SOCIEDAD › FRANÇOIS MARTY, PSICOANALISTA, PRESIDENTE DEL COLEGIO INTERNACIONAL DE LA ADOLESCENCIA

Ese misterio de los adolescentes

Especialista en ese período tan difícil –el “pasaje latente”– que va de la vida infantil a la adulta, Marty explica por qué los adultos pueden temer a los jóvenes, para qué sirven los límites y por qué los “padres cómplices” son negativos. Y señala, con infinita piedad, la extraordinaria violencia a la que son sujetos los chicos.

Por María Esther Gilio

–En El odio, un film que plantea la violencia entre los jóvenes, uno se pregunta si este film muestra una situación marginal o ilustra lo que pasa en general.
–Este filme de Kassovitz tuvo una gran repercusión en Francia. Ilustra con gran eficacia la violencia entre los jóvenes adultos en los suburbios de las grandes ciudades: París, Lyon, Estrasburgo.
–No se trata, entonces, de marginados. Tal vez pertenecen a la pequeña clase media.
–Exactamente, pequeña clase media. El film muestra, sobre todo, cómo se organiza la violencia en uno de estos grupos. En el film hay una escena que es muy interesante, cuando el héroe se mira a un espejo mientras hace gestos desagradables, como alguien que estuviera encolerizado contra otro. El se vuelve así, amenazante, porque se siente amenazado por su propia imagen, reflejada en el espejo. Y sale de ahí en estado violento.
–Como respuesta a la violencia de su imagen.
–Sí, sí, eso es. Esta escena trata de mostrar que la violencia es un recurso, un medio de construirse a sí mismo. Su propia violencia deviene en el medio de construirse, sobre todo ante la mirada de los otros. Porque lo que está en juego es cómo se ocupa un lugar, cuando se es joven.
–A menudo se considera al adolescente como la única fuente de violencia en la sociedad.
–Claro que es falso. La sociedad es violenta. La vida misma es violenta. Y, si vamos al terreno de la criminalidad, veremos que en cualquier sociedad los adultos son mucho más violentos que los adolescentes.
–Este tema le ha interesado a usted especialmente.
–Sí, este tema me ha interesado muchísimo. Realmente me apasiona. Hay algo que yo siento luego de ver y tratar a cientos de adolescentes. Los adolescentes son, a menudo, víctimas de la violencia de la propia adolescencia.
–Tomamos aquí adolescencia como una situación que desde adentro se impone al joven; algo que tiene que ver con su natural desarrollo.
–Sí, planteo al joven o a la joven como víctimas de la etapa que, como seres humanos, les toca vivir.
–¿Cómo podríamos ver, en el joven, los efectos de su propia adolescencia?
–Para empezar, tenemos a la adolescencia como una experiencia de transformación del cuerpo. El niño deviene adulto en algunos meses o años. El cuerpo explota, se rompe para dar lugar a otro cuerpo totalmente diverso del anterior. Se trata de una experiencia fuerte y única en la historia del sujeto.
–Esto no ocurre en los animales.
–Nosotros tenemos una característica que los animales no tienen: el período de latencia. En este período el niño se prepara para la transformación que vendrá. Algo así como la muda en los animales. Y esta violencia física tiene su equivalente en el plano psíquico.
–La cual consiste...
–En un cierto número de ideas, de fantasmas, de miedos.
–¿Cuáles son los fantasmas más corrientes?
–Son fantasmas de incesto, fantasmas muy sexualizados, porque el cuerpo del adolescente se sexualiza. Y pasa a ver a sus padres como hombre y mujer y no simplemente como padres. El complejo se repite. En esta nueva edición del Edipo, la posibilidad de tener relaciones con los padres es real.
–El adolescente siente que su cuerpo ha adquirido una capacidad que no tenía en la infancia.
–Claro. Además del fantasma del incesto, está el del parricidio.
–¿No el matricidio?
