EL PAíS › EL ULTIMO DISCURSO DE NESTOR KIRCHNER EN LA ASAMBLEA GENERAL

Las Naciones sean Unidas

Con una tranquilidad que llamó la atención, el Presidente se atuvo a un discurso escrito y obtuvo un respaldo de la oposición generalmente escaso. El tema, claro, pasaba por Irán y el atentado a la AMIA, lo que suele aportar templanza. Los EE.UU. que le tocaron a Kirchner, y el balance local.

 Por Mario Wainfeld

OPINION:

Por un rato, pareció Argentina año verde. El presidente habló ante un auditorio internacional, con apego a un texto escrito minucioso. Tal fue su sosiego que pareció hasta apagado. Encontró el resquicio para marcar la exigencia de cooperación judicial al gobierno iraní, sin sumarse a la bestial ofensiva de los dueños del mundo.

Los principales dirigentes opositores validaron el discurso, con templanza inusual. El trance era arduo, entre los adversarios pudo primar la intención de no contrariar a la DAIA y la AMIA, a las que (como se detallará más adelante) se les atribuye una representatividad desmedida. Para variar, fueron momentos de transigencia y sentido común compartido, encabezado por quien conduce al país. Nada mal, en tanto la no-campaña entra a trote desabrido en su recta final.

Fue el último discurso de Néstor Kirchner ante la Asamblea de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y fue consistente con los anteriores. La política exterior argentina del cuatrienio, contra lo que predican desde trincheras varias, fue tendencialmente racional, tuvo un eje basal en la vigencia de los derechos humanos y la procura de un grado posible de autonomía. La retórica nativa, oficialista u opositora, asigna ribetes épicos o desmedidos a casi todo. A contrapelo de un par de vulgatas, el cronista reseña que el gobierno de un país pequeño y suburbano se apañó para no tener choques frontales con los Estados Unidos sin caer en seguidismos patéticos.

A Kirchner le tocó convivir, quizá, con el peor gobierno de la (por lo demás brutal) historia internacional de la Unión. Ningún profeta de la derecha llegó tan lejos como Bush, ninguno se ne fregó tanto del consenso internacional, ninguno incursionó en cruzadas bélicas sangrientas tan huero de compañía, tan cuestionado por los pueblos de todas las latitudes, incluidas las del hemisferio norte. Un solo aliado cabal tiene, Gran Bretaña. Ni aun allí la opinión pública se encolumna fácilmente. Eric Hobsbawm diseca el momento con prosa y saber impares: “Ahora, el gobierno de Estados Unidos se ve frente al hecho de que su imperio y sus objetivos ya no son genuinamente aceptados. No hay ‘coalición de los comulgantes’, de hecho su política actual es más impopular que la de ningún otro de sus gobiernos –y probablemente de ninguna otra potencia– en toda la historia” (“Guerra y paz en el siglo XXI”).

La vesania del líder mundial va signando la centuria. El periodista y escritor Ernesto Semán, en notas publicadas en Página/12 en esta semana, añadió una hipótesis desafiante, que comulga con lo que piensa Hobsbawm: no todo es razón instrumental en la barbarie de Bush, no todo apesta a dinero o petróleo, los desvaríos ideológicos suman su cuota. Su brutalidad no es estricta sagacidad del mal, lo que lo torna más peligroso.

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La exigencia al gobierno iraní tiene bases institucionalmente sólidas, pues son actuaciones judiciales. La credibilidad de las aseveraciones del fiscal Alberto Nisman son, cuanto menos, opinables. El juez federal Rodolfo Canicoba Corral tiene la competencia necesaria y muy poca autoridad pública, es un bochorno que no haya sido sometido a juicio político. Así las cosas, sustentado en una exigencia de un poder del Estado, encarnado en seres humanos (por decir lo menos) falibles, Kirchner hizo lo debido.

