SOCIEDAD › UN NOVEDOSO PROGRAMA DE ALFABETIZACION EN EL GRAN BUENOS AIRES

Aprender con las peleas conyugales

Con el auspicio de la Unesco, una ONG puso en marcha un programa para enseñar a leer y escribir a ex cartoneros. La alfabetización parte de conflictos cotidianos, lo que logra reducir situaciones de violencia familiar.

 Por Pedro Lipcovich

“Con vos, me aburro. El televisor, en cambio, tiene sonido, formas y grita gol”, dijo él. “¡Pero no te plancha ni te cocina! ¡Y, para que sepas, yo también grito gol, pero con el vecino!” Este fragmento de pelea conyugal es en verdad uno de los textos que se utilizan en un novísimo programa de alfabetización para adultos que, con auspicio de la Unesco, desarrolla una ONG en la localidad de José C. Paz. El objetivo primario del programa fue, y sigue siendo, sacar de la calle a los chicos cartoneros: para ello, lo primero fue lograr que los padres consiguieran trabajo, a partir de emprendimientos productivos autogestionados. Pero, ¿cómo podrían autogestionarse los que no saben leer? Y éstos son demasiados, muchos más de los que las estadísticas señalan, porque lo recibido en unos pocos, precarios, años de escuela se pierde en décadas de vida en la miseria. El plan de alfabetización tiene ya más de 1100 alumnos, muchos de los cuales se convierten a su vez en maestros. Y, como resultado inesperado, la transmutación de conflictos cotidianos en material de enseñanza “tiene el efecto de mitigar las situaciones de violencia familiar”, comentó un coordinador.
Desde el año pasado, la entidad Alma Mater Indoamericana (AMI) desarrolla emprendimientos productivos –pequeñas fábricas de artículos de limpieza– concretados por padres que ejercían el cartoneo y cuyos chicos pueden así reintegrarse a la escuela y a la vida normal de la infancia. “Pero muchos de estos emprendedores tenían problemas: escribían las direcciones en los remitos con faltas de ortografía y algunas entregas no se podían hacer; no podían registrar bien sus stocks. Claro, no se puede gestionar un emprendimiento sin saber leer y escribir, y así se planteó la necesidad de otra acción”, cuenta Karina González, directora ejecutiva de AMI.
Esa otra acción necesaria era alfabetizar, y así se originó el plan que AMI emprendió, en el marco del Programa de Educación para Todos de Unesco y auspiciado por el Fondo Uno por Ciento para el Desarrollo, de Naciones Unidas. El aprendizaje básico dura un mes –los alumnos no pueden darse el lujo de esperar más para usar la lectoescritura como herramienta de trabajo–, pero tienen la opción de continuar durante dos años y obtener título de nivel secundario. “Preparamos a la gente para que pueda ingresar a la universidad.” Los cursos son de unos 30 alumnos; regularmente, tres o cuatro de ellos se interesan a su vez en trabajar, después, como instructores de nuevos grupos: “A la vez que aprenden, aprenden a enseñar”, observa González.
La enseñanza se imparte en el barrio: en galpones, en casas, iglesias y entidades como la Sociedad de Fomento “La Feria”, que visitó Página/12. “En las dificultades que enfrentan estas personas para leer y escribir, una palabra clave es ‘vergüenza’ –señala Juan Manuel Prieto, uno de los tres coordinadores del grupo–; mucha gente no se anima a escribir porque se avergüenza de sus errores de ortografía; y así la ignorancia se realimenta, en un marco donde la persona no tiene acceso a libros ni a diarios. En esto, los ejercicios que utilizamos ayudan mucho.”
Por ejemplo: “Yo quiero que sepas que siempre podés contar conmigo”: de a dos palabras, el alumno ha escrito esta frase, que ahora lee completa. Pero: “Y yo quiero que sepas que vos nunca vas a contar conmigo, ¡porque mirás el televisor todo el día!”, ha escrito y lee la mujer. “Sí, porque el televisor tiene sonido y forma, grita ‘gol’ y con vos me aburro”, ha escrito él, y lee. “Pero ese aparato no te plancha y no te cocina. ¡Y, para que sepas, yo también grito gol, pero con el vecino!” En la tensión divertida del diálogo –cuyo texto fue previamente generado por alumnos y coordinadores–, todas las caras se iluminan; la vergüenza quedó atrás.
La masa de gente que no lee ni escribe puede permanecer ignorada por las estadísticas porque, más que personas analfabetas, son personas desalfabetizadas: han perdido los conocimientos que, en su niñez, habían empezado a incorporar. “Yo estudié hasta tercer grado, pero después mamá se quedó sola y tuve que ponerme a trabajar con cama adentro –cuenta Sandra–. Mis hijos saben más que yo: ellos me leen lo que el maestro les escribe en el boletín.”
“Yo desde los 12 años trabajé para mantener a mis hermanos y, con el paso del tiempo, uno se olvida de las cosas. Recién ahora que mis hijos van al colegio, agarro los libros, los manuales”, dice Elena.
“Es que las mujeres, por los hijos, tienen más posibilidades de recordar lo que aprendieron –observa Tito–. Yo no terminé la primaria y, desde que dejé, nunca más.”
Delia asiente: “Lo que no sabemos, les preguntamos a nuestros hijos. Mi hija mayor tiene 26 años y el secundario hecho”.
En cuanto al programa de alfabetización, “queremos expandir esto: hay mucha gente analfabeta en José C. Paz y cada uno de nosotros puede cumplir la función de enseñar”, sostiene Teresa, otra alumna.
Es que “acá la mayoría de los chicos van al colegio por recibir un plato con comida”, comenta Delia.
“Hay mucha deserción”, agrega Mónica.
“Y muchos chicos con problemas de crecimiento. Yo trabajo en un centro de salud, y las madres vienen a ofrecerse para limpiar el piso, para hacer cualquier cosa con tal de que les den una caja de leche para el chico”, dice Delia, y el diálogo de los alfabetizandos desemboca en el drama social de su barrio.

“Por favor, necesito...”

“Todos aprenden muy rápido, ponen muchas ganas; les interesa aprender y, quizás sobre todo, poder enseñar a otros”, evalúa Edgar Vizgarra, otro de los coordinadores del grupo de aprendizaje.
“En esta enseñanza no convencional, lúdica, que no esquiva la relación con la vida y los problemas de cada uno, no sólo aprenden a leer y a escribir sino a expresarse oralmente –agrega Lucas Melfi, otro coordinador–. Y esto incide en situaciones familiares cotidianas. Supongamos: una persona, en vez de pedir: ‘Por favor, necesito estar solo’, dice: ‘¡Andate!’; la otra le contesta: “¡Qué te pasa!”, cuando hubiera querido decir: “¿Pero estás bien, te pasa algo...?”
“La dificultad en la expresión lleva las situaciones a un clima agresivo, y la experiencia muestra que estas cuestiones comunicacionales se vinculan con la violencia familiar”, comenta Vizgarra.
Dos de estos tres coordinadores son estudiantes universitarios. El otro (¿qué importa quién?) tiene estudios primarios y trabajó hasta hace un año como cartonero.

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La enseñanza se imparte en el barrio, en lugares como la Sociedad de Fomento “La Feria”.
 
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