ESPECTáCULOS › BALANCE DE LA TRIGESIMA EDICION DE LA FERIA DEL LIBRO, QUE TUVO 1.200.000 VISITAS

Una cita de amor entre lectores, libros y autores

El desafío es siempre el mismo: que de esas multitudes que recorren la Feria cada año surjan nuevos y consecuentes lectores de todos los géneros y todas las edades. Opiniones de libreros y editores sobre estos 24 días.

 Por Silvina Friera

Los números no siempre reflejan la complejidad de un fenómeno cultural, más cuando se trata de la Feria del Libro de Buenos Aires, que concluyó el domingo. El optimismo por lo cuantitativo –1.200.000 personas aproximadamente visitaron el predio de la Rural– puede distorsionar algunos datos de la realidad y construir una burbuja de prosperidad cualitativa en torno del contacto con el libro y la lectura, cuando el clima que reina en las escuelas, universidades e instituciones terciarias parece ir a contrapelo de estas cifras. ¿Cómo compatibilizar las quejas generalizadas por la pérdida del valor de la lectura frente a lo que ocurre en la Feria del Libro? Hace cinco años que es vox populi que el día que más gente circula por los pabellones de la Rural es el 1° de mayo, feriado nacional. Una hipótesis probable, que los sociólogos deberán comprobar o refutar en futuros estudios, sería pensar que esa especie de templo pulcramente ordenado, que alberga miles y miles de libros dispersos en distintos stands editoriales, pueda funcionar como un shopping, esos “no lugares” que el antropólogo francés Marc Augé define como “establecimientos neutros y funcionales que apenas permiten un furtivo cruce de miradas entre personas que nunca más se encontrarán”.
Quizás, ese cruce furtivo suceda en la Feria, lo que no invalida que para muchos –acaso la mayoría de la gente– ese vínculo ocasional sea el único entablado durante el año con los libros. Y ahí, en ese encuentro azaroso con la portada de una novela o una investigación histórica, en ese cara a cara singular, las críticas contra la Feria se derrumban y deberían desplazarse hacia las políticas culturales, que fracasan sistemáticamente en la promoción y extensión del libro y la lectura. Los expositores consultados por Página/12 admitieron que vendieron entre un 20 a un 30 por ciento más, algo lógico y esperable porque la Feria prolongó sus jornadas (24 días, contra los 21 que suele durar abierta al público). “Los objetivos están cumplidos, nos preparamos para tratar de hacer una celebración digna y le dimos mayor comodidad al público dentro de lo posible, con calles más amplias y lugares de descanso intermedio, gracias a la incorporación del pabellón azul, que permitió que hubiera 10.000 metros más para que la gente se desplazara sin empujarse o molestarse. El contacto con el libro, ahora, fue mucho más confortable”, señaló el presidente de la Fundación El Libro, Carlos Pazos. “La característica de este año es que la gente vino más repartida y no tan concentrada como en ediciones anteriores”, agregó.
“Hay un repunte en las ventas respecto del año pasado –aseguró Héctor Benedetti, de Siglo Veintiuno editores–. Después de dos años de oscuridad, parece que estamos atravesando por un momento de auge del libro, que se explica, en gran parte, porque con la producción nacional se mejoró el precio y esto incentivó la demanda de libros en el público”. Los más vendidos en Siglo Veintiuno fueron La pasión y la excepción, de Beatriz Sarlo; Los herederos, de Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, y los libros agrupados en la colección La ciencia que ladra. Nahuel Santana, encargado del stand de Gedisa, comentó que se vendió un 30 por ciento más, “pero con más días de Feria”. La política de Gedisa, ante el dilema del aumento del euro, fue abaratar el precio de los libros. “Por ejemplo, un libro a 17 euros, acá lo ofrecimos a no más de 30 pesos, gracias a que estamos subsidiados por España. Por suerte, esto nos permitió no escaparnos de las posibilidades reales del mercado”. En cambio, Juan Cruz, del stand de Fondo de Cultura Económica (FCE), confesó que para esta editorial las expectativas no se cumplieron. “Los precios de muchos de nuestros libros quedaron desfasados de lo que la gente está dispuesta a pagar, un promedio de 20 pesos”. Sin embargo, entre los libros que mejor funcionaron en FCE está La familia en desorden, de la psicoanalista francesa Elisabeth Roudinesco, una de las visitas internacionales de la Feria.
En Riverside Agency, grupo que tiene a Anagrama y a Taschen, entre otros sellos, Néstor Rodríguez Berrocal comentó una rareza que podría dejar a más de un lector pasmado. Se vendieron más de 20 ejemplares del libro Leonardo Da Vinci, de Frank Zöllner, que cuesta la friolera de 580 pesos. “Y no lo compraron solamente turistas chilenos, que aunque este año se los vio por la Feria no fueron tan multitudinarios como en otras ediciones, sino muchos argentinos”, aclaró. Rodríguez Berrocal reconoció que aumentó cerca de un 15 por ciento las ventas y que entre las novedades el libro que mejor funcionó fue El pasado, de Alan Pauls, premio Herralde de novela 2004. “Los precios estuvieron equilibrados tanto en las ediciones de bolsillo como en las novedades –confirmó Francisco La Falce, de Sudamericana–.
