SOCIEDAD › LA FACULTAD DE AGRONOMíA DE LA UBA PROMUEVE EL CULTIVO DE CANNABIS SATIVA SIN THC, PARA USO INDUSTRIAL

No se fuma pero alimenta y es fuente de energía

Una cátedra tramita la importación de semillas de Canadá. A partir de la planta puede producirse aceite, medicamentos, fibras y combustible. Aunque carece de propiedades psicoactivas, organizaciones cannábicas apoyan la iniciativa.

 Por Eduardo Videla

Mientras en algunos países se debate la legalización de la marihuana para uso medicinal o recreativo y en otros ya se plasmó esa discusión en normas que habilitan el comercio y el consumo controlados por el Estado, en Argentina se impulsa el cultivo de una especie de cannabis sativa para uso industrial. La experiencia está a cargo de una cátedra de la Facultad de Agronomía de la UBA, que gestiona la importación de semillas desde Canadá para investigar la adaptación de estas plantas al ambiente local y su aplicación en la fabricación de bioplásticos, alimentos, medicinas y biocombustibles. De todas las aplicaciones posibles de esta planta, ninguna incluye la posibilidad de fumar: se trata de una variedad genéticamente modificada, cuyas flores no contienen THC, la sustancia psicoactiva que caracteriza a la marihuana.

Si la gestión que lleva a cabo la cátedra de Cultivos Industriales de la UBA tienen éxito, no va a ser raro ver al pasar frente al predio de Agronomía –en el barrio que lleva ese mismo nombre– especies de hasta cuatro metros de altura, capaces de crear falsas expectativas a fumadores desprevenidos. ¿Para que sirve una planta tan grande y desarrollada y que, sin embargo, parece haber perdido su razón de ser? El mundo de la producción le ha encontrado una vuelta para sacar de allí un rédito.

“Este cultivo logra producir una cantidad de biomasa muy importante en relativamente poco tiempo: en 100 días puede generar plantas de entre 3 y 4 metros de altura”, dice Daniel Sorlino, docente de la cátedra de Cultivos Industriales de la Fauba, quien conduce el proyecto. La biomasa es el conjunto de materia orgánica que, en este caso, puede ser utilizada como fuente de energía, ya sea mediante su combustión o mediante un proceso químico, para la obtención de etanol.

Pero el cultivo –conocido también como cáñamo industrial– tiene otras propiedades: “Además de tener una infinidad de beneficios probados desde el punto de vista medicinal, el aceite de cannabis es comestible y muy saludable: tiene ácidos grasos, como el linoléico y el oléico, similar a canola o soja, pero también omega 3, como la chía y el lino, capaces de reducir el colesterol en la sangre y usados como nutracéuticos, por ejemplo”, explica Sorlino.

La propuesta del docente encierra una paradoja: no es apoyada por sectores de la industria textil o alimenticia, que podrían obtener un beneficio económico, sino por las organizaciones cannábicas que promueven la legalización de la marihuana, para quienes, sin embargo, la planta no pasa de ser un vegetal sin atractivos.

Pero no es tan así. “Estamos a favor de la legalización de cualquier tipo de cannabis, ya sea para uso recreativo, medicinal, alimenticio o textil, básicamente porque estamos en contra de la prohibición de la planta”, argumenta Sebastián Basalo, director de la revista THC, a Página/12.

Cultivo con historia

Si se concreta la idea de los investigadores de la UBA, no sería la primera vez que en el país se trabaja con la planta de cannabis sativa para uso industrial. La siembra de esa planta era habitual en la década de 1950, y había alcanzado una gran extensión en la localidad de Jáuregui, vecina a Luján, en la provincia de Buenos Aires. Claro, en esa época no había variedades con THC (el tetrahidrocarbocannabinol, principal psicoactivo de la marihuana). Pero el cultivo no tenía entonces la finalidad recreativa que hoy posee. “Era impulsado por la empresa de origen belga Linera Bonaerense, que empleaba a cerca de 3000 personas en la siembra, cosecha y procesamiento de lino y cáñamo”, cuenta Sorlino. Su fundador fue Julio Adolfo Steverlynck, quien fue homenajeado con un monumento que aún está ubicado en Villa Flandria, un “pueblo fábrica” fundado por el empresario a comienzos de los años ’30.