–No, el matricidio es muy raro. Incluso en la criminología es muy raro. Cuando se da algún caso es porque hay atrás problemas psicóticos. El matricidio es la muerte de la matriz, la muerte del útero, la muerte del lugar de la vida.
–¿Usted encuentra diferencias importantes entre los adolescentes del Primer Mundo y los del Tercero?
–Sí, sí, hay. Lo que a mí me golpea cuando voy a los países del Tercer Mundo es que en la mayoría de ellos ha desaparecido la clase media. Esta situación es explosiva. En tales diferencias están las condiciones como para que estalle algo grave.
–¿Cuál es el resultado de esta situación en el adolescente?
–Los adolescentes son los primeros golpeados por las crisis. Porque carecen de la posibilidad de proyectarse hacia el futuro. De ahí la importancia de que los adultos tomen conciencia de la necesidad de ayudar al adolescente, de protegerlo, de ayudarlo a construirse en una sociedad que no le ofrece un porvenir. La sociedad, hoy, tiene miedo de los adolescentes. Ella está fundada sobre este miedo.
–¿Se refiere a este momento histórico?
–No, siempre, siempre.
–¿Siglo XIX, XVII?
–Sí, sí. Y la base de ese miedo está en un error de interpretación. El adulto proyecta sobre el adolescente sus propios fantasmas de infanticidio. Los adultos tienen miedo de ser muertos por los adolescentes. Tienen miedo de la fuerza de los adolescentes.
–Yo veo hoy en los adultos un miedo que no recuerdo en mi adolescencia. Miedo de no ser bastante inteligentes y modernos. Miedo de no responder a la imagen que el adolescente querría para sus padres. Y, sobre todo, y como consecuencia, miedo de no ser queridos. Veo hoy a los padres preguntándose con cierta inquietud “¿qué piensa mi hijo de mí?”.
–Sí, también eso es verdad. Hoy los adultos han perdido confianza en sí mismos, en su valor.
–¿Por qué ocurre eso?
–No sé aquí. En Europa la estructura familiar ha cambiado mucho. No hay ya familias con la presencia de tres generaciones. Antes era lo corriente, hoy no. La familia desaparece.
–¿En España, Italia o Grecia, también?
–En esos países no sólo hay abuelos, sino que con frecuencia viven juntos bajo un mismo techo. En el resto del Primer Mundo esto se acabó; yo diría que se ha perdido confianza en el origen, en las raíces, en la historia familiar. Creo que aquellos padres que conocen la historia familiar deben trasmitirla a sus hijos. Otra cosa que tienen que hacer los padres es oponerse a sus hijos. Siempre que sea necesario. Los padres no deben tener miedo de oponerse a sus hijos adolescentes. Los adolescentes tienen necesidad de una confrontación. Ellos van a crecer si se confrontan.
–¿Tan importante es la confrontación?
–Tan importante que, si no se confrontan, ellos van a empujar, empujar para encontrar el límite. No hay posibilidad de construirse sin ese límite.
–Es así que el ser humano se construye.
–Claro. El niño explora el universo hasta que le dicen “no”. “No hagas eso”. “Ah, dice el niño, esto no se puede hacer.” El adolescente, en cambio, tiene la convicción de que puede hacerlo todo. Y, en nuestra sociedad, es difícil poner límites. Porque los adultos tienen miedo de poner límites.
–Temen perder el amor del adolescente.
–Sí, por supuesto. La tendencia es la complicidad. Pero no es bueno para el adolescente que su padre o su madre se transformen en sus cómplices. Porque los adolescentes tienen la necesidad de matar simbólicamente a sus padres, tienen la necesidad de confrontarse con ellos. Y para matar a los padres es necesario que éstos existan.
–Y no como amigos, como padres. ¿Cómo se da lo que usted llama muerte simbólica?
–Se da cuando el adolescente puede decir: “Viejo, no me interesás más”.
–¿Y a partir de allí? ¿De esa muerte?
–El se va a interesar en otras cosas, en una chica, en sus amigos. Lo cual es absolutamente necesario.
