PSICOLOGíA › TRABAJO PSICOANALíTICO CON POBLACIONES DE VILLAS

“Vayan a mi pieza que está ordenada”

“Es necesario ir al territorio que los villeros pudieron armar: la casa, la esquina. Ellos no van a salir a buscarnos, porque tienen miedo y razón en tenerlo”, señala la autora de este trabajo, y relata su experiencia de trabajo, mediante el psicoanálisis, con una familia.

 Por Silvia Sisto *

A partir de la experiencia de trabajo con poblaciones de villas, entiendo que muchas veces es necesario ir al territorio que ellos pudieron armar: la casa, la esquina, el baldío. Ellos no van a salir a buscarnos, básicamente porque tienen miedo y razón en tenerlo. Muchas veces los profesionales cambian, la gente se va, no es de ahí, y ellos se quedan solos una vez más. Si hay algo que los pibes que van a ASE (Acción Social Ecuménica) valoran es nuestra permanencia. Este movimiento de ir hacia el territorio se sustenta en la colaboración de los equipos de salud mental en combinación con otras disciplinas y actores sociales: agentes comunales, enfermeros, religiosos, vecinos. Allí se arma un territorio muy diferente para todos. Hay lugar para jugar diferentes roles.

Hemos observado que el comedor de sus casas es casi una prolongación de sus cuerpos. En el fondo, poder salir... es salir del “comedor” familiar, donde comen y son comidos por furiosas pasiones que los aplastan. Las adicciones, la oralidad. En este momento conduzco el tratamiento de tres chicas pobladoras de villas de emergencia, y hay una recurrencia: les resulta sumamente doloroso mejorar y salir solas de su situación, sin sus hermanos. Me pregunto qué derecho tenemos a despegarlos y realmente pienso que en muchos casos hay que tomar el riesgo, porque la suerte está echada. Si se angustian y llaman, como muchas veces lo hacen, habrá alguna chance. Si no, igual ya no hay nada, sólo el vacío llenado con tóxico o las balas. Entonces, trabajamos para producir, una y otra vez, actos clínicos, que tal vez den lugar a alguna subjetivación, si las balas no actuaron antes. Este es un factor muy difícil de tolerar para todos nosotros. El otro aspecto difícil es soportar que tienen sus recursos, sus linajes y sus goces: no somos conquistadores del territorio del otro.

Paso a relatar una escena que fue casi cinematográfica. Llegamos con el pastor integrante de ASE, como siempre, a la misma hora, a la casilla de una de las familias, y encontramos que el comedor está de-sierto: es que Emma, la madre, empezó a trabajar.

El trabajo es tema de casi todas las reuniones. Una de las últimas empezó con el relato de un episodio entre bandas, con intervención de la policía, y terminó con los clasificados en mano, jugando a buscar trabajo: el Bebe (19 años) les encontraba trabajo a todos, también a mí. En realidad, él y yo éramos los únicos que trabajábamos en ese momento. Fue entonces cuando me preguntaron si era muy difícil estudiar psicología, que cuántos años tardé, que dónde quedaba. La curiosidad se empezaba a hacer presente en transferencia.

La pregunta básica que empezaban a formularse era: ¿qué hay afuera?

Que Emma haya conseguido trabajo es todo un acontecimiento. Para cada hijo, esto tiene una resonancia distinta.

Sin Emma allí, la casa parece más liviana. Los jóvenes están contentos. “Ahora va a poder comprarse ropa”, dice el Bebe, que, un rato antes de nuestra llegada, se tatuó en la espalda un verso en homenaje a un amigo, muerto de leucemia.

El Negro (21 años) también se tatuó hace poco: las iniciales de la hija y un mensaje de amor a su madre. Los tatuajes los hizo un amigo que, como dibuja muy bien y quiere trabajar, se compró las agujas y practica con ellos.

Parecen estar jugando. Me pregunto si, ahora que la madre salió de la casa, ha dado lugar a un espacio potencial de juego, ahora y mediando nuestra presencia: Emma se fue a trabajar y ellos se tatuaron, ordenaron, hicieron limpieza, programan seguir buscando trabajo; jugaron.

La hija mayor (24 años, hija del incesto) dice querer hablar a solas conmigo. El Negro dice: “Vayan a mi pieza que está ordenada”. El Bebe interviene: “No, esa escalera es un lío, que vayan a nuestra pieza que también está ordenada”. Los dos hermanos ofrecen sus espacios más íntimos, y cierto velo está en juego, ya que aclaran que sus piezas están ordenadas; no ofrecen cualquier lugar.