“El cáñamo era el hijo rústico del lino, que por entonces abarcaba un área de 3 millones de hectáreas en el país. Ambos compartían la misma región de siembra”, explicó Sorlino. Las fibras de sus tallos se utilizaban en la fabricación de los cabos de los barcos, para el cuerito de las canillas para evitar pérdidas de agua y hasta en las suelas de las alpargatas, entre muchos otros destinos.

Según el docente, no fue la prohibición lo que terminó con el cultivo sino los cambios en la industria en la segunda posguerra: la importación de fibras de yute desde la India a un precio notablemente menor, y luego de materiales sintéticos, como el nylon, acabaron con la industria del lino y del cáñamo en el país. El cultivo comenzó a desaparecer con el cierre de la empresa. Pero para Basalo, fue la ley de drogas 20.7711, de 1974, la que le dio el golpe mortal al cultivo.

Con los años, la planta volvió al centro de la escena. A partir del “mejoramiento genético”, perdió o redujo al mínimo las trazas de THC pero ganó en dimensiones y volumen. “Se trata de un proceso de selección a través del cruzamiento de diferentes plantas”, explica Basalo. El desarrollo de la industria alimentaria y medicinal también aportó lo suyo: descubrió propiedades interesantes en el aceite que se obtiene de las semillas de cáñamo. “Al no utilizarse la flor, por no tener THC, ésta pasa a ser fruto y es de allí donde se extraen las semillas”, cuanta Sorlino.

“Queremos investigar cómo esta especie podría producir fibras y granos en nuestro ambiente, así como las variables que condicionan la calidad y cantidad de fibras en los tallos, y el aceite y la proteína en los granos, con diferentes fechas de siembra, condiciones de suelo y temperatura”, argumenta Sorlino. “No conozco otros investigadores que estén trabajando sobre este tema en la Argentina, aunque sé que el INTA Castelar está trabajando en la caracterización de los genotipos del cannabis sativa por biología molecular, con el objetivo de analizar variedades con y sin THC, por cuestiones forenses.”

En congresos y publicaciones científicas, explicó el docente, se suele vincular al cáñamo industrial con el lino, porque sintetiza en la semilla aceite y proteínas muy interesantes para consumo humano y animal. Tras frustradas negociaciones en Europa (ver nota aparte) el investigador de la Fauba se acercó a Canadá, principal productor mundial de lino.

“Los canadienses trabajan con este cáñamo, que está muy asociado al lino. Una de sus características más importantes es su alta velocidad de crecimiento. Además, al estar mejorado muy al norte (cerca del paralelo 58 Norte), se adapta mejor a los climas templados y fríos, lo cual significa una ventaja para las investigaciones que realizaríamos en Buenos Aires.”

“A la vista, no hay diferencias notables entre esta variedad que queremos importar y las que tienen THC. Hay algunas características morfológicas menores y también análisis de laboratorio que permiten comprobar que esta variedad de cáñamo industrial no tiene el principio activo de la marihuana”, dijo Sorlino. Entre esas diferencias está la floración de la planta. Las que tienen THC poseen flores femeninas y masculinas, mientras que en la que carecen de ese principio activo las flores son hermafroditas, es decir, que portan los dos sexos en la misma planta.

Demostrar esas diferencias eliminaría la principal traba que, se estima, tiene hoy la importación del producto: pese a la firma del convenio entre le empresa canadiense y la Facultad de Agronomía de la UBA, la importación está sujeta a la aprobación de las instituciones que regulan el ingreso de semillas al país, como el Senasa y la Anmat.

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“Este cultivo logra producir una gran cantidad de biomasa en poco tiempo: en 100 días llega a tener 3 y 4 metros de altura.”
 
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