EL PAíS › CóMO FUNCIONA EL CENTRO QUE RECIBE A LOS PACIENTES MáS CRíTICOS DE LA PROVINCIA

Una tarde en el hospital de la gripe

Es el Federico Abete, de Malvinas Argentinas. Funciona como hospital de referencia para las internaciones. Los pacientes en estado más grave, los familiares que esperan noticias, los médicos que no dan abasto. Cómo es la atención, cómo son los cuidados.

 Por Emilio Ruchansky

Desde hace una semana, el hospital Federico Abete del partido de Malvinas Argentinas recibe y trata a los pacientes bonaerenses más críticos de la epidemia de la gripe A, estén confirmados o no. La mayoría llega con problemas respiratorios severos, pero para sorpresa de la directora médica, Graciela Bonfigli, varios pacientes son personas sanas de entre 20 y 40 años. Un público atípico para la gripe común, que habitualmente hace estragos en niños y ancianos. Hoy viven gracias a la asistencia respiratoria mecánica. “Es un virus nuevo, así que estamos tratando de conocerlo. Por ahora, la única similitud es la alteración respiratoria, pero también hubo pacientes que presentaron fallas renales”, dice la médica, mientras una asistente tira desinfectante en la sala.

Al menos cuatro pacientes murieron de gripe A en este lugar, todos niños, y hay otros cuatro adultos jóvenes fallecidos con síntomas similares. “Estamos esperando la confirmación del Instituto Malbrán. Sabemos que va a tardar porque allá tienen un tope y están sobrepasados”, comenta Bonfigli. El acta de defunción de la mayoría de las muertes indica que fueron provocadas por un “paro cardiorrespiratorio no traumático”. Por eso, la placa de tórax y la oximetría, que mide la oxigenación de los pulmones, son las primeros estudios que se les hacen a los pacientes enfermos, sean trasladados o ambulantes. Hasta ayer, el hospital tenía aún 30 camas libres, luego de que se acondicionaran veinte plazas más en una sala de espera.

En la sala de terapia intensiva descansan casi 25 pacientes con respiración artificial. El lugar está aislado. Por encima de la camilla, cada uno tiene un monitor monocromo que indica el nivel de oxígeno y la frecuencia cardíaca. Por el pecho les zigzaguea una decena de cables con distintos sueros. Las enfermeras del sector, en pleno auge de la barbijocracia, usan unos que duran cuatro horas, los médicos llevan otros que soportan 15 días y vienen con refuerzo de plástico.

Entre estos pacientes, los de terapia intermedia y los de pediatría suman 70 las personas con problemas respiratorios, aunque no todos tienen gripe A. “Empiezan con fiebre, dolor en las articulaciones y cefalea y después hacen neumonía, casi siempre es así”, dice la directora. Además de los traslados, desde que se supo que ese hospital centralizaba los casos de gripe A, van pacientes de localidades como Escobar y Pilar. “Hay una confusión: éste es un centro de referencia pero sólo para la internación, la consulta se puede hacer en cualquier lado”.

Por los pasillos del moderno hospital –apenas tiene un año de vida–, hay más excitación por la presencia de dos figuras televisivas que conducirán el noticiero de la noche en vivo y en directo desde la plaza que está enfrente del hospital. En la recepción de la guardia, siete enfermeras se deleitan con barbijo puesto, luego haber recibido el saludo de Guillermo Andino. Solo siete pacientes esperan ser atendidos, mientras cae la tarde. “Bajaron las consultas porque ahora la gente sabe que no tiene que concentrarse y viene al hospital solo cuando es absolutamente necesario”, comenta la directora médica.

En el otro extremo del hospital, una veintena de personas aguarda cualquier novedad. Uno de ellos, el hermano de José Luis Cóndor, tiene un detector de guardapolvos blancos. Mientras cuenta los padecimientos de los familiares que como él sufren la inmensa espera, su ojos adivinan la presencia de cualquier médico. Mira, chequea que no sea el que atiende a su hermano, y continúa: “Lo trasladaron el viernes pasado desde General Pacheco, tuvo un infarto cuando llegó y lo salvaron. Vino con neumonía, le dolía mucho la espalda, a la altura de los pulmones. No sé si es gripe porcina, pero está con asistencia respiratoria”.

Los hermanos Cóndor son inmigrantes peruanos. José tiene 43 años, trabaja cargando y descargando camiones, no fuma pero toma alcohol. “No es un borracho, eh, toma como todo el mundo”, dice en su defensa. Pudo verlo cinco minutos, los suficientes como para darse cuenta de que no debía moverse del hospital hasta que su hermano esté mejor. Detrás de él, sobre el ventanal que da a la calle, se ven las frazadas, sábanas y almohadas de otros familiares que duermen en la sala de espera. Las quejas son las que podrían escucharse en cualquier otro hospital, los partes médicos no se dan a tiempo y son breves.

Claro que también hay chismes, como los que cuentan dos chicas que internaron a su madre con neumonía y aseguran que se escapó una señora que había dado positivo en el análisis de gripe A. Tampoco faltan vecinos como Alberto que fuma con el barbijo puesto en la entrada del hospital y asegura que la Presidenta “hizo abandono de país”, mientras otra vecina le recuerda que ese mismo hospital lo inauguró Cristina Fernández.

Enfrente, los conductores se aprestan a dar las noticias, con barbijo sobre el cuello y guantes de látex. Uno de ellos se limpia los guantes con alcohol en gel. Por momentos, un asistente les tira desinfectante alrededor. Cuando arranca la transmisión en directo, la gente se agolpa en el hall de informes para verse agolpada en el hall por televisión. La noticia de la emergencia sanitaria en la provincia de Buenos Aires todavía no se había confirmado.

En medio del nerviosismo, Andino, el conductor, levanta sus dos pulgares de látex y dice suerte. Su colega comienza la transmisión con un furcio arrastrado de la campaña política que acaba de terminar. En vez de informar que en algunas provincias se adelantaron las vacaciones, dice que se “adelantaron las elecciones”. Las risas se escuchan desde el hall, pero no salen al aire.

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Los jóvenes son un público atípico para la gripe común, que habitualmente hace estragos en niños y ancianos.
Imagen: Sandra Cartasso
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