SOCIEDAD › PROTESTA CONTRA UN CURA ACUSADO DE ABUSO

Escrache en plena misa

 Por Mariana Carbajal

Un cura denunciado en la década del ’90 por abusar sexualmente de varios niños fue escrachado mientras daba misa, en la capilla del Hospital San Juan de Dios, de la ciudad de La Plata, donde lo detectaron varias mujeres que señalaron que sufrieron sus manoseos tres décadas atrás, cuando tenían entre 7 y 9 años. “Fue terrible y emocionante al mismo tiempo verlo nuevamente. Cuando yo era chica fui tres años seguidos a los campamentos que él organizaba desde las iglesias de Gonnet y City Bell. De noche se metía en las carpas, se acostaba al lado nuestro y nos manoseaba los genitales. El tenía una carpa donde confesaba. Se sentaba en un banquito y nosotras teníamos que estar de pie. Entrábamos de a una. Cada vez que me confesé, me tocó intensamente mi sexo”, describió a Página/12 Julieta Añazco. Organizaciones de mujeres, de derechos humanos y sociales acompañaron a Añazco y a otras víctimas en el escrache y reclamaron que deje de dar misa en el hospital, que depende del Ministerio de Salud de la provincia de Buenos Aires.

El sacerdote escrachado se llama Ricardo Giménez. Tres décadas atrás estaba a cargo de la organización de los campamentos de verano, recordó Añazco. También fue párroco de la Escuela Ceferino Namuncurá de City Bell y de la Iglesia de Magdalena. En ambos lugares fue denunciado, contó Añazco, quien empezó a buscar los antecedentes penales del religioso al recordar dos meses atrás los episodios de abuso sexual que ella había sufrido. Hasta ese momento, contó, los hechos habían quedado olvidados en su memoria. “Esto para mí fue una tortura toda la vida. Pero al fin pude hablar. Y hacerlo público es muy importante, sentí alivio. Pero más importante es para todos los niños que pueden pasar por sus manos y están en peligro”, dijo Añazco en la puerta del hospital al finalizar el escrache, que tuvo lugar el jueves 29 de agosto.

El escrache fue convocado, entre otras entidades, por la Casa de la Mujer Azucena Villaflor, la Unión por los Derechos Humanos y las agrupaciones feministas Las Rojas y Pan y Rosas. Los y las manifestantes pegaron carteles en el hospital que decían: “Peligro. Ricardo Giménez. Abusador”, e ingresaron hasta la parroquia ubicada en el predio que ocupa el centro de salud. Giménez, que estaba dando misa, fue increpado y decidió suspender el oficio religioso.

Según pudieron reconstruir las organizaciones, el cura fue denunciado en 1996 por una mujer que declaró que el religioso había tocado los genitales de su hijo, de 10 años, y había intentado darle un beso en la boca. En ese entonces, Giménez estaba a cargo de la Iglesia de Magdalena. Otros cuatro niños también habrían dado cuenta de los mismos hechos. “En el marco de esa causa judicial, que tramitó ante el Tribunal de Menores Nº 1 de La Plata, el religioso fue detenido con prisión preventiva y obtuvo una excarcelación, por intermediación de la curia local”, contó Añazco, quien se contactó en estos días con la madre que lo denunció para confirmar aquellos hechos. El cura habría recibido una condena por abuso deshonesto.

Añazco es empleada municipal, vive en La Plata y tiene 41 años, un hijo de 21 y un nieto de 7 meses. “Quisiera contarles a todos que he vuelto a nacer, por lo tanto estoy empezando a hablar y a escribir. Ya que la otra Julieta no hablaba y mucho menos escribía”, contó Añazco. Y siguió: “Hace dos meses desperté a mi realidad, hace dos meses recordé haber sido abusada sexualmente por el sacerdote Ricardo Giménez, aproximadamente en el año 1982. ‘¿Cómo no lo denunciaste antes?’, me preguntó una señora. No pude. Lo olvidé, lo guardé como un gran secreto, mi secreto o hasta quizá como un pecado, el peor de todos los ‘pecados’. Pero no era mi pecado”.

Añazco está recibiendo atención psicológica, señaló. A partir del escrache, ubicó a once mujeres más, de entre 39 y 41 años, que sufrieron los mismos abusos que ella en aquellos campamentos. “Tres estamos dispuestas a declarar en la Justicia”, apuntó a este diario. Para la Justicia, los hechos estarían prescriptos. Las secuelas que le dejaron, sin embargo, siguen presentes, y la afectaron toda su vida, indicó. “Siempre he tenido mucha dificultad con el habla, con el expresarme o comunicarme –contó–. Esto con el pasar de los años se ha ido agravando al punto de no querer participar de ningún tipo de reunión extrafamiliar.”

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