SOCIEDAD › HISTORIAS DE PESCADORES EN MAR DEL PLATA

Vivir a la pesca

Está el que trabaja hace 52 años y no sabe nadar, porque le tiene miedo al agua. Está el que lo hace en familia. Y el que se mete solo mar adentro. Están los que apenas sobreviven y están los jóvenes, que ya le van esquivando al oficio.

 Por Soledad Vallejos

Desde Mar del Plata

El comienzo de la mañana fue tan ventoso que las lanchas amarillas no pudieron dejar el puerto. Por eso, aunque recién deberían haber empezado a volver con su carga, algunos hombres aprovechan las horas libres del mar para remendar redes, controlar maderas, apuntalar motores. Prácticamente no hay uno que no peine canas, pero aun así calzan las botas de goma, señal inconfundible de estar en plena faena y de mantener el contacto cotidiano con el agua. Pescador se es todo el día, toda la vida, dice Dante Vitiello, a sabiendas de que, aun cuando en este momento vista de civil y lleve zapatos, el mar no lo deja nunca. “En la lancha –agrega– trabajan padre, hijos, sobrinos. Es una sociedad de dos, de tres, que también están en la tripulación”, porque la vida del agua exige lealtades y una familia dispuesta a aprender el oficio artesanal, o a respetarlo aun cuando por azar o elección no toque practicarlo.

Porque anoche hubo tormenta a cientos de kilómetros, el viento en Mar del Plata no para. Quizás por lo inestable del clima, por el riesgo de que de buenas a primeras arrecie una tormenta y la playa se vuelva caótica, a la Banquina Chica van llegando familias de paseo, maravilladas por la oportunísima aparición de algún lobo marino con aires de diva, muertas de curiosidad al pasar junto a las “lanchitas”. Antes, dicen calles arriba, en el barrio Puerto, visitar la banquina era una tradición que nadie, fuera turista o local, descuidaba. Ahora, en cambio, la concurrencia de profanos suele ralear, con una excepción que se despliega cada año durante las dos últimas semanas de enero, cuando la Fiesta Nacional de los Pescadores (la XXVIII comenzó la semana pasada y terminará el 30) se vuelve tentación a fuerza de bocados marinos deliciosos a precios populares (ver aparte), números artísticos, ambiente innegablemente marino y elección televisada de la chica que, durante lo que resta del año, será Reina Nacional de los Pescadores.

Descender de los barcos

Los apellidos son italianos, los nombres de las lanchas amarillas, en su mayoría también, y algunas combinan ese homenaje a la tierra lejana con la reverencia familiar o la religiosa. Un lobo marino retoza aprovechando la calma del agua; desde el banco, en la orilla de la entrada al puerto, se ve descansar a las pequeñas barcas: “Mama Rosa”, “Don Nino siempre con nosotros”, “La Pascuala”, “Sigue valiente”... “Aquella, la Roma, es la lancha mía”, indica Dante con una voz fuerte en la que todavía resuena el pueblito napolitano desde el que llegó hace 51 años. Tenía 19 y hambre de trabajo. Ahora tiene 70, rasgos de galán de Visconti, y ríe cuando recuerda que llegó sin tener ni idea del mar, los peces, las redes, los amaneceres embarcados.

“Nosotros en Italia éramos campesinos –dice–. Después de la Primera Guerra, las cosas habían mejorado, pero la Segunda fue un flagelo. Nosotros éramos siete hermanos; una familia chica, si se piensa que mi abuelo había tenido 23 hijos, entre el primero y el último se llevaban 30 años. El primer hermano de mi padre estuvo en la Primera Guerra Mundial: en el ’16, ’17, fue al frente ruso. No volvió. El último había nacido en 1927.” Los que habían quedado y formado sus familias, lejos como estaban de la costa de Nápoles, sabían trabajar la tierra, que podía ser una bendición o un camino sin salida, de acuerdo con la marcha del mundo. Y a fines de la década del ’50 el campo no se recuperaba, el sur de Italia sufría la posguerra todavía más que el norte. El hambre apretaba. “Argentina buscaba pescadores, carpinteros... A mí me gustaba el mar. No conocía lo que era vivir del mar. Conocía de ir a la playa nada más, de pescar nada.” Pero dejó Torre del Greco y se vino igual, con uno de sus hermanos menores. Llegó en abril de 1959, trabajó un tiempo haciendo cajones de madera, “y en septiembre ya estaba pescando”. Al cambio actual, calcula, “yo estaría ganando 400 pesos por quincena, y mi hermano, que ya sabía algo, unos mil. Hasta hoy hago este oficio. Estamos en 2010”.

Hace poco menos de treinta años, después de mucho tiempo de marino y otro tanto asociado con un paisano, compró “la Roma”, la lanchita con la que, cuando el viento no arrecia como hoy, deja el puerto a las cinco de la mañana, para volver cerca de las diez, descargar, limpiar y acomodar todo para el día siguiente. Aun cuando las embarcaciones parezcan rebasar en el amarradero, Dante insiste con que algo ha cambiado definitiva y radicalmente de un tiempo a esta parte. “Cuando empecé, había 200 lanchitas. Ahora son 35. Como la ganancia es poca, los viejos pescadores se van jubilando, su lancha se vendió, por ahí el que la compró la deja al poco tiempo. No hay continuidad en las generaciones. Alguien con señora y dos hijos no puede mantener a la familia con lo que saca. Los viejos cómo éste –dice señalando a un colega que debe rondar su edad– nomás pueden trabajar. El trabaja con sus hijos, que pueden vivir de esto porque el padre es dueño de la lancha y está jubilado. Pero un muchacho ya no puede, por eso se van a trabajar en los barcos.”