Atravesamos varias cortinas que separan las piezas y llegamos a la única con puerta y llave. En la pieza, ahora consultorio, un grabador ofrece cumbia sin parar. Nos sentamos en la cama y ella empieza su relato: quejas y quejas sobre el lugar que le quedó a ella, ahora que su mamá trabaja; ella tiene que hacer lo que antes hacía su mamá, no puede negarse porque si no, ¿quién lo hace?

Es lo mismo que hace una semana decía Emma, resulta muy impresionante escucharlo ahora de su hija. La posta se pasó sin pausa. Después, cuando vuelvo al comedor, el Negro espera su turno.

Me cuenta de su gran malestar: hace días que está mal, no puede dormir. Sucede que salió sólo y Bruma (16 años), su mujer, quedó enojada; a Belén –la otra– no la vio y se transó a una tercera. Bruma y Belén se enteraron y ahora todo está perdido. “Al final hago lo mismo que mi viejo, es que mi mamá siempre dice que soy igual a él, borracho, infiel, mentiroso, pero yo estoy contento porque, aunque fue por 15 días, a mi vieja la tuve como una reina.” Se refiere a cuando cobró la indemnización, que gastó en pocos días, por la pérdida de un dedo en un accidente laboral (ver nota de Sergio Rodríguez).

Continúa: “Para mí, mi vieja es todo y no quiero que trabaje. Yo tendría que trabajar, pero no sé por qué no puedo”.

Le propongo trabajar sobre esto que dice, y lo invito que lo haga en mi consultorio. Acepta contento, dice que sí pero... –entre desconfiado y asustado—: “¿Toco timbre y salís vos o hay alguna otra persona?”

El Negro no sabe qué hay afuera, le da miedo.

Salimos de la pieza. Ha llegado Emma. En su cara inesperada veo la cara de su hija menor, de 15 años; la cara de ella misma cuando tenía esa edad.

La madre de Emma murió cuando ella tenía cuatro años, y ella fue la mujer de la casa. Su padre y sus dos hermanos la tomaron como la mujer de la casa, incluso para tener sexo con ella. Hasta que, a los 15 años, quedó embarazada y entonces, con ayuda de una hermana, se escapó.

Por eso la hija del incesto es, también, la hija que la salvó.

Emma, al volver de trabajar, está espléndida, erotizada, con cansancio de cuerpo feliz. Se ha bañado y se recuesta en un viejo sillón, se envanece de sí. El cuerpo y el cansancio se han articulado con relación al trabajo. Otras veces su mirada es esquiva, con desconfianza, tristeza y furia. Es difícil escucharla, puede resultar insoportable. En el trabajo se lesionó un pie. Cuenta que ese pie se lo esguinzó de chiquita, que siempre estuvo “resentido”.

En todo caso, creo que la marca y la diferencia se instalaron en la casa, propiciadas por el contexto que se armó en la ausencia de la madre: un espacio para hablar en privado y otro en grupo. Esto fue hecho posible por nuestra intervención en territorio, por el hecho de haber ido nosotros allí.

Adentro y quizás afuera, la “o”, disyuntiva, de la exclusión empieza a ser reemplazada por la “y”, que no nos permite valorar la cultura que ellos portan y no pretender desarraigarlos de lo que han construido. Esta es la política del pastor, con quien trabajamos en ASE, y es también la posición del Equipo de Sacerdotes de Villas de Emergencia, que van a vivir a territorio y en sus documentos valoran la cultura villera.

Trabajar en territorio, con todos los dispositivos que podamos crear, creo que es una apuesta desafiante y muy estimulante, que las políticas de salud no suelen contemplar: tendremos que argumentar para que esto sea tomado en cuenta. Es cierto que entraña una gran dificultad para los equipos, ya que a todos nos cuesta salir de nuestro territorio, seguro y conocido. Y no se trata de ir al territorio de ellos para sacarlos de allí, sino para escucharlos. Tampoco se trata de ir con ideas endulzadas o amorosas; esto sólo expondría más a nuestros jóvenes. Porque los territorios se defienden con guerras.

* Psicoanalista, miembro del equipo de ASE (Acción Social Ecuménica) y supervisora externa en salud mental de Moreno. Texto extractado de un trabajo presentado en las IX Jornadas de Salud Mental del Municipio de Moreno, 23 de octubre de 2010.

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Imagen: Pablo Piovano
 
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