EL PAIS

El clavo de Casal

 Por Horacio Verbitsky

En 2004 pude debatir en el programa de televisión Oppenheimer presenta, que se transmite desde Miami para toda América Latina, con quienes eran jefe del Comando Sur y viceministro del Pentágono para América Latina, el general James T. Hill y Roger Pardo Maurer. Ambos agitaron el fantasma del populismo radical en América Latina e intentaron confundirlo con el terrorismo, el narcotráfico, la criminalidad organizada, el lavado de dinero y las pandillas urbanas, que “amenazan la seguridad de los Estados Unidos”. Les pregunté qué estaba haciendo el Ejército de Estados Unidos dentro de Estados Unidos frente a esos problemas. Pardo Maurer enfureció. Dijo que era una pregunta tendenciosa, porque Estados Unidos tenía “un sistema legal muy establecido, en el cual hay tareas explícitas para las Fuerzas Armadas, muy definidas para la policía, muy esclarecidas, con sistemas de mando, de control, de responsabilidad política”. Pero que en muchos países de Latinoamérica “existe una confusión total. Nadie sabe cuál es el papel del juez, el de la policía, el de las Fuerzas Armadas”. Objeté que la única confusión surge de la presión del Comando Sur para que nuestros militares participen en tareas de seguridad interior y el entrenamiento que están brindando militares norteamericanos a policías de América Latina. También estaba presente Joy Olson, de WOLA, quien aseveró que el Comando Sur intentaba borronear la línea entre asuntos militares y policiales. “Hasta usamos las fuerzas militares especiales para entrenar policías civiles en América Latina. En el último año el Comando Sur ha hablado mucho de las pandillas en América Central, lo cual quiere decir que se reserva un papel. Estoy de acuerdo en que es un problema muy serio, pero es un problema social. Las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos no deben promover en otros países roles que son ilegales aquí”, dijo con sagacidad que los años transcurridos confirmaron. Hill terminó con una pregunta. “Si usted tiene unas Fuerzas Armadas de 100.000 hombres y sólo 15.000 policías pero la mayor amenaza es el crimen urbano, ¿necesita 100.000 militares o 75.000 policías? Como no puede mantener a ambos yo sugiero tomar algunos de esos militares y reentrenarlos para ser policías. Si la clave es la pobreza, como yo creo, los gobiernos no pueden continuar teniendo las Fuerzas Armadas y la policía actuales. Necesitan más policía”. Más allá de la idea de que a la pobreza se responde con policía, la realidad argentina lo refuta: las Fuerzas Armadas tienen poco más de 50.000 efectivos, cuatro veces menos que las distintas fuerzas policiales y de seguridad, sin contar las privadas. Pese a ello los ecos de sus palabras se sienten siete años después en el Cono Sur, cuando los ex tupamaros José Mujica y Luis Rosadilla, presidente y ministro de Defensa del Uruguay, anuncian que mil militares pasarán a la policía. Su pretensión de que es posible quitarle a un hombre el uniforme verde, colocarle el uniforme azul y lanzarlo a la calle en una nueva función, omite que militares y policías participan de dos formaciones, culturas y misiones distintas, cosa que los norteamericanos tienen bien presente puertas adentro. Las consignas del Comando Sur también resuenan en los planteos del ministro de Seguridad bonaerense, alcaide mayor penitenciaro Ricardo Casal, a quien cada día le resulta más difícil distinguir entre los trabajadores cuentapropistas cartoneros del Gran Buenos Aires y la criminalidad organizada. El célebre psicólogo estadounidense Abraham Maslow sostenía que cuando la única herramienta que uno tiene es un martillo, tiende a ver cada problema como un clavo. El encadenamiento de irracionalidades lleva a que Casal, acosado por los asesinatos alevosos de pibes de las villas y los barrios, consecuencia de su política, arroje lastre y, a cambio de su permanencia, entregue a la cúpula policial, concentrando poder en una facción interna en detrimento de otra, lo cual no robustece el control civil sino el autogobierno policial.

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