–Los adolescentes son siempre difíciles. ¿Qué es lo que ha ocurrido cuando éste o aquél pasan de ser sólo difíciles a ser patológicamente difíciles?
–Muchas veces esto depende de una relación muy difícil, muy compleja, con los padres. Pero debemos tener presente que no toda la responsabilidad de lo que vive el adolescente es de los padres. El adolescente también tiene responsabilidad en su propio desarrollo.
–Esto no puede decirse en el caso del niño.
–También puede decirse. Con menos énfasis, pero puede. Los niños no son únicamente el producto de sus padres.
–Hay lo genético, la escuela, el barrio, etcétera.
–Claro. Lo más importante son los padres, pero no lo único. El mismo tiene su propia manera de ver las cosas, tiene su propia originalidad. Desde el nacimiento. El bebé elige responder o no a ciertas solicitaciones de su madre, él elige cerrarse o abrirse a lo que su madre solicita. Un bebé no es simplemente alguien que se deja estar, pasivamente.
–Hay un ejemplo clásico. Dos bebés lloran de hambre largo rato. Cuando la madre trata de alimentarlos, uno se niega furioso. El otro se prende y se satisface.
–Es así. Estas dos actitudes aportan datos sobre esos bebés.
–En las sociedades primitivas, el pasaje de la adolescencia a la adultez se hace a partir de ritos que prueban a la comunidad que el adolescente puede entrar en la edad adulta. Esto se hace de manera de no exponer al adolescente a peligros graves. Entre nosotros, no ocurre algo así. Los adolescentes se prueban realizando actos que pueden llevarlos a la muerte. Un ejemplo son los accidentes de autos y motos.
–Escuche algo. Los ritos de iniciación en sociedades primitivas no son siempre así, tan inocuos como usted los describe. En general son muy peligrosos. El joven, por ejemplo, debe partir a la jungla con solamente una lanza y el mandato de matar un león.
–¡Mi Dios! ¿Y no hay cerca alguien de la comunidad para prestarle ayuda en algún momento muy difícil?
–Ah no, no, no. Iniciarse significa exponerse realmente. El joven puede morir. Y, en el mandato de hoy, el joven crea esa situación peligrosa –la desmedida velocidad– porque la sociedad no le ofrece otra forma ritual de entrar en el mundo adulto.
–Yo pensaba que los ritos de iniciación primitivos eran más aparentes que reales, algo simbólico.
–No, ésa es una idea romántica. Tanto ayer como hoy pueden ser muy peligrosos. ¿Recuerda la película de James Dean Rebelde sin causa? Lo que presenciamos ahí son ritos de iniciación.
–Hay algo curioso; nuestra sociedad aparece como muy preocupada por los adolescentes. Su ropa, su alimentación, su preparación para el futuro. Y luego hay algo que desmiente esta preocupación. Si estalla una guerra, serán ellos quienes deberán poner el cuerpo.
–Esto es una reacción inconsciente de parte de los adultos. Hay que subrayar lo que usted dice y añadir aún más. En la realidad, el número de muertos, en las guerras es, prioritariamente, de adolescentes.
–¿Se refiera a todas las guerras, la del Golfo, Yugoslavia?
–Todas, todas, todas. En la guerra entre Irán e Irak, ambos países pusieron en primera línea a los adolescentes.
–¿Y no son adolescentes quienes van a los campos de minas?
–Son, y son miles los que mueren en esta tarea.
–¿Por qué los adultos tienen esta conducta?
–Los adultos se protegen. Se defienden poniendo adelante a los jóvenes que están en edad de reemplazarlos.
–Hay otra situación que aparece como muy contradictoria. Tenemos por un lado todo lo que ya planteé sobre la ropa, diversiones y etcétera, y por otro, tenemos la inexistencia de un lugar para los adolescentes.
–Es verdad. Para resumir la situación de los adolescentes, diremos que éstos son cortejados por el consumo, importante objetivo económico. Y coincido en que carecen de lugar.