Lo dice con resignación, señalando los barcos altos, imponentes ante el marcito de lanchas amarillas como la ballena ante Jasón. Y es que las reglas del comercio internacional, del mundo con una economía global, cambiaron el juego local: sólo los grandes barcos tienen permisos legales para internarse mar adentro, donde se pescan las especies más codiciadas. Las barcas tradicionales, en lo legal por cuestiones de seguridad, no pueden alejarse a más de 15 millas de la costa, “y no hay nada más que agua”.

Historias de familia

La abuela de Lorena García es italiana, su familia es de pescadores, y por eso para ellos, como para los parientes de otros chicos y chicas de entre 20 y 30 que rondan la Banquina Chica, es un orgullo que ella ahora trabaje en la organización de la Fiesta Nacional. Es que la fiesta, para quienes viven del puerto, es la ocasión de celebrarse a sí mismos entre amigos, pero también de hacerse ver por el resto de la ciudad, y también ante el país. “Mi abuela traía a mi mamá, mi mamá me traía a mí... venir al puerto de paseo siempre fue una tradición, y venir a la fiesta de los pescadores todavía más.”

La celebración había empezado hacía tantos años que nadie recuerda una fecha. Y es que el puerto de Mar del Plata, que se fundó bastante antes de su inauguración oficial, en 1922, se dedica a la pesca desde siempre. Y con los pescadores había llegado el festejo anual. Desde 1982 es reconocido como Fiesta Nacional, con su consecuente incorporación al calendario oficial de eventos, pero “antes ya se hacía qué sé yo desde cuándo”. Lorena, desde la oficina de la Sociedad de Patrones Pescadores (de quienes depende la Fiesta), había contado lo mismo un rato antes: “Se hacía al aire libre, veníamos todos siempre. Vivo en el Barrio Puerto, que es el de los pescadores, y acá estaban todos mis conocidos, mis amigos. Y te sentabas en las mesas largas de la cantina y charlabas horas. Después fue creciendo, y desde que es Fiesta Nacional empezaron a venir muchos turistas”. Tantos que el año pasado unas quince mil personas pasaron por la inmensa carpa blanca que alberga la cantina típica con platazos a precios módicos, algunos stands de souvenirs y todavía la multitud de mesas largas (para 10, 20 comensales) que vienen acompañados de números musicales diferentes cada noche. “Hay que acercar la gente al puerto”, es la consigna de Lorena García, que para ello lleva con mano de hierro la agenda de ensayos de los cuerpos de baile, el entrenamiento de las chicas que se anotaron para concursar por la corona de más linda y también sigue de cerca las gestiones para que la celebrity elegida como padrino o madrina del año (esta temporada lo fue Nito Artaza, el año pasado el ciclista olímpico Juan Curuchet, y antes Iliana Calabró, “que venía y repartía cornalitos entre la gente”) pueda sumarse lo más posible a los eventos.

En el puerto, los profanos, lejos de molestar, son recibidos con simpatía. A las fotos para recordar las vacaciones, la algarabía por verlos en sus lanchas, el deslumbramiento por las redes, los canastos y las rutinas, responden con una sonrisa, o como mucho una mirada de profesional reconcentrado en su labor; no hay hostilidad ni hastío. Dante explica que el festejo con sus concurrentes, como las visitas que desconocen la vida cotidiana del puerto, son motivo de alegría. Que se llena de orgullo cuando ve llegar gente. “Antes creo que venían más turistas a ver el puerto, pero con la Fiesta siempre llegan muchos más. Es bueno para nosotros.”

El discreto encanto de pescar

No hay viento capaz de despejar el olor eterno y penetrante del puerto. Se mezclan las variedades de pescados, los mariscos, los lobos marinos. El olor a puerto es, sencillamente, tan indescriptible y profundo como la mística de Dante cuando mira el agua turbia que sube a la Banquina Chica porque el mar está crecido y recuerda a algunos compañeros que desaparecieron con lancha y todo. Es cuestión, dice, de tener cuidado. “Pero es como estar en un avión, uno quiere que el viaje termine y pisar tierra. ¿En el agua cómo se hace? Un barco se pierde y no se sabe. ¿Cómo pasó? ¿Fue una mala maniobra? ¿Un temporal? ¿Falló la bomba? ¿Chocó con una ballena?” Sea lo que fuere, asegura, pasará lo que tenga que pasar cuando sea el momento. Por las dudas, él tiene cuidado. “Van a hacer 52 años que pesco. No sé nadar, le tengo terror al agua.”

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Dante Vitiello, un emblema del pescador artesanal, ese que se mete solo con la lancha al mar.
Imagen: Leandro Teysseire
 
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