Los diez mandamientos en el siglo XXI, de Fernando Savater (que convocó a más de 1000 personas, uno de los visitantes más exitosos) y Shimriti, de Jorge Bucay, encabezaron las preferencias de los compradores, aunque las novelas de Isabel Allende y los libros de Gabriel García Márquez, clásicos que siempre funcionan, salieron como pan caliente. Una tendencia, más visible en esta edición, fue el éxito de los autores nacionales. En Alfaguara, la reedición de las obras de Julio Cortázar se vendió muy bien, especialmente Rayuela, y la presencia de Arturo Pérez-Reverte, otro de los visitantes ilustres que reventó la sala José Hernández, hizo que trepara las ventas de su última novela: El caballero del jubón amarillo. En Norma, uno de los caballitos de batalla fue Los mitos de la historia argentina, de Felipe Pigna.
Kuki Miler, de Ediciones de la Flor, uno de los stands más visitados durante el último fin de semana de la Feria, se mostró más que satisfecha con el resultado de las ventas, que estimó alcanzará un 30 por ciento más en comparación con la edición anterior. El indómito gaucho Inodoro Pereyra 28, de Roberto Fontanarrosa; la edición en inglés de Mafalda & friends, de Quino; Conductores suicidas, del joven escritor argentino residente en España Alejo García Valdearena, y Macanudo 1, de Liniers, integran el ranking de los más vendidos por esta editorial argentina. En Planeta, Raúl Robledo, encargado del stand, no se apartó del clima de efervescencia que prevalece en el mercado editorial. Según Robledo hubo un 25 por ciento más de ventas. Los insuperables Harry Potter y El señor de los anillos permanecieron en el podio de ventas de Planeta, acompañados por Crímenes imperceptibles, de Guillermo Martínez; El cantor de tangos, de Tomás Eloy Martínez, y batacazo o sorpresa, la saga del ratoncito italiano, Gerónimo Stilton, debutó con una buena performance (en Italia lleva vendidos ¡¡¡dos millones y medio de ejemplares!!!). Otro fenómeno es el de la escritora italiana Melissa Panarello con sus memorias eróticas, Cien cepilladas antes de dormir. En Tusquets, Ricardo Cejas no se animó a lanzar una cifra, pero corroboró la sensación generalizada de que se vendió más. “Lo representativo de nuestros compradores es que apuntan a nuestro fondo editorial más que a las novedades, porque los libros de Tusquets no son de venta masiva”, opinó Cejas, que enumeró algunos de los autores más vendidos: Almudena Grandes, Jorge Semprún y Milan Kundera.
Muchas son las variables que confluyen en el incremento de las ventas, admitido por la mayoría de los expositores consultados: el efecto bola de nieve de las visitas internacionales, la participación de los autores argentinos, ya sea presentando un libro o firmando ejemplares en los stands y, según como se lo mire, un alivio económico o el acostumbramiento (que produce tarde o temprano la sensación de una mejora en los ingresos), que se traduce en mayor consumo de distintos bienes, entre ellos los culturales (algo que la clase media argentina no resigna o posterga con facilidad, salvo en situaciones límite como las de fines de 2001 yprincipios de 2002). “Los libros se miran, pero no se compran”, era el paradigma restrictivo que prevalecía en el comportamiento del público de la Feria en medio de la crisis. Ahora, primavera, verano y otoño kirchnerista mediante, casi nadie dejó de adquirir el libro que buscaba o necesitaba. La visita del presidente Néstor Kirchner generó tumulto por lo inesperado de su recorrida, pero el que rompió el record de asistencia fue el periodista y escritor Alejandro Dolina, que reunió a 4000 personas apretujadas y desparramadas en el piso de la sala José Hernández.
“¿Qué significa hoy exponer libros nada menos que en la Sociedad Rural, y tan cerca, dicho sea de paso, del Jardín Zoológico? –se preguntó el escritor Abelardo Castillo, en el discurso inaugural de esta edición–. Bromas aparte, yo creo que significa o que debería seguir significando lo mismo que significó siempre. Una búsqueda del lector por parte de un libro, un puente entre un hombre y otro hombre.” Guste o no el ruido, lo masivo o esa fisonomía más cercana al shopping que al silencio de una austera librería, hace 30 años que la Feria tiende puentes por los que caminan millones de lectores.

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Para muchos, la visita a la Feria es el único momento del año de contacto con los libros.
 
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