SOCIEDAD › COMO ES LA VIDA EN CONCEPCION, EN MEDIO DE LA DESTRUCCION Y EL ESTRICTO TOQUE DE QUEDA

Una ciudad que funciona sólo seis horas por día

Faltan la luz, el agua y hay que hacer siete horas de cola para cargar combustible. Además de los militares y carabineros, están los vecinos que se arman para hacer guardia. La limpieza tras el sismo y el tsunami; todo en medio de la angustia que no cesa.

 Por Emilio Ruchansky

Desde Concepción

Los trabajos de remoción y limpieza de escombros sólo pueden hacerse entre las 12 y las 18, cuando no rige el toque de queda.
Imagen: AFP.

La terminal de micros de Concepción anticipa el caos venidero. No queda lejos de esta ciudad castigada por el terremoto, pero más conocida por los saqueos. Como dicen acá: “La gente prende con agua”. Si uno entra a robar, enseguida van todos detrás. Pero ahora el ejército está en todas partes, al costado de cada micro, cerca de las boleterías y en la oficina de encomiendas. La gente lo ignora en su prisa por seguir camino en una ciudad que sólo funciona de 12 a 18. El resto se lo come el toque de queda. Más de la mitad de la población está sin agua y son unos pocos los privilegiados que tienen luz.

En una pequeña plaza cerca de la terminal, donde paran autos y algunos colectivos que van al centro, Alvaro Abasca espera a su mujer dentro de la camioneta. “Estamos esperando una encomienda para llevarle a unos familiares que viven en Talcahuano”, dice el hombre de unos 50 años. “Están todos a las piñas, es atroz, acompáñame, te pido”, ruega su mujer. Al rato vuelven juntos con una pesada caja que llegó de Temuco con medicamentos y comida. Ambos se ofrecen a llevar a este cronista hasta Talcahuano, donde visitarán a una sobrina que la está pasando mal, no tanto por el terremoto, sino por el tsunami que vino después y que los militares no supieron alertar, teniendo las certezas para hacerlo.

En el camino, Abasca cuenta que trabaja como capataz de barcos pesqueros y que gracias a ello tiene combustible (la empresa Pesquera del Gofo lo autorizó a tomar el de los barcos). Primero deberán pasar por su casa, en un barrio cerrado llamado Vilomanqui. En la entrada hay una barricada con jóvenes que portan planillas y saludan afectuosamente al conductor. “Anótame con un turno de guardia a las 21”, les dice el hombre. Luego explica que los guardias de seguridad se fueron a ver a sus familias. “Desde que pasó esto del pillaje y los saqueos –agrega–, nos organizamos para vigilar, con palos y armas. Tratamos de que los más jóvenes no estén por la noche, se cabrean y no hay forma de controlarlos.”

La seguridad es tan prioritaria como la comida, el agua o la luz. Para Abasca, los militares no están para tomar el poder, sólo para dar seguridad; jura que el pillaje no es exclusivo de los pobres, muchos de los que robaban supermercados y los quemaron después eran de clase media. “Igual, esto del toque de queda largo es un disparate, no hay forma de reconstruir este lugar así”, asegura el hombre, nuevamente en camino a Talcahuano. Dice que acaba de comprar una oficina en un edificio nuevo, el O’Higgins, de 21 pisos. El edificio deberá ser derrumbado. Los pisos 11, 12 y 13 se aplastaron entre sí y si se mantiene en pie es por esas rarezas que no entienden de lógica alguna. “Los edificios viejos fueron los únicos que no cayeron y no fue casualidad”, dice.

Al costado de la avenida se ven colas enormes para conseguir bolsas de comida que se reparten en los estacionamientos de los supermercados saqueados. Hay cantidad de fachadas caídas, que dejan desnudas las habitaciones, los comedores bien decorados y los baños. Los autos pasan abollados, otros van cargados de mercadería. A cada instante hay “un taco”, una congestión de tránsito generada por las kilométricas colas para conseguir combustible para los autos. Los conductores apagan el motor y se los ve empujando los vehículos llevándolos por la puerta. Puede tomar siete horas conseguir combustible. Las grietas sobre el pavimento son, honestamente, algo escalofriante. También andan los carros militares por esta avenida, con cuatro uniformados repartidos a los costados y apuntando con ametralladoras. Ya mataron, según este patrón de pesca, a más de cinco personas.

Talcahuano es una ciudad que casi no se distingue de Concepción. Están unidas por esta larga avenida y la primera funciona como puerto de la segunda, como Santos y San Pablo en Brasil. Tanto en el barrio cerrado como en las villas más pobres, la gente se reparte la comida y se ayuda mutuamente. Los saqueos generaron una especie de trueque, porque nada puede hacerse con diez bolsas de harina o la misma cantidad de botellas de aceite. También en los barrios pobres se armaron barricadas y rondas nocturnas para prevenir los robos. Del centro se encargan carabineros y militares, al no haber luz tampoco hay alarmas.

Rodeados de lodo, basura, algas, pescados y con un profundo olor a podrido, los habitantes de Talcahuano siguen limpiando sus casas de madera y material. La sobrina de Abasca, Jacquelina Sanhueza, junta el lodo en una carretilla y lo tira en un montículo cercano. “El agua entró casi un metro y medio, ahí está la mancha en la pared que lo comprueba. Cuando bajó, dejó como 40 centímetros de este lodo asqueroso, que es del fondo del canal”, cuenta la mujer. Su hijo, Rodrigo Lozano, pide que lo acompañen a ver los barcos que trajo el tsunami. La imagen parece de otro mundo, del cine: una barcaza se llama Dichato, una ciudad puerto que está a 40 kilómetros, hay acoplados de camiones dados vueltas, rodeados de colchones y sillones en medio de la calle. En un paredón alguien escribió: “SOS, agua y comida”.

Entre las calles se ven dos cisternas que reparten agua y algunos barrenderos. Los vecinos limpian sus muebles y se deshacen de electrodomésticos inservibles. En las rejas cuelgan ropa, sábanas y acolchados bajo el sol caliente del mediodía. Por suerte no llovió desde el sábado. Los jardines están llenos de algas que se posan sobre las ligustrinas, las gaviotas merodean entre las casas en busca de los pescados y esos cangrejos que acá llaman “pancoras” y que encallaron tierra adentro. Los montículos de lodo se juntan en cada puerta, mezclados con la basura que aún no se recolectó.

El agua rompió los vidrios de la mayoría de estas casas de techos a dos aguas, hay una que se partió a la mitad. “Hubo una segunda marejada y, por suerte, no salimos porque nos hubiera agarrado”, dice Rodrigo Lozano. Su madre recibe la caja y pide cigarrillos, al igual que su hijo. Nadie en el barrio tiene luz ni agua, no llegaron aún los inspectores. Los pastelones, unas capas de concreto que sirven de calle, se superponen entre ellos. Son la muestra más visible del terremoto, del resto se encargó el tsunami.

A lo lejos se ven más barricadas. Los barrios se fueron cerrando y forman pequeñas comunidades. “No me dejan entrar ni a mí, que me conocen de toda la vida”, asegura la mujer. Al ser consultada sobre los muertos, sólo atina a contar a los conocidos: son casi más de una decena. De los desaparecidos, ni noticias. Aún no llegaron los buzos a revisar el fondo de esta bahía que precede al mar. En medio del lodo crecen unas flores naranjas, que parecen margaritas. Jacquelina Sanhueza se admira de que hubieran sobrevivido y se las vea tan espléndidas. “Puede haber belleza en medio tanta miseria, ¿verdad?”, dice sonriente.

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