EL PAíS › SIETE VICTIMAS CONTARON COMO VON WERNICH LES DABA “CONSEJOS”

“Piensen en los chicos, colaboren”

Siete víctimas de la última dictadura militar declararon ayer en el juicio contra el ex capellán de la Policía Bonaerense Christian von Wernich. Todos habían sido secuestrados a mediados de 1977, detenidos en la Brigada de Investigaciones de La Plata y torturados dentro de lo que se conoció como “el circuito Camps”. Durante su cautiverio mantuvieron o escucharon conversaciones con el cura que pedía colaboración a cambio de su libertad. “¿Aprendieron la lección?”, les decía después de que fueran picaneados. “Piensen en los chicos, colaboren, digan todo”, le recomendaba a un matrimonio. “¿Tienen claro qué tienen que hacer cuando salgan?”, preguntaba.

Carlos Zaidman fue el primero en declarar ante el Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata. Militaba en el Partido Comunista y fue capturado cuando iba a devolver el auto a la casa de sus padres. Después de ver que su familia no se encontraba, salió del lugar, fue encapuchado y tirado en el piso de la parte trasera de un Renault 12 hasta el centro clandestino, donde reconoció la respiración agitada de su padre. En su relato describió el tratamiento antisemita que recibió por parte de sus captores. Además de los constantes insultos, como “judío de mierda”, en una de las tres sesiones de tortura lo obligaron a decir que era “un cerdo judío”. Aunque no tuvo conversaciones directas con Von Wernich, Zaidman escuchó en varias oportunidades “ahí viene el padre”. Entonces, los represores se preparaban “porque venía alguien que tenía cierto mando, que no era tratado como uno más, se le rendía cierta pleitesía”, explicó.

Casi al final de su testimonio lamentó que muchos guardias partícipes de esos hechos no se encuentren también como acusados en el juicio. En más de una oportunidad el recuerdo de esas circunstancias provocó la necesidad de interrumpir su relato. Pese a la comprensión y contención por parte del tribunal con las víctimas de esos años, tácita o explícitamente, se le hizo el reclamo por la necesidad de acelerar los tiempos y ahorrar en testimonios dolorosos. “¿Hay alguna forma de que no tengamos que volver a relatar y abrir nuestro corazón? Porque para nosotros es muy difícil”, se preguntó María Cristina Bustamante, otra de las declarantes.

El segundo en presentarse en la audiencia fue José María Llantada, otro militante comunista secuestrado que mantuvo junto a su compañero de facultad, Eduardo Kirilovsky, diferentes diálogos con el ex capellán. Durante los últimos días de su detención tuvieron visitas de “gente de inteligencia y en un par de ocasiones se presentó un sacerdote”. El les había pedido que se sacaran la venda, pero por miedo a que sea “un milico” no le hicieron caso. “Lo que menos se imaginaba uno era a un sacerdote en ese lugar”, explicó Llantada. Kirilovsky, quien había sido presidente del centro de estudiantes, contó después que existía “una frase marcada: el que ve, pierde”. Por ese motivo durante los tormentos en los que le aplicaron picana en los testículos, las encías y la cabeza, cuando se le caía la venda jamás abría los ojos. Atado a la cama con un colchón mojado, intentaba volver a colocársela y les pedía a los represores que se la volvieran a poner, pero “todo eso era motivo de burla”. Además insistían con la tortura en el lugar donde tenía cicatrices de una operación de apendicitis y un neumotórax.

Las charlas con Von Wernich eran sobre generalidades, no hablaban de política, sino que se parecían a las de “un sacerdote con un feligrés”, aseguró Kirilovsky. Esos encuentros se realizaban con los ojos vendados y las manos atadas adelante, por lo que “no había equívoco en absoluto” sobre el conocimiento de las condiciones de detención. Ellos le habían pedido al cura que alguien informe a sus familias cómo estaban: “Le dimos números de teléfono y dirección. El decía que sí, que los iba a contactar, pero nunca avisó”.

–¿Querés café? –le preguntó el represor llamado “el Paisano” a Kirilovsky.

–Bueno –respondió y se ganó un “cachetazo”.

–¿Tienen frío? –volvió a preguntar.

–No –afirmó en pleno julio y sin abrigo.

–Entonces tenés calor –concluyó el oficial que le puso un turbo en frente.

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