SOCIEDAD › LOS PRIMEROS CINCUENTA AÑOS DEL ZOO

Los años de la convivencia

De proyecto de Sarmiento a patio de recreo de Perón, pasando por la imaginación de un naturalista. Inicios del Jardín Zoológico.

 Por Soledad Vallejos

Lo imaginó Sarmiento y le dieron brillo los primeros años del siglo XX. Poco antes de los festejos del Centenario, cada año lo visitaba más de un millón de personas. Los habitantes fueron muchos. Cientos, quizá miles. Allí vivieron Mogo –el gran león de Nubia–, la jirafa Mimí, los osos polares que comían surubí, un tucán macilento que salvó su vida por comer pimienta, la garza Ernestina, unos cuantos guanacos, algún avestruz de Africa. También cebúes, lobos, chacales, hienas, chuñas, ciervos wapití, peludos, gallinetas puntadas de Numidia, cisnes negros, pingüinos, camellos, focas. Todos ellos, además, compartieron espacio en Palermo con su humano residente: el director del lugar. Quizá la autoridad más memorable que tuvo el Jardín Zoológico haya sido el italiano Clemente Onelli, amigo de Cesare Lombroso y Carlos Thays, colaborador del perito Francisco P. Moreno en sus expediciones patagónicas, naturalista por intuición y cuidador lo suficientemente amoroso como para atravesar el zoo en plena noche y llegar al recinto de una mona que se sentía mal con “una tisana” sanadora. A él, siguieron otros, como Adolfo María Dago Holmberg (que, así como redactó un “Decálogo del buen visitante”, mandó fusilar a una elefanta retobada), y Mario, el hermano presidencial que cobijaba a Juan Domingo Perón y Eva Duarte cuando querían evadirse unas horas.

Cuando Domingo Faustino Sarmiento imaginó un parque Tres de Febrero libre de rastros rosistas y pura civilización, quizá lo esperaba todo menos que el zoológico sirviera de modelo de estudio de la sociedad humana. En sus planes, una parte de lo que había sido el Palermo de Juan Manuel de Rosas se convertiría en parque de animales, a la manera de lo que pasaba en las grandes ciudades norteamericanas y europeas de las que procuraba extraer rasgos para hacer de Buenos Aires su propio Frankestein. En 1888, el predio pasó manos del Estado nacional al municipal, comandado por Antonio Crespo, quien resolvió que el zoo estaría donde todavía se lo encuentra hoy.

Su primer director, Eduardo Ladislao Holmberg, ideó en su gestión la Revista del Zoológico, una publicación más bien científica que, unos años después, su sucesor iba a convertir –también– en pieza literaria. Cuando llegó, en 1904, Onelli estaba decidido a hacer de Argentina su lugar en el mundo. Había llegado a Argentina tiempo antes, con la misión de pedir al perito Moreno –entonces director del Museo de Plata– unas piezas para el museo de Roma; entre el arribo y el objetivo de su viaje, se abrió un mundo. Se quedó. Viajó a Patagonia, escribió los diarios de esas jornadas (Trepando los andes); volvió; aceptó el zoo y se mudó a una casa destinada al director, y que fue demolida después del segundo peronismo.

Cruzando la avenida, en el Jardín Botánico, vivía otro extranjero enloquecido por el país al que había llegado, Carlos Thays. Se hicieron amigos, se visitaban en sus casas, en los parques que la fortuna les había deparado cuidar.

Onelli continuó la tradición de la Revista, y le sumó algo nada técnico: las crónicas, que en ocasiones llegaban a emular las columnas que informaban novedades de la vida social de las familias conocidas. Por esa época, como consta en los registros que llevaba el Director, el zoo recibía donaciones: “2 negritas del Japón” (gentileza del Teniente General Julio A. Roca), “2 yacutingas” (dejadas por Carlos Pellegrini), “1 yacaré” (donación de “S. Urquiza”), “2 bandurrias” (de Emilio Ocampo), “1 lampalagua” (de “Sr. Fernández Blanco”), “1 tití” (llegado de la mano de Carmen Estrada), “3 avutardas” (de Marta Unzué de Blaquier), y otros tantos habitantes que se mimetizaban con ejemplares más exóticos.

En 1907, el lugar era un espacio para conocer animales de lugares inconcebibles, en épocas en que viajar estaba lejos de ser el fenómeno de masas de hoy. Pero también, una suerte de laboratorio social. Al menos un millón de personas había pasado por allí ese año. “Nuestro jardín se ha hecho parte integrante de las costumbres populares en los días de fiesta y del higiénico paseo de las otras clases sociales en los días de trabajo y esto es lo que nos hace esperar que la cifra fabulosa se repita en los años venideros (...) podemos declarar que este paseo público ha respondido plenamente al objeto para el cual lo destinaba Sarmiento”, anotaba Onelli.

Muchos de los recintos actuales no existían. Otros, como la casa del director, no están más. Cuando el predio era un universo animal (humano y no) en miniatura, el italiano observaba a sus compañeros de casa y sentenciaba: “podría deducirse que el baño higiénico y habitual de las clases humanas más evolucionadas es una regresión atávica hacia el mono y hacia el chancho”. Algunos animales, de tanto en tanto, gozaban de libertad, como una “tigrecita de Bengala”, que cada mediodía iba “de paseo” y no pasaba desapercibida: “por más que no tenga meneos de flamenco, es digno de verse cómo su paso por los caminos del Jardín llama la atención de los demás animales”. Onelli daba la mamadera a los cachorros que –en su opinión– precisaban cuidados más amorosos; anotaba los progresos de Phúa Victoria Porteña, la elefantita nacida en el zoo (hija de Naiam, el alumbramiento fue “muy celebrado y que ha atraído en pocos días al establecimiento al 20 por ciento de la población de la capital”). Una noche calurosa de noviembre, la pareja de osos polares recibió sendas barras de hielo. El macho, relató el director, “empezó a lamerlo con un gesto de ternura infinita, recostó un rato su cabeza sobre esa helada y dura almohada, volvió a tomarlo entre sus manos; mientras tanto yo veía, a la tenue luz del plenilunio, una mancha obscura que se iba ensanchando en el suelo; era el hielo que se derretía con los cálidos besos del blanco monstruo del norte, la felicidad de un momento que se consumía poco a poco”.

Onelli, que acunó a una orangutana (“la dulce Jacoba”) para no dejarla sola en su agonía y sostenerla hasta el amanecer en que el animal murió en sus brazos, falleció en 1924, como director del Zoo. Le siguió Adolfo María Dago Holmberg, sobrino del primer director y autor de un decálogo para el visitante del lugar que indicaba, entre otros puntos, “compadece a las pobres bestias cautivas”, pero terminó fusilando a Daia, la elefanta rebelde, pocos días antes de que el GOU derrocara al gobierno. Un par de años después, el responsable del lugar era el hermano del presidente de la Nación. Mario Perón tenía la costumbre de hacer asados e invitar a su hermano Juan Domingo y su esposa a cenar. Lo contó Juan Enrique Romero, veterinario y ex director del zoo a quien se lo contó Roberto Galán, y consta en Las aventuras de Perón en la tierra (de Jorge Bernárdez y Luciano di Vito, ed. Sudamericana): Perón disponía allí de “23 hectáreas para caminar, para charlar con Evita, con su hermano, para pelotudear sin que nadie le dijera ‘General... sabe que mi chico no come’. (...) cuando Perón quería descansar, rajar, esconderse un poco, se iba al zoo el sábado a la noche”.

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Onelli, en funciones (Idiosincrasias de los pensionistas de Jardín Zoológico, ed. Elefante blanco).
 
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