EL PAIS › OPINION

Salir a la cancha

 Por Mario Wainfeld

A menudo la lectura de los hechos se amolda a la sesgada hechura de los medios. Las “primicias”, sin ir más lejos, predominan sobre los datos relevantes que se conformaron durante mucho tiempo y, por eso mismo, no sorprenden. Las miradas sobre el acto de La Cámpora de ayer seguramente corroborarán esa tendencia.

Todo indica que harán centro en la aparición de Máximo Kirchner, su discurso y en particular su desafío para que la oposición acepte competir contra la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Sin negarle relevancia y sin renunciar a analizarlos líneas abajo, este cronista piensa que lo sustancial de lo sucedido en el estadio Diego Maradona fue lo que estaba escrito de antemano. La magnitud de la convocatoria, la masividad, la talla de un sector juvenil comprometido. Una mezcla de cuadros parlamentarios o del Ejecutivo con militantes rasos. Un recorte juvenil que tiene algunos “supra-40” mientras suma a pibes o pibas del secundario. Un activismo que ninguna otra fuerza política de la Argentina puede congregar.

La cancha de Argentinos Juniors desbordó de euforia, cánticos, pogos. Flamearon las banderas, los oradores dejaron de serlo eventualmente para sumarse a las consignas. En ese contexto, construido durante los mandatos de Cristina Fernández, habló media hora Máximo.

La agrupación juvenil peronista reventó la cancha y colmó las calles adyacentes. La fiesta y la demostración de poder llegaron juntas como corroboración.

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En la edición de Página/12 del 18 de noviembre de 2007, en una nota titulada “El café literario es para los cuadros”, Kirchner reconoció ante este diario una limitación de su fuerza, “una pata renga”, en sus palabras. Enumeró una serie de carencias: no participar en los debates públicos, no haber organizado a sectores juveniles. Su idea, ya finalizando su mandato y estando electa Cristina, era formar “500 cuadros políticos de menos de cuarenta años”, aptos para la gestión o para la militancia. “Fuerza propia” y “cuadros” eran sus palabras clave. En aquel entonces,

menos de siete años atrás, era una hipótesis a desarrollar.

Mucha agua corrió bajo los puentes: Kirchner ya no está, Cristina va a completar una saga de doce años de gobierno. Y cuenta con La Cámpora como aval y alternativa.

Detractores y compañeros les cuestionan falta de peronismo a los dirigentes de La Cámpora. Se suman, con enjundia digna de causas más elevadas, formadores de opinión que no distinguen una Unidad Básica de un bondi. El “cargo” tiene poco asidero: los principales referentes de la agrupación militan desde hace muchos años y son peronistas desde entonces. Su “antigüedad” es mayor que la de muchos compañeros de otros palos o, ya que estamos, de unos cuantos funcionarios o ex funcionarios del gobierno nacional.

El punto es que La Cámpora se define como kirchnerista dentro del magmático espacio peronista. Se mueven convencidos de que su función es bancar a Cristina en el denso corto plazo que precede a las elecciones de 2015. No mocionar candidatos (salvo que ella lo haga o se los indique), no zambullirse en la lid electoral.

La cantera propia le da a Cristina un espacio propio de maniobra para no quedar confinada a los márgenes estrechos del peronismo tradicional, cuyos dirigentes siempre husmean para dónde sopla el viento. Son un vivero de recursos humanos, dotados de mística y con algo que (ay) no todos tienen por delante: décadas de vida útil.

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Los discursos de los diputados Mayra Mendoza y Juan Cabandié fueron breves, el del nieto recuperado tocó una cuerda más vibrante. El diputado Andrés Larroque solo usó el micrófono para presentar al orador que cerró. Llamó la atención que no hablaran él y otros integrantes de la mesa de conducción. Tal vez los apuró la amenaza de lluvia, que Máximo mencionaría luego.

Era el debut público de Máximo, que lo asumió de movida en medio de otras alusiones a su condición de novato. Franqueó sus sentimientos, habló de un sueño concretado. El nerviosismo inicial, el tono coloquial, hasta los propios límites de la exposición, redondearon la imagen de un orador sincero y cálido. El joven Kirchner tiene algunos gestos de su padre, como el de morderse los labios o menear la cabeza en ciertos momentos. Son visajes de un tímido que afronta el desafío de exponerse ante decenas de miles de personas, “mejores que yo”.

Mentó a sus padres presidentes como “Néstor” y “Cristina”. No se arrogó virtudes ni un pasado imaginario. Y puntualizó que “no hay apellidos milagrosos sino proyectos políticos”. Recorrió tópicos del relato kirchnerista, lo que incluye a los medios los fondos buitres o la desolación en 2001.

Tras mirar a través de los paneos de la tele y tras charlar con varios asistentes que pisaron el césped, da la impresión de que la entrada al ruedo de Máximo galvanizó a la concurrencia. La emoción en el palco era palpable, “el Cuervo” lloraba sin ocultarlo, Eduardo “Wado” de Pedro sonreía de oreja a oreja. Seguramente su acto de iniciación, por darle un nombre, tiene que ver con necesidades internas de La Cámpora: darle visibilidad, fomentar que entre en la escena pública, reorganizar sus liderazgos. Imaginar cómo se piensa proyectar en el corto plazo es prematuro.

En cuanto al planteo sobre Cristina como candidata, es factible que motive a la opo a recolocar el mito de la re-re. No hay condiciones dadas para eso, el mismo Máximo manifestó que la Presidenta no estaría de acuerdo. La traducción de volea deriva más a una confirmación del liderazgo y a no embanderarse ante tempus con candidatos propios que a un lance más audaz.

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La Cámpora “juega” desde hace un rato. Sus dirigentes están en la cancha, supeditados a sus desempeños, a las críticas aviesas o razonables. Máximo Kirchner hizo su debut sin alardear ni salirse de la narrativa K. Tuvo el buen gesto de mencionar el acto del Movimiento Evita en Ferro, semanas ha.

Los concurrentes se abrazaron, confirmaron su pertenencia. Y le dijeron a Cristina que cuenta con ellos. Lo que Kirchner maquinó es realidad, imperfecta desde ya. De eso se trataba. El conteo de “¿cuántos fueron?” formará parte de la comidilla de los días futuros. Una muchedumbre, por lo pronto. Fueron porque están convencidos, algo que el escenario seguramente catalizó. No alcanza por sí sola para ganar elecciones, es un envidiable activo para un gobierno con más de once años de rodaje.

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Imagen: Bernardino Avila
 
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