UNIVERSIDAD › OPINION

Sangre en la universidad

 Por Javier Lorca

Con su predilección por el color rojo, una crónica amarilla podría haberse titulado como esta columna para narrar lo que pasó el miércoles pasado en el Rectorado de la UBA. El Consejo Superior trataba la compleja situación de la Facultad de Ingeniería. Como se temía una protesta que, se decía, podía derivar en una toma, la sesión se hacía a puertas cerradas. Imposibilitados de entrar, afuera se agolpaban militantes estudiantiles y docentes.
Adentro del edificio, un consejero alumno (un estudiante que ese día terminaba su mandato) empezó a reclamarle al personal de seguridad que lo dejara salir. Quería, era obvio, que se abrieran las puertas para permitir el ingreso de los que estaban afuera. “Esto es privación ilegítima de la libertad, abran ya mismo”, decían sus alaridos. Interrumpió la sesión a los gritos y les reclamó a las autoridades que se le abriera la puerta. El Consejo votó que la sesión seguiría a puertas cerradas. El estudiante se fue y desde la sala volvieron a oírse sus gritos. Después silencio. Y pronto volvió a la sala, desencajado, alzando un brazo que chorreaba sangre. “¿Esto es lo que querían, la sangre de un estudiante? Abran la puerta de Viamonte 430, quiero salir.”
Se fue otra vez y, mucho más alterado, otra vez volvió. Alzaba, ahora, sus dos brazos. Los dos ensangrentados. “Estoy dispuesto a derramar toda mi sangre por la universidad pública”, gritó. Hubo caras azoradas entre los consejeros. Sólo un funcionario intentó, sin éxito, calmarlo. Y otro estudiante lo acompañó cuando se dirigía nuevamente hacia la puerta. Con indiferencia instrumental, el Consejo siguió sesionando normalmente. Aun cuando la puerta se abrió y el consejero salió y volvió a entrar acompañado por los que esperaban afuera. La sesión, pese a lo votado, se hizo con público.
¿Tendría sentido leer esa escena como un relato del carácter simbólico de cualquier norma o acuerdo político? ¿Tendría sentido advertir que aún dentro de la universidad, espacio privilegiado del razonar, la perduración de una regla está subordinada a la potencialidad de los cuerpos? ¿Tendría sentido pensar como a una víctima o un provocador a ese estudiante que sangraba mientras continuaba la sesión (con él mismo incluido)? ¿O determinar si sus heridas se produjeron al forzar una puerta o al romper con premeditación un vidrio? ¿Si se lastimó por accidente o se autoflageló? En cualquier caso, el drama es el mismo. Y es justamente eso (el drama) lo que la universidad, como institución burocrática, demasiadas veces parece no poder concebir. ¿Hay lugar en la universidad para alguna expresión, por ínfima que sea, de la tragedia humana? La UBA reconoce a más de 320 mil alumnos, 20 mil docentes y 10 mil empleados. Pero, ¿reconoce a algún sujeto de carne y hueso?

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