PSICOLOGíA › EL ARTE Y EL DESTINO

“Mi pintura es un accidente”

 Por Gabriel Lombardi

Tal vez los hechos afortunados sean más frecuentes de lo que advertimos. Picasso decía: “Yo no busco, encuentro”. La diferencia entre el artista y el hombre común no está sólo en el talento o en la técnica, sino también en la selección, en el tamizado, mucho más estricto en el hombre vulgar que en el artista o el científico que permiten emerger, del inconsciente, el genio dormido. En lo que ocurre por casualidad, y no en un momento ya previsto, el ser hablante encuentra su oportunidad al mismo tiempo esencial y existencial. Cuando un hecho fortuito realiza una preferencia suya sin la intervención aparente de su iniciativa, resulta sin embargo implicado en una elección que sólo desde una perspectiva exterior parece forzada e inoportuna: desde otro punto de vista ese accidente, ese trauma, ha sido una oportunidad vital de salir de la programación social ejercida a través de la educación y de la represión, que restringen la realidad psíquica a la del discurso común. El pintor Francis Bacon habló de “ese accidente que uno decide preservar”.

Bacon es conocido por su modo peculiar de explorar una zona de forma orgánica que se relaciona con la imagen clásica del cuerpo humano, pero distorsionándola por completo. Allí el rostro se hace carne. La pintura del siglo XX encontró en esa zona sus expresiones más fuertes. En una serie de entrevistas de David Sylvester, Bacon explica su experiencia de esa zona, confesando este recurso que conocemos y desconocemos, el de la complicidad con el azar: “Si uno pudiese explicar su pintura, estaría explicando el inconsciente. No se puede explicar el inconsciente. La pintura sólo capta el misterio de la realidad si el pintor no sabe cómo hacerla”.

El neurótico, que es un sin-nombre, busca y no encuentra, y cuando encuentra, le resulta moralmente traumático, rechaza ese horror que lo sedujo, lo reprime, no admite lo que encontró; no es digno de encontrar, de elegir. Francis Bacon no se comporta como un neurótico: el azar le permite encontrar lo deseado y él firma en nombre propio ese hallazgo. Sella así, cada vez, su pacto con el destino, ese ineluctable que sólo se realiza accidentalmente. El destino, decía Heidegger, es una latencia, una permanencia enigmática que se expresa en lo súbito, en lo abrupto, en lo no previsto. El destino es sin manual. Bacon prosigue: “Las articulaciones de las formas que surgen por azar parecen más orgánicas y parecen funcionar más inevitablemente, surgen sin que nada interfiera”.

Bacon confía en el azar: “Toda la pintura es para mí un accidente, y a medida que me hago más viejo, más aún. Casi nunca la realizo como la preveo. Utilizo pinceles muy gruesos, y tal como trabajo no sé en realidad muchas veces en qué acabará. Cuando, hace unos días, intentaba desesperadamente pintar aquella cabeza de una persona concreta, utilicé un pincel grueso y mucha pintura y la apliqué con gran libertad, no sabía al final lo que estaba haciendo y de pronto sonó un clic, y se convirtió exactamente en algo parecido a la imagen que yo intentaba reflejar. Pero no por voluntad consciente, no tenía nada que ver con la ilustración. Aún no se ha analizado por qué esta forma particular de pintura resulta más penetrante que la ilustración. Supongo que se debe a que vive por sí misma, como la imagen que uno trata de atrapar”.

Ese accidente que uno decide preservar, en el caso del artista realiza un destino; en el del neurótico lo congela, lo demora, lo deja en espera sufriente. En lugar de firmar el hecho, el neurótico ni siquiera lo cuenta, lo guarda para sí, lo reprime, lo olvida, lo adorna y camufla con fantasías. El hecho existió, acaso no fue tan grave, pero quedó cristalizado como núcleo generador de esa ficción privada, la fantasía, que fija la posición del neurótico en el deseo: inhibido, irresoluto, postergado.

En lo accidental, en lo traumático del encuentro con el deseo sexual, el ser hablante encuentra la oportunidad de elegir, que es su facultad éticamente primordial, usualmente restringida por las rutinas y subrutinas de la vida y de las prácticas. El azar, como garante del fuera de cálculo, personifica ese instante de elección en el que se puede sacudir la repetición automática. Lo fortuito es entonces incitación y acaso consumación de un acto, el de consentir o rechazar pulsionalmente: tomar posición en momentos en que la experiencia se ha estancado.

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