SOCIEDAD › A UN MES DEL DESASTRE EN LA PLATA, DOS FAMILIAS QUE PERDIERON TODO

Lo que dejó el agua

Los Villalva viven en distintas casas de Villa Elvira, pero todas quedaron destrozadas. A Gabriel Mendoza le fue peor, murieron sus dos abuelos y un hermano. Unos y otros cuentan cómo sobreviven.

Desde La Plata

El matrimonio Villalva, del barrio Villa Elvira, uno de los más castigados por el desborde del arroyo Maldonado.
Imagen: Pablo Piovano.

En Villa Elvira, a un mes de ocurrida, la inundación sigue presente en el ánimo de los vecinos, por el tendal de muertos, por las secuelas en viviendas precarias que hoy están devastadas. “El agua se llevó hasta la intemperie”, bromea uno de los miembros de la familia Villalva. Con ellos, el agua fue equitativa: aunque viven en distintas casas del mismo barrio, todos recibieron su cuota de desgracia. A pesar de todo, dicen ser “afortunados” porque perdieron “bienes materiales, no muchos, pero importantes para nosotros que tenemos poco y nada, pero por suerte no tuvimos tragedias”, dice don Iginio Villalva, en referencia a que no lloran la muerte de ningún familiar. A pocas cuadras de allí, Gabriel Mendoza (23 años) vivía rodeado de parientes. Tres de ellos, un hermano y sus dos abuelos, todos nacidos en Paraguay, murieron bajo el torrente de agua que “tapó las casas hasta el techo”. Dicen los vecinos que Cristian David Mendoza Benítez (18), el hermano de Gabriel, que había llegado hacía tres meses a la Argentina para estudiar y trabajar, retuvo hasta último momento a Edgardo Mendoza, uno de sus tíos, tomándolo de la mano. El tío se salvó, pero el torrente desbordado del arroyo Maldonado se llevó a Cristian. Su cuerpo fue repatriado al Paraguay por su padre, Hugo Gilberto Mendoza Garay.

Aunque lo habían llevado a la Morgue Judicial y figuraba entre los 52 muertos reconocidos por el gobierno bonaerense, su familia tardó unos días en recuperar el cuerpo de Cristian porque figuraba con otro nombre, Máximo Mendoza Benítez. En esa zona de Villa Elisa, en algunas manzanas se habla en guaraní, en otras en aymara. Son muchos los paraguayos y bolivianos que habitan cerca de las márgenes del arroyo Maldonado de La Plata, que en su recorrido de ocho kilómetros atraviesa barriadas pobres que fueron arrasadas por las aguas, en la tarde noche del 2 de abril. El Maldonado desemboca en el río Santiago, tributario a su vez del Río de la Plata.

Los Mendoza son de Caaguazú, población cercana a Asunción del Paraguay. “Yo llegué a la Argentina en 1993. Mi hermano se había venido en enero, para trabajar, pero como también quería estudiar, estaba por inscribirse en la Universidad de La Plata.” Gabriel es estudiante de Arquitectura, mientras que su hermano pensaba seguir la carrera de Administración de Empresas. Hugo, el padre de Cristian, había viajado un par de veces a la Argentina, para ayudar a su hijo en lo que se refiere a los trámites para revalidar el título secundario obtenido en Paraguay. Hugo vivió 15 años en La Plata y después se volvió a su tierra. Los dos hermanos, aunque humildes, buscaban juntos un destino mejor. La mayoría de los inmigrantes que viven en esta zona de Villa Elvira, en la calle 6 y 92, y alrededores, son albañiles que construyen casas sólidas para otros, mientras ellos subsisten en viviendas precarias de madera y chapa.

El 2 de abril, en Villa Elvira la lluvia empezó cerca de las siete de la tarde y para las nueve, el Maldonado alardeaba ser el Río de la Plata. Los vecinos cuentan que en la casa de los Mendoza, el agua estaba a treinta centímetros del techo. Algunos miembros de la familia habían logrado escapar a tiempo. Cristian, su tío Edgardo y sus abuelos, Fernando Mendoza y Feliciana Garay Ruiz, tuvieron que subirse al techo de la casa. Para Fernando fue más dificultoso que para nadie. Vino a la Argentina para hacerse atender de su diabetes en el hospital público. Le habían amputado parte de un pie. Dicen que estaba acostado sobre el techo, agotado por el esfuerzo realizado. El agua nunca llegó al techo, fue el techo el que se derrumbó, junto con las paredes. De la casa sólo quedó fijado al piso, por unos días, el inodoro.

Cristian hizo esfuerzos para tratar de salvar a sus abuelos, pero no pudo. Sólo llegó a tomar de un brazo a su tío Edgardo, el único sobreviviente. Afirman que Cristian pensó en sus parientes, nunca en él. La correntada se lo llevó y no pudo aferrarse a ninguno de los troncos o palos de la luz que flotaban o que seguían aferrados al piso. “Se fue junto con la casa”, dice Gabriel en su diálogo con Página/12. “Perdimos todo, ahora yo estoy viviendo en casa de un amigo. Nos han venido a ver de Presidencia y del Ministerio de Acción Social de la Nación, de la Municipalidad de La Plata no hemos recibido nada hasta ahora”, afirma Gabriel.

