EL PAíS › LA CAMPAÑA ELECTORAL

Cuatro semanas

Mientras Alberto Fernández y Jorge Taiana permanecieron en Nueva York para proseguir la estancada negociación con Uruguay, Kirchner y Cristina regresaron ayer para encarar el último mes de la campaña. La firmeza es una virtud cuando se trata de rechazar las presiones por un ajuste ortodoxo pero no para persistir en la destrucción del INDEC, que pone en tela de juicio cualquier palabra oficial.

 Por Horacio Verbitsky

Las mediciones de pobreza se realizan en tres regiones (Capital/Gran Buenos Aires, Patagonia y Noreste) sin ponderar las diferencias de precios entre cada una o, como simplificó Néstor Kirchner en Nueva York, “miden el costo de vida en Florencio Varela con los precios de Recoleta”. La canasta de consumo que se releva surge de los datos de la Encuesta de Hogares de 1996, cuando se importaban desde Colombia rosas de 50 centímetros de tallo, no se vendía pan en supermercados y millones de personas se iban de vacaciones al Caribe o a Europa. Si un bien o servicio registra un incremento desfasado de la evolución general de ese tipo de consumos, el valor recogido por los encuestadores se trunca al promedio de los equivalentes y el dato extremo sólo se ingresa si se repite durante 90 días.

Las explicaciones técnicas son razonables y es posible que una semana después de las elecciones presidenciales, cuando en caso de ganar CFK entre en vigencia el nuevo índice que el jefe de gabinete Alberto Fernández está elaborando junto con el ministro de Economía Miguel Peirano, se corrijan esas y otras distorsiones. Pero el problema que desde el INDEC ha ido irradiando sobre cualquier cosa que implique alguna forma de palabra oficial no es de detalles técnicos.

Grupo de tareas

Desde principios de este año hombres armados controlan las pantallas de las computadoras del organismo a cargo de las estadísticas públicas. Sus modales de grupo de tareas le han devuelto la voz a Roberto Lavagna, quien, en una situación normal, sería la última persona habilitada para hablar de la inflación. El ex ministro fue relevado cuando el índice de precios al consumidor se le desmadró y la canasta básica de alimentos aumentó un 25 por ciento en su último trimestre en el gobierno. Con el propósito de generar lo que llamaba “un clima de inversión y de negocios”, Lavagna desatendió las recomendaciones de Kirchner para analizar las cadenas de valor de los principales productos e incidir sobre los eslabones donde la oligopolización producía desequilibrios pasibles de corrección. Los acuerdos con comercializadores y con productores de bienes de alta incidencia en el precio de los alimentos, como el aluminio, la hojalata o los envases plásticos, permitieron contener aquella estampida. En todos los casos se trataba de empresas que recibían cuantiosos subsidios estatales y/o figuraban en lugar destacado en los rankings elaborados por la comisión investigadora de la fuga de capitales, como Aluar, Petroquímica Cuyo, Solvay Indupa (del Grupo Perez Companc), Procter& Gamble o Coto. La amenaza de establecer retenciones a las exportaciones de algunos de sus bienes, como el aluminio de Aluar, fue eficaz y el IPC de 2006 no llegó al 10 por ciento.

