EL PAíS › OPINION

Corporación de poder

 Por Eduardo Aliverti

La única pimienta política en lo que va del verano, por fuera de la contienda entre Macri y los municipales, fue puesta por Roberto Lavagna. O por el kirchnerismo, en definitiva. O por el partido peronista, dicho de un modo tradicional. En cualquier caso, la pregunta –o quizá sólo una de ellas, pero sin duda una de las principales– es si hay tanto de “novedad” como parece en la vuelta al redil del ex ministro de Economía.

El estío venía como casi siempre. Una película única, en continuado, con los muertos en las rutas, el crimen “tipo”, los fashion que se pasan de rosca en playas top, los grasas que usan franquicias diplomáticas para allegarse autos importados (porque hay que ser grasa, ¿eh?), las inundaciones en el Norte, los alquileres en la costa. Si la vuelta de Lavagna de sus vacaciones extrakirchneristas hubiera sido impactante en toda ocasión, en una como ésta fue poco menos que un sismo (del área política, cabe recortar, porque salvo lo que queda del radicalismo nadie perdió el sueño). Pero más bien relacionado con lo que produjo en una oposición que ya no encuentra su profunda razón de ser. No con lo que puede esperarse del oficialismo. Es desde ahí que corresponde poner en duda el carácter de novedad de la “borocotización” de Lavagna.

Los 3 millones de sufragios que obtuvo en octubre, subido a su imagen de hombre moderado con capacidad para sobrevivir airoso en tormentas complicadas, fueron notables si se los ve como el producto de un ejercicio individual. Sin embargo, se trató de un efecto inercial que capturó una parte del voto no peronista y otra del antiperonista directo. Lavagna y Carrió se dividieron esa porción de la sociedad que se fragmenta entre el gorilismo incapaz de votar a quien sea con olor peruca, y otra definida como fluctuante que sí es capaz de optar por algún peronista, pero blanco. Gracias a ese rebote, Lavagna capturó alrededor de un 17 por ciento de los votantes; pero ese número, impactante en otro contexto, estaba desnudo. Sin entusiasmo popular, ni aparato, ni cuadros, ni intendentes, ni gobernadores, ni nada de nada que no fuese un discurso menos apocalíptico que el de Carrió y con antecedente de gestión eficaz (a más de un carisma muy escaso para los códigos de la política argentina y una muy dudosa vocación por construir fuerza propia), Lavagna asumió que no podía pasar de ahí y sucumbió sin mayor dilema ante una oferta que para el kirchnerismo carecía de todo riesgo. Con varas éticas o morales, su actitud es cuestionable. Pero políticamente no pasó otra cosa que el retorno a posiciones de poder de un hombre que se siente a sus anchas allí y no en posturas confrontativas. Si sus votantes se sienten decepcionados y hasta estafados –no sin cierto o total derecho– sería mejor que, pasado el mandoble inicial, asuman que lo sucedido es habitual cuando alguien se embarca en una aventura electoral solitaria sin otro objetivo que dar testimonio. Y más si hablamos de un dirigente del establishment partidocrático, o afín a él.

Lo siguiente es que, antes del ¿quiebre? de Lavagna, es más atractivo ratificar el modo implacable, sin grandes obstáculos a la vista, en que el peronismo avanza hacia su consolidación no ya como partido de poder sino como fuerza virtualmente hegemónica. El impresionante viento a favor de las condiciones económicas internacionales, con un mundo cada día más necesitado de lo que tiene y produce la Argentina y sin por eso quitarle todo mérito a la administración kirchnerista, hace que sea muy difícil imaginar una alternativa opositora seductora de... ¿quiénes, en un número que altere la correlación de fuerzas? Si se acuerda en verlo de esta manera, el “pase” o retorno de Lavagna no es más que un dato testigo (grandilocuente, sí, porque es una figura) de que no sólo no alcanza con batir el parche de la corrupción oficial para construir opciones creíbles sino que, frente al mejoramiento o estabilización de la economía, ese aguachentismo ideológico termina arrojando o devolviendo a los dietéticos en brazos del poder realmente existente, so pena de languidecer. El kirchnerismo, además de endilgársele ser un andamiaje capitalista de almacén, de empresarios amigos, continúa teniendo montones de agujeros por los cuales colarle críticas estructurales, a cuya cabeza sigue estando igualmente una distribución de la riqueza que en términos comparativos es idéntica o similar a la del sultanato menemista. Pero el tema sigue siendo también que las corrientes o figurones que intentan plantarse como oposición no tienen otra batería que comentarios al paso o propuestas de cuño liberal/reaccionario (que, encima, no encajan, ni en la verba, ni en el humor social, con los tiempos actuales de un grueso muy significativo de la región). Es entonces que Macri y sus acólitos quedan encerrados en una dialéctica de comarca, Carrió destruye lo que construye mientras no se cansa de anunciar el parto de la República y Lavagna se vuelve a la casita de los viejos.

Conscientes de esas debilidades ajenas, inquietos por algunas consecuencias de mediano plazo que puede acarrearles la crisis económica estadounidense y, al fin, alertados de que es casi inevitable el desgaste que produce una larga exposición en el poder explícito, los K trabajan en el tendido de una malla corporativa (política, gremial y empresarial) que los blinde contra cualquier avatar peligroso. Y si para eso es necesario afirmarse en pactos con lo peor de la burocracia sindical o del tejido pejotista bonaerense, sólo por caso, lo hacen. Nada se los impide y, visto el desierto opositor, y excepto por un hecho imprevisto y excepcional, en este país se acabó, hasta más ver, la contienda política. El pronóstico es que se asistirá a su reemplazo –como viene ocurriendo– por un conjunto desperdigado de protestas y luchas gremiales y sectoriales, en algún caso potenciadas por la puja por el ingreso según el rumbo del crecimiento económico y la inflación; y en algún otro, amortiguadas por el tendido de la malla del partido o corporación política hegemónica. Será eso más algunos choques y debates del tipo de los que se suscitan o provocan con la Iglesia; el eterno conflicto por las retenciones agropecuarias; eventuales remezones por el estado del mapa energético y la consabida e inacabable discusión por la “inseguridad”. Hay o habrá más, pero no mucho.

Si este panorama es bueno o malo no tiene una única o segura respuesta. Por un lado, expresa, con matices, un grado de conformismo social alto o considerable. Y por otro, conlleva el riesgo, tan alto o considerable, de que se piense que esto es todo lo que hay o puede haber.

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