Fue notable la sobreexigencia de las autoridades de la DAIA y la AMIA. La demasía tuvo extendida aprobación mediática, que incurrió en un error brutal, que justifica unas líneas críticas. En la tele, en la radio y en la prensa escrita se homologó a esa dirigencia con “la colectividad” o (como está más de moda) “la comunidad” judía. Esa asimilación es indebida. Se trata, en ambos casos, de organizaciones no gubernamentales de afiliación voluntaria que sólo representan a sus asociados, no al conjunto comunitario. Institucionalmente no les cabe esa invocación, no validada por la costumbre ni por norma legal alguna. En verdad, un solo argentino representa legalmente a todos los ciudadanos judíos (no segmentados como tales) y es el Presidente.

Admítase una comparación en solfa, para aliviar un poco el texto. Proponer que DAIA y AMIA son la voz de la “comunidad” sería similar a proponer que el presidente de River, José María Aguilar, habla en nombre de todos los hinchas de fútbol, cuando es opinable que represente cabalmente a los socios de River, a los que debe su investidura.

Se habla de investidura porque la autoridad de las entidades en cuestión es controversial. Dejó mucho que desear su desempeño en momentos especialmente duros para los argentinos en general y los judíos en especial. Hablamos de la dictadura y del gobierno de Carlos Menem, que encubrió los atentados contra la embajada de Israel y la AMIA. En esas instancias, buena parte de la cúpula dirigencial fue aquiescente si no cómplice. Fueron otros grupos de raíz comunitaria (como Memoria Activa) los que pusieron el cuerpo en la calle y en los tribunales dando testimonio de coherencia y dignidad. Viene a cuento evocar el aniversario del atentado a la AMIA en 1997. Una multitud de asistentes al acto conmemorativo en la calle Pasteur le dio literalmente la espalda (un modo expresivo clásicamente judío) a Rubén Beraja mientras éste hacía su ofrenda de obsecuencia al gobierno de entonces.

Escapa a las incumbencias del autor preguntarse por qué se llama “comunidad” a una ONG. Puede ser un desliz, más justificable en los medios que transmiten en vivo. O puede ser un equívoco premio a esa inclinación derechista, practicada en las coyunturas más desdichadas, que revierte en extrema exigencia en momentos no ideales pero sí mejores.

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Las relaciones exteriores deben combinar convicciones, defensa de valores universales y dosis industriales de realismo. El rumbo de la gestión Kirchner fue, en trazos gruesos, adecuado: integración regional signada por la mayor cooperación y empatía que se recuerde con Brasil, acompañamiento a iniciativas racionales de la gran potencia (definiciones contra el terrorismo internacional, legislación contra el narco y el lavado de dinero). El equilibrio fue, paradójicamente, beneficiado por el relativo desinterés de Estados Unidos por buena parte de la región. Argentina desplegó junto a Brasil una acción de contrapeso no siempre recordada respecto de la “otra parte”, Venezuela y Bolivia, muy asediada por la intolerancia y los halcones de negocios de todo el Norte. Ese contrapeso sistémico fue importante y muy silenciado en el recuerdo. Comenzó con la exitosa gestión de ambas cancillerías para garantizar una salida democrática decente en Bolivia tras la caída del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada. Y fue decisiva la prédica del presidente brasileño Lula da Silva y de su colega argentino para que Hugo Chávez concediera el referéndum revocatorio, exponiéndose a una ordalía democrática infrecuente, que ganó por goleada.

Ese sesgo correcto fue a menudo implementado con chapucería, mal relatado, se personalizó demasiado, se delegó menos de lo aconsejable, y se cayó en contradicciones penosas, como fueron el entredicho con el Uruguay o la existencia de una diplomacia paralela con Venezuela, que hizo pus en el caso Antonini Wilson.

A cuenta de una síntesis más extendida, podría decirse que la estrategia fue sensata, funcional a los intereses nacionales, aunque implementada con tácticas desordenadas, desparejas, eventualmente contradictorias. La narrativa, charramente, faltó. Un cuadro compatible con lo que fue, en otros terrenos, la presidencia que termina sin que nadie se percate del todo.

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Imagen: AFP
 
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