda a repararlo. Después de esta semana extraordinaria, el Mundial de Fútbol, que para los argentinos fue por tanto tiempo un icono asociado al terrorismo de Estado y la ocultación de los crímenes de la última dictadura, pasó a relacionarse con lo opuesto, con el destapar la olla, con la recuperación de la identidad. Al menos para el caso emblemático de Guido Carlotto, pero probablemente también para otros hombres y mujeres que hasta hoy transitan su mediana edad cargando con una identidad falsa.

Si efectivamente el spot del Mundial 2014 con los jugadores de la Selección invitando a los jóvenes con dudas a conocer su identidad fue, como ha circulado, el envión que decidió al nieto de Estela de Carlotto, entonces quedará certificada una evolución notable en la conciencia de la sociedad.

Incluso será así si, al revés, ese spot no tuvo influencia en Guido, que ya parecía tener afinidades con las búsquedas por la identidad. Porque, mientras aquellos jugadores de la Selección del ’78 ignoraban, como gran parte de la sociedad, la forma en que la fiesta estaba ahogando los ecos de la represión ilegal, y la mayoría tampoco se hizo eco ya en democracia, salvo los casos puntuales de Ardiles, Villa y Menotti, que se dolieron de “haber sido un elemento de distracción” y “no haber visto más allá de la pelota (... ya que) nos usaron para tapar las 30.000 desapariciones”, los seleccionados de 2014, o algunos de ellos, se solidarizaron con la causa de la búsqueda de los nietos apropiados.

Podría objetarse que entre 1978 y 2014 hubo ocho mundiales sin que los futbolistas de la Selección reaccionaran por el tema de la apropiación de bebés en la dictadura. Pero eso sólo indica que las cosas no suceden antes de tiempo.

Lo de hoy podría también tratarse de casos aislados de deportistas con alguna conciencia, pero la emoción colectiva del pasado martes, la manera en que los medios sin excepción pusieron en el primer lugar de su agenda la aparición de Guido Carlotto, sugieren que se trata de un tema que echó raíces también en las mayorías.

Incluso, se puede sostener que la colaboración de Messi, Mascherano, Kun Agüero y Lavezzi en el spot de las Abuelas se termina ahí, y que hasta su alegría manifiesta al enterarse de la aparición de Guido no significa necesariamente que detestan a la dictadura, sino a uno de sus crímenes más aberrantes.

Como sea, algo se ha abierto. Hay siquiera un esbozo de Nunca Más en la conciencia de sectores que en otro tiempo cercano no se sentían interpelados por los reclamos de las organizaciones de derechos humanos.

No hay que perder de vista que una clara mayoría de los casos permanecen en el misterio. Que en 30 años de democracia aquellos bebés apropiados llevan tres lustros como adultos, y, sin embargo, cuatro de cada cinco siguen con su identidad cambiada.

Es probable que una proporción de ellos aún ignore que no son hijos biológicos. Puede que otro número importante conozca que fue adoptado en forma ilegal e, incluso, que algunos sepan que fueron producto de la apropiación por los militares, pero que hayan crecido bajo el discurso procesista de que los salvaron de caer en las garras de sus familias biológicas, que criaban seres violentos y enemigos de la patria. Y lo digo porque en tiempos de la dictadura trabajaba en una empresa dependiente de Fabricaciones Militares y he escuchado ese terrible argumento en boca de civiles.

Otra proporción de nietos “no aparecidos” puede ser consciente de su adopción ilegal e, incluso, de que hubo apropiadores militares, o sea de que hubo un crimen en su origen. Tal vez hasta conozcan sus verdaderas identidades, pero quizás aún se sientan prisioneros del dilema de exponer al escarnio público a quienes los cuidaron y aguarden la partida de sus padres adoptivos para blanquear su situación.

Lo seguro es que todos, aun los más acérrimos defensores de la dictadura que hipotéticamente pudiera haber entre los jóvenes apropiados, sufren la condena cotidiana de ser portadores de un disfraz de identidad que ellos no provocaron. Y eso es mucho para aguantar hasta el próximo Mundial. Soy optimista.

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