SOCIEDAD › SE ESTRENO LA POLICIA DE PREVENCION BARRIAL EN RETIRO

Una experiencia en la Villa 31

Patrullan en tríos y siguen una doctrina de conocer y entender a los vecinos, buscando llevar servicios del Estado a un barrio hasta ahora negado. La mediación de la violencia y cómo se trata a los adictos.

 Por Sergio Sánchez

Hay interrogantes que se discuten en las asambleas: ¿Por qué la villa se presenta como un mundo extraño? ¿Quiénes tienen derecho a recibir seguridad y servicios básicos? ¿Cómo recomponer la imagen negativa de la policía? En esa sintonía, el Ministerio de Seguridad largó a las calles de la Villa 31 Bis una fuerza que intenta un cambio de paradigma. Se trata de la Policía de Prevención Barrial, una división de la Policía Federal que intenta un mayor involucramiento con los vecinos del barrio y los problemas de fondo que desencadenan el delito. Según explican desde el ministerio, el objetivo es “intervenir en las instancias tempranas del conflicto para que no escale en violencia en barrios vulnerables o de complejidad”. Página/12 realizó una recorrida por los pasillos de la villa para ver en la práctica esta nueva metodología de seguridad.

La fuerza fue bien recibida, aunque la policía es el otro, el ajeno, el que no forma parte de la vida social de la villa, un eje que el ministerio encabezado por Nilda Garré quiere romper. Que el vecino “recupere el vínculo de confianza” con la policía, una institución muchas veces discutida por el abuso de poder en los sectores más vulnerables. Por lo pronto, los referentes barriales son otros. Y eso se ve en las paredes multicolores y en los negocios al paso que conforman el paisaje de la villa. La fe y la confianza se depositan en otros lados. Por ejemplo, en la figura de Carlos Mugica, el cura asesinado por la Triple A en 1974 cuyos restos descansan en el corazón de la villa.

Son varios los factores que delatan, hasta ahora, la ausencia estatal. El barro en las calles, por ejemplo, habla de desagües< inexistentes o precarios. En cuanto a las condiciones de higiene, en la zona céntrica de la villa los vecinos depositan los residuos en una suerte de playón y dos o tres veces por día el Ceamse recoge las bolsas.

Son profundos y complejos los problemas que debe afrontar a diario esta histórica zona de Retiro. Los policías cuentan, con naturalidad, que tienen que lidiar con pibes desorbitados por el paco, tráfico de drogas y otros tantos problemas. “Ayer a un hombre le secuestramos un arma de un calibre mayor que el que usamos nosotros”, cuenta un oficial, mientras señala un largo y oscuro tramo conocido como “el pasillo del narco”. Según explican desde la cartera de Garré, la idea es que el Estado recupere el espacio público apropiado por las mafias. Es que los principales consumidores del paco y las víctimas del delito son los habitantes de la villa, casi siempre olvidados por la órbita estatal. En contrapartida, el diseño y la identificación de las necesidades surgieron de mesas barriales de participación comunitaria de seguridad. El nuevo cuerpo de policías es una pata más del Operativo Cinturón Sur impulsado en agosto de año pasado, que desplegó 2500 efectivos de Gendarmería y de Prefectura en jurisdicciones de seis comisarías de la zona sur de la Ciudad.

Con el frío de la noche del viernes eran pocas las personas que caminaban por los pasillos. Los más jóvenes son los únicos que le hacían honor al viernes escuchando cumbia y reggaeton a todo volumen por los parlantes de un auto o tomando algo en un bar. Otros prefieren entrar en calor en las canchitas públicas por el barrio. “Los fines de semana se arman campeonatos largos. Son muy habilidosos los pibes”, dice el inspector Daniel Ferreyra, aunque las canchas suelen ser un “lugar de conflicto”. En el centro de la villa se huele la variedad de comidas que forman parte de la idiosincrasia y la identidad de la 31, donde conviven familias del interior y Bolivia, Perú y Paraguay.

El nuevo cuerpo de policía apunta a abrir el espectro y cambiar la mirada sobre el entramado del delito con un perfil de policía que ponga en primer plano el diálogo y participación con el barrio y sus actores. Una particularidad es que se patrulla en grupos de a tres, los llamados trinomios. “Es por una cuestión táctica”, dice Elías Matzschke Brull, asesor del secretario de Coordinación, Planeamiento y Formación, Gustavo Palmieri. Y amplía: “Cuando son tres, uno puede cuidar a la persona, otro lo protege y otro asegura la zona. La policía tiene más arraigada la práctica de las comisarías: el agente está parado en una esquina, camina en esas cuadras, conoce a los vecinos, pero no trabaja en equipo. Distinto es el trabajo del cuerpo, tiene que trabajar en equipo y conocer al otro, con el objetivo de realizar un mejor servicio y brindar seguridad donde no había”.

“Entendemos al consumidor como un enfermo, no como un criminal”, dice un oficial. “Si el chico está tirado en el piso drogado, entra en vigencia la ley 114, con intervención del Gobierno de la Ciudad. Eso hace que venga la ambulancia del SAME y el médico determina las circunstancias de su traslado”, explica el inspector Ferreyra. “Tiene dos caminos: darles intervención a menores incapaces o el traslado hacia la familia”. La coparticipación con el SAME, por ejemplo, es una de las prioridades del cuerpo de policías integrado por 203 efectivos.

Para Ferreyra, el “profesionalismo” no sólo implica “conocer la ley de manera fidedigna y hacerla cumplir”, sino también “darles seguridad a los vecinos y los menores desprotegidos. No-sotros estamos cambiando una formación de trabajo y estamos compenetrados con la problemática social. Y para ello damos la asistencia médica y la contención social”. Se trata de políticas de Estado que se extenderán a toda la fuerza.

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Imagen: Rolando Andrade
 
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