SOCIEDAD › EL CHILENO, ESTRELLA DE LOS ARTISTAS CALLEJEROS MARPLATENSES

Un hombre que sabe hacer la calle

Se llama Luis Alberto Flores Peralta, pero se lo conoce como “El Chileno”. Despliega en la rambla un humor que siempre está en el límite. Y cautiva a un público, joven en su mayoría, seguidor e infaltable. Ahora llegó al teatro, pero no deja la calle.

 Por Carlos Rodríguez
desde Mar del Plata

La publicidad corre de boca en boca: “Andá a verlo al Chileno. Está todos los días, a las ocho y a las doce de la noche, en Rivadavia y la rambla”. Se llama Luis Alberto Flores Peralta, pero tanto nombre y tanto apellido no sirven de nada. Lo conocen como “El Chileno” y ofrece dos tipos de shows. El que brinda en la calle, guarro, lleno de insultos y doble sentido, y el que ofrece a las 22, también todas las noches, en el Teatro Olimpia, más moderado, pero de todos modos, igual de efectivo para su público, que lo sigue y lo distingue, en la propaganda a puro pulmón, como “la estrella de los espectáculos callejeros en Mar del Plata”. El admite, ante Página/12, que su lugar es la rambla, como lo fue antes la peatonal San Martín: “Al teatro llegué desde la calle. No fue al revés. Por eso, mi primer trabajo y mi fuerte sigue siendo la calle”. Su público está compuesto, en su mayoría, por jóvenes de entre 15 y 25 años. “Drogados de mierda”, les grita más de una vez, pero en vez de despertar rechazos, recoge risas, y todos levantan la mano a la hora de participar en el show, aunque sepan de antemano que eso puede llegar a ser una verdadera tortura.

En el escenario de la rambla, rodeado siempre por centenares de adolescentes –y algunos adultos, por qué no–, El Chileno elige a cuatro chicas, siempre lindas, siempre jóvenes, a las que hace bailar El Meneadito. El premio son dos entradas para su espectáculo del Olimpia. Ni más, ni menos. Las chicas sacan a relucir toda su sensualidad y hacen revolotear el pubis muy cerca del amenazante pico de una botella de plástico, rústica, casi desagradable. Al menos podría ser un Dom Perignon, pero no, es un triste envase vacío de agua mineral. El aplauso de la concurrencia determina quién es la ganadora. Carolina, Evelyn, Ayelén, Carla, con edades que van de los 15 a los 23, se sienten reinas por una noche y se sacan chispas, hasta que la más aplaudida se lleva el premio.

Mientras las niñas despiertan el morbo y los gritos de los espectadores, El Chileno dispara sus chistes, siempre intencionados, siempre sobre el borde de la cornisa del buen gusto. “Se hace la fashion y tiene piojos hasta en las cejas”, critica a una de las concursantes. “Gracias, señora, se merece tener buen sexo”, le larga sin anestesia a una de las espectadoras, en retribución al billete de cinco pesos que depositó a la hora de pasar la gorra. “Mentira, señora, fue una broma, cómo me va a agarrar de ese modo, adelante de su marido.” Cuando uno espera el cachetazo o el enojo, sólo hay risas, de la mujer y del marido.

Carolina, una morocha explosiva, es la que mejor se menea y gana su entrada para el Olimpia, pero El Chileno quiere más. Entonces, la hace bailar con un flaco desgarbado, sin gracia. Todo eso permite a la estrella del show sacar toda su malicia. “Estás bailando o estás pisando uva”, le dice al pobre flaco, ante la risa generalizada. “Esto es un baile o pensás que estás en el programa Cien por ciento lucha.” Después los hace bailar a los dos, primero rock y luego un lento de aquéllos. Siguiendo el guión que marca El Chileno, la chica