–¿Qué hacen ellos para resolver esto?
–Ellos transforman el espacio público en espacio privado. La caja de la escalera o la rampa, el hall de los edificios, los lugares de pasaje. Ahí se reúnen, fuman, hablan.
–Tengo entendido que en Francia la venta de marihuana en los liceos es bastante frecuente.
–Es más que frecuente. En todos los liceos se vende marihuana por precios accesibles.
–¿Qué piensa de la liberalización de la venta de droga?
–No estoy para nada de acuerdo, las experiencias en ese sentido no dan la razón a los que proponen venta libre.
–¿Cuáles son las quejas mutuas, más frecuentes, entre padres e hijos?
–La queja más frecuente entre los adolescentes es que tienen a los padres sobre las espaldas, reivindican su derecho a moverse libremente. “Yo no soy más un bebé, ¿por qué debo volver antes de las 10?” Pero es preferible para el adolescente el padre intransigente, que pone reglas y las hace cumplir, que aquel que dice: “Haz lo que quieras”.
–Claro que el adolescente no sabe eso.
–No lo sabe. En cuanto a los padres, la queja frecuente es: “¿Qué te pasa? Yo te doy todo para que seas feliz y no trabajás en la escuela ni me escuchás cuando te pido algo”.
–¿Cómo se siente el adolescente ante esta queja?
–A menudo se siente muy mal. Y es necesario ayudarlo a que no se deje hundir por esto. Porque cuando el padre o la madre caen y se angustian porque el hijo, por ejemplo, no progresa en el liceo, los hijos se sienten culpables.
–Lo cual no es bueno.
–Nada bueno. Los padres no deben dejarse caer. Deben resistir. Resistir. Hay un momento en que el adolescente sabe qué le pasa a él mismo, a partir de la resistencia de sus padres. A partir de esta resistencia él se vuelve consciente de quién es.
–¿Esto tendrá que ver con la confrontación? ¿Es a partir de ésta que se produce lo que usted describe?
–Así es. El comprende quién es, a partir de que hay alguien que lo confronta.
–Yo me pregunto cómo evitar al adolescente tanto sufrimiento.
–¿Realmente usted cree que podrá evitar su sufrimiento? Pero, además, es necesario que el adolescente experimente en sí lo que quiere decirvivir. Vivir es ser feliz, desgraciado, tener pena, amar, odiar. No podemos evitar a nadie hacer esta experiencia. Y es preciso no evitarla.
–Pero, cuando es pequeño sí.
–No. Es necesario reconocer con él lo que está viviendo. “¿Estás triste? ¿Qué te pasa?” No hay que decirle: “No estés triste”, sino “¿Por qué estás triste?”. Es parecido a lo que debemos hacer cuando estamos junto a alguien que va a morir. No le diremos “no es nada” o “no te preocupes porque no pasará nada”. No. “Yo estoy a tu lado, estoy aquí contigo. Qué querés. Pronto vamos a separarnos.” Es decir, acompañar lo que el otro experimenta hasta el final.
–Hablamos, antes de empezar, de las fundamentales obligaciones de quienes gobiernan. Una sería tener clara conciencia de que tienen entre manos el futuro del país.
–Ellos deben entender que la adolescencia es el porvenir del pueblo. El inmediato porvenir del pueblo. No es mañana ni pasado mañana. Es ahora. Hay que interesarse en los adolescentes hoy. Eso es lo primero. Lo segundo, que no hay que tener miedo de los adolescentes. Es necesario comprender, tratar de comprender que son ellos quienes tienen miedo de nosotros. Y porque ellos tienen miedo de nosotros, tienen miedo de la vida y también de la belleza de la vida. Debemos ayudarlos a atravesar esa experiencia. Recordarles que un niño, un joven que deja la escuela entra en peligro. Recordarles que lo más importante en un país.
–Eso es alcanzar “déficit fiscal cero”.
–No, no, eso dígalo usted. Yo le digo que lo más importante es la educación. La educación es una prioridad nacional.

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