SOCIEDAD › UN ESTUDIO MUESTRA EL VINCULO ENTRE CEREBRO Y TABACO

Con los humos en la cabeza

Una investigación reveló que la adicción a la nicotina podría vincularse con una región cerebral llamada “ínsula”. Sin embargo, los especialistas admiten que el factor decisivo es psicosocial.

 Por Pedro Lipcovich

Una investigación publicada hoy en la revista Science sugiere que una región del cerebro denominada “ínsula” podría vincularse con la adicción a la nicotina: los científicos examinaron personas en las que, por accidente o enfermedad, esa zona había sido dañada, y verificaron que, en la mayoría de los casos, les resultaba más fácil dejar de fumar sin experimentar los penosos síntomas de la abstinencia. El estudio –así como la próxima llegada al país de un nuevo fármaco que ayuda a dejar de fumar– vuelve a plantear el tema de los componentes físicos del tabaquismo. Por una parte, la ciencia ya ha establecido el mecanismo de acción de la nicotina, que promueve, en forma casi instantánea, la liberación de varios neurotransmisores cerebrales (una pitada de cigarrillo equivale a una dosis). Sin embargo, los especialistas reconocen que los factores decisivos no son físicos sino psicosociales: por eso, la eficacia del nuevo medicamento –llamado varenicline–, que es muy alta cuando se mide pocas semanas después de que la persona dejó de fumar, baja sensiblemente cuando se constata, un año después, si la persona volvió o no a fumar.

“Entre las regiones cerebrales, la ínsula es de interés por su potencial rol en los impulsos conscientes, a través de la representación de los estados corporales”, señala la investigación publicada en Science, que fue efectuada por un equipo de las universidades de Iowa y California del Sur, dirigido por Antoine Bechara. Los científicos identificaron 19 fumadores que (independientemente del hecho de fumar) habían sufrido daños en la ínsula; los compararon con otro grupo de fumadores con daño cerebral, pero no en la ínsula.

De los 19 con lesión en la ínsula, 13 dejaron de fumar, de los cuales 12 “lo lograron rápida y fácilmente, sin sentir necesidad de volver a fumar”. En los que habían sufrido lesión en otras partes del cerebro, si bien 12 dejaron de fumar, sólo cuatro lo lograron sin sufrir síndrome de abstinencia. “Los resultados sugieren que la ínsula es un sustrato neuronal crítico para el impulso a fumar”, según los investigadores, quienes destacan el caso de un paciente según el cual, luego de haber sufrido la lesión, “mi cuerpo olvidó la necesidad de fumar”.

Desde luego, provocar lesiones cerebrales no sería un método práctico para que la gente deje de fumar. Según los autores del artículo, “futuras terapias farmacológicas pueden tomar como objetivo los receptores de neurotransmisores que se expresan en la ínsula. Y la eficacia de distintas terapias para dejar de fumar podría ser monitoreada midiendo la actividad en la ínsula mediante imágenes funcionales del cerebro”.

Verónica Schoj –co-coordinadora del Programa Antitabáquico del Hospital Italiano– señaló que “cuando una persona da una pitada a un cigarrillo, a los siete u ocho segundos la nicotina produce una liberación aguda de varios neurotransmisores: dopamina, adrenalina y noradrenalina. Quien fume veinte cigarrillos diarios, con diez pitadas por cigarrillo, recibe doscientas dosis de nicotina. A lo largo de los años, el cerebro del fumador se habitúa a sostener niveles de estimulación muy elevados; por eso, la cesación produce un síndrome físico de abstinencia.

Los fármacos ya en uso para tratarlo son “la nicotina en forma de parches, chicles, spray nasal y tabletas sublinguales; en la Argentina sólo hay parches y chicles: se administran durante dos meses para reducir la irritabilidad, la ansiedad y el deseo compulsivo de fumar en esas primeras semanas –explicó Schoj–; el segundo fármaco es el butropion, antidepresivo atípico cuyos efectos son parecidos a los de la nicotina: aumenta los niveles de aquellos neurotransmisores, disminuyendo así los síntomas de la abstinencia”.

“Y en los próximos meses –agregó la especialista– llegará el varenicline, que ya se comercializa en Estados Unidos, Europa y Brasil. Cuando se comparó este fármaco con el butropion, en grupos de pacientes, a las 12 semanas de que la persona dejara de fumar, parecía ser el doble de efectivo. Sin embargo, cuando se hizo la comparación un año después, resultó que el varenicline había sido sólo el 4 o 5 por ciento más efectivo que el butropion. Es así porque a mediano plazo toman más peso los factores psicosociales, que son los más importantes. No hay que caer en la ilusión de un fármaco mágico, que elimine la adicción sin mediar un compromiso personal.”

“Por eso –concluyó Schoj–, en términos de salud pública, las medidas más efectivas no son farmacológicas: implementar ambientes laborales libres de humo hace que, por el cambio en una norma social, mucha gente deje de fumar; los otros pilares son la prohibición de la publicidad de tabaco, las advertencias adecuadas en los paquetes de cigarrillos y las campañas de concientización. De todos modos, hay personas en las que el nivel de dependencia física es más alto y siguen necesitando el apoyo farmacológico inicial.”

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El estudio vuelve a plantear el tema de los componentes físicos del tabaquismo.
 
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