Para llegar a Villa Elvira en auto, hay que seguir por la calle 13, la única asfaltada. En todas las otras que superan la línea de la calle 90, el asfalto es un bien que se va perdiendo de a poco, hasta que todo es tierra y barro, después de una lluvia, como cuando este diario recorrió la zona. Rosana Larrea, sobrina de los abuelos de Cristian Mendoza y prima del chico fallecido, vivía con sus hijos en una casilla de 93 y 6. Lo perdió todo, hasta la máquina de cera que le costó 600 pesos. Rosana es depiladora. Vive de su trabajo y de la asignación por hijo. “Lo que perdimos en la casa y la casa, se olvidó cuando supimos lo ocurrido con mis tíos y mi primo.” Igual piensa que sus tíos eran muy cabezas duras. Vivían muy cerca de la orilla del Maldonado. “Eran mis padrinos”, cuenta a media voz.

Rosana, nacida en Argentina, recuerda que el día siguiente a la inundación a un vecino lo picó una araña y que había “bichos de todo tipo” que se pegaban en el cuerpo de sus dos hijos más chicos. Estaban lamentándose por la situación, cuando llegó su hermano gritando que había encontrado muerto a su tío Fernando Mendoza. Lo reconocieron enseguida, aunque estaba boca abajo. Tenía puesta la campera verde de siempre. “Y pensar que vino acá porque la atención en los hospitales es mejor que en Paraguay.” Tiene palabras emocionadas, por la muerte de su tía Feliciana, a la que ella llamaba Marlene, como si fuera una estrella de Hollywood. Ahora sólo recuerda los tres cuerpos que tuvieron que reconocer. Su primo Cristian, según comentaban los bomberos que lo encontraron, había quedado amarrado a un palo de la luz. “Se le enredaron los cordones de las zapatillas y no pudo nadar” para sobrevivir.

Los Villalva

Iginio Villalva (“sin hache y con ‘v’ corta las dos veces”, aclara, es argentino, nacido en Santa Fe. “Nos vinimos hace 16 años. Nos salvamos de la inundación del 2003 en mi ciudad natal porque estábamos acá, pero ahora nos tocó a nosotros.” Desde que viven en Villa Elvira se han inundado cuatro veces, “pero nunca como ahora”, asegura. Frente al kiosco que tienen, o que tenían, porque la mercadería se la llevó el agua, hay un cañaveral enorme que confirma la presencia de un zanjón que desagota en el Maldonado. “Acá pasó algo más que una lluvia fuerte, acá hubo alguna compuerta que debía estar abierta, o cerrada, vaya una a saber, porque el agua subió en un ratito y nos tapó las casas a todos.” En 2008, de todos modos, el agua había llegado a más de medio metro en algunas zonas de Villa Elvira.

En 2007 se realizaron obras de entubamiento en un sector del Maldonado. En ese momento, se había asegurado desde la Municipalidad local que los vecinos que habían sufrido inundaciones durante más de cuarenta años, iban a dejar de padecer ese tipo de desastre. No fue así. Por eso Iginio recuerda promesas incumplidas y agranda sus sospechas respecto de que “hubo algo más que una lluvia fuerte”. Cerca está escuchando Ezequiel, su hijo de 16 años. Fue el único que se quedó en la casa durante la inundación. “Estuve arriba del techo”, confirma Ezequiel. El chico habla poco, mira con evidente desconfianza y hasta con cierto enojo.

“Ustedes son los primeros que vienen a hablar con nosotros. Apenas recibimos un colchón viejo, de resortes, y algunos comestibles, pero nos los alcanzó un vecino”, aclara Iginio. Muestra las huellas que dejó el agua dentro de la pieza que comparte con su esposa, Elena Escobar, y el desbande que hay en el kiosquito que los ayuda a “juntar unos pesos más” a fin de mes. Ellos viven de su jubilación.

Eugenia Villalva, hija de Iginio, fue la que menos sufrió el embate de las aguas, pero tuvo 30 centímetros adentro de la casa, que ahora sirve de refugio a sobrinos y nietos que la pasaron peor. A Rubén Villalva, en cuya casa hay otro kiosquito y un taller donde se arreglan Fiat 147 y otras reliquias de la industria automotriz, la inundación tapó toda la casa. Rubén vive en 94, entre 11 y 12. El agua entró cerca de la medianoche del 2 de abril. Todavía no se explica cómo pudo salir con vida con su mujer y sus cuatro hijos. Tiene cuatro heladeras para el negocio. Los freezers, como tienen un motor sellado, comenzaron a funcionar, una vez que bajó el agua y se secaron, explica Luis Merlo, cuñado de Rubén, dueño del taller de “reparación y venta” de usados.

Compra autos viejos, desechados, a precios módicos, los arregla y los vende, con alguna ganancia. “De eso vivimos”, dice, mientras se encoje de hombros. La camioneta destartalada de Rubén está parada en la puerta del kiosco. Todavía está viva y hasta puede hacerla arrancar, pero la tuvieron que poner de nuevo sobre las ruedas. La inundación la había dejado “patas arriba, igual que a nosotros”, cierra Rubén con la resignación de los que están acostumbrados a poner la otra mejilla.

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