El loco del martillo

Pero el fuerte incremento de la demanda, por las bienvenidas transferencias de ingresos hacia los sectores más desprotegidos de la sociedad, no fue acompañado por una diversificación de la oferta, con el consiguiente aumento de precios. Entonces el secretario de Comercio Guillermo Moreno la emprendió con el INDEC y sus técnicos. Durante los primeros meses de este año, la mujer de la bolsa le puso algún límite, pero su triste, solitario final dejó el campo libre para que Moreno tomara el reloj a martillazos con la infantil pretensión de reacomodar las piezas a su arbitrio. Lo que consiguió fue crear un problema serio donde sólo había un pequeño desajuste. Nada terrible hubiera ocurrido si el índice oficial medía el 14 o el 16 por ciento, mientras la economía sigue creciendo a ritmo firme y el consumo de los sectores populares aumenta bien por encima del promedio, sin que haya ni retención de productos a la espera de que aumenten ni provisión anticipada para cubrirse. En cambio, los desmanes del loco del martillo confieren autoridad a la palabra de cualquier manosanta o candidato que estima lo que se le ocurre o le conviene, porque el Gobierno aniquiló la confianza en el organismo público, que no será la Biblia ni el Corán pero gozaba de una razonable respetabilidad, servía como referencia general aceptada por todos y permitía discutir los problemas de fondo y no los métodos de medición o la brutalidad para someterlos. La demasía de la oposición que, sin preocuparse por aportar ninguna prueba, considera fraudulento cualquier resultado electoral que no satisfaga sus expectativas e intenta deslegitimar de antemano los comicios presidenciales de octubre es otro subproducto envenenado de la sucesión de torpezas oficiales en el INDEC. La reconstrucción de ese organismo y del valor de la palabra oficial es de alta prioridad. Por eso fue sensato que Cristina no hiciera ningún comentario sobre el último capítulo del enredo estadístico, ahora con la provincia de su compañero de fórmula, Julio Cobos, y que sin renegar de las tantas cosas que su marido hizo bien, se disponga a corregir aquellas en las que se equivocó. El atropello al INDEC encabeza ese ranking, más breve de lo que el clima proselitista pueda sugerir.

Los ortodoxos

Las principales fuerzas opositoras dentro del país y todos los grupos de interés fuera, coinciden en la presión por un ajuste ortodoxo de la economía, en una audaz apuesta a la corta memoria de los desastres que esas políticas han provocado en el último medio siglo argentino. Claman por una reducción del gasto público, aunque no tengan la sinceridad brutal de Fernando de la Rúa y el licenciado Carlos Alvarez, que rebajaron un 13 por ciento los magros ingresos de los jubilados. Reclaman una apreciación del peso y un aumento de tarifas, aunque disimulen que, como a la dictadura, les da lo mismo acero que caramelos, o como al menemismo, les resulta indiferente la destrucción de la industria y del empleo. Con un desenfado poco habitual en un presidente argentino, Kirchner refutó esas pretensiones durante los distintos encuentros mantenidos en Nueva York. Tanto él como CFK se permitieron defender la heterodoxia y hasta ironizar sobre la inconsistencia del actual gobierno estadounidense, al que no se le ocurre practicar las políticas que desde el Fondo Monetario postula para Subamérica y otras tribus salvajes que pueblan el planeta. Durante el almuerzo en el Council of Americas, la candidata usó un tono suave para decir cosas fuertes: las tensiones sociales del crecimiento no son una mala noticia, sino lo contrario; la economía y los negocios no se justifican per se, sino como herramientas para construir una sociedad mejor; los bancos deben bajar las tasas de interés, y las empresas energéticas no invirtieron pese a las ganancias que realizaron en el país. El objetivo de máxima del viaje de la candidata era iniciar la búsqueda de inversiones de riesgo que suplementen a la fuerte inversión pública que en estos años sostuvo el crecimiento, y hará falta tiempo para determinar el grado de éxito que alcance. Pero el de mínima (impedir que desde la comunidad de negocios de Estados Unidos se intentara desestabilizar al Gobierno y a su designada sucesora durante el proceso preelectoral), parece bien logrado. Las notas en el diario The New York Times y en la revista Time revelan la expectativa creada por la visita. Durante todo su transcurso el Gobierno combinó buenos modos con firmeza. La ministra de Relaciones Exteriores de Estados Unidos, Condoleeza Rice, pidió una reunión con su colega Jorge Taiana y le transmitió un mensaje de buena voluntad. Encomió los puntos de acuerdo con el actual gobierno (no proliferación nuclear, misiones de paz, apoyo a la democracia, Haití) y declaró la disposición para fortalecer las relaciones políticas si el próximo gobierno desea el descongelamiento. El ministro argentino introdujo dos temas críticos: el Club de París y la ronda comercial de Doha.

Reiteró la disposición oficial a alcanzar un acuerdo con los estados acreedores (ofrece pagar el total de la deuda pero no al contado con sus reservas sino en seis cuotas anuales y sin someterse a cualquier revisión por parte del FMI). La elección de un socialista francés como director–gerente del Fondo, con el apoyo argentino, abre una perspectiva distinta de la que los lobbystas han planteado en Buenos Aires. El Gobierno no tendría reparos en hacer una declaración sobre su política económica al Club de París, que el Fondo consideraría satisfactoria, según sugirió Dominique Strauss-Kahn. Pero ni habrá un crédito para pagar al Club de Paris ni se someterá un programa a consideración del FMI. Respecto de Doha, el Gobierno es avaro con las ventajas que está dispuesto a conceder a quienes colocan bienes y servicios en el mercado local y generoso con lo que demanda a quienes compran los argentinos, no por ideología sino por intereses. De este modo, en los últimos meses de su mandato, Kirchner mantiene el estilo de negociador duro con el que inauguró su mandato, coherente de punta a punta, ya sea dentro o fuera del país.

Matices

También se manejó así en la Asamblea General de las Naciones Unidas: el presidente que reclama justicia para las víctimas del terrorismo de Estado durante la dictadura militar se preocupa por la identificación y el castigo de los autores de los atentados más graves cometidos en la historia argentina, durante la década pasada. Según un fiscal y un juez argentinos que se basaron en informes extranjeros de inteligencia, entre ellos habría iraníes. Pero al mismo tiempo, Kirchner reivindicó la legalidad internacional, la acción multilateral, la proporcionalidad en la respuesta, el respaldo de la opinión pública internacional y el respeto a los derechos humanos, es decir todo aquello ausente en la ofensiva estadounidense contra Irak y en la actual escalada contra Irán. Esas distinciones de fondo también se percibieron en la forma: una cosa fue el tono encendido del párrafo que dedicó al tema y otra su texto. Sus palabras respondieron a un legítimo interés nacional y no a los de quienes pretendían una ruptura de relaciones con Irán o una denuncia política de su actual Gobierno que pudiera justificar el ataque armado, tal vez nuclear, que los halcones-gallina de Washington ansían producir antes de que termine de acabarse el mandato de George W. Bush. En el caso del siempre lejano acuerdo con Uruguay, Kirchner bajó las expectativas que había creado Tabaré Vázquez: la Argentina no convalidará el hecho consumado con la construcción inconsulta de una planta pastera sobre el río compartido ni accederá al monitoreo conjunto. Será el tribunal internacional de La Haya el que se pronuncie.

Postulantes

Aunque no habrá novedades antes de las elecciones, la conformación del próximo gabinete y de las funciones legislativas sigue en análisis. No se contempla el desdoblamiento del Ministerio de Economía ni el reemplazo de su titular, que acaba de asumir. Todo parece indicar que la supuesta candidatura de Mario Blejer es una autopostulación. Ex jefe de la misión del FMI en Indonesia, donde su segundo era el economista de la India Anoop Singh, Blejer fue repatriado por Domingo Cavallo, y Duhalde lo nombró al frente del Banco Central. Es difícil concebir un perfil más alejado que el suyo de las definiciones del neodesarrollismo populista del kirchnerismo. Tampoco está claro que vaya a ser satisfecho el deseo de Aníbal Fernández de ocupar el ministerio de Trabajo, aunque es probable que por su eficiencia reciba algún ofrecimiento que le levante el ánimo, luego de que la nominación de Balestrini también postergara su candidatura a la vicegobernación bonaerense. Para el Ministerio del Interior, en las últimas semanas se ha sumado a la candidatura del gobernador jujeño Eduardo Fellner, la del ministro de Gobierno de Buenos Aires, Florencio Randazzo, que tuvo participación en las negociaciones finales de las listas bonaerenses. En el caso del gobernador saliente de la provincia, Felipe Solá, el Gobierno no impone ni se opone a su deseo de presidir la Cámara de Diputados. La decisión la tomarán sus compañeros de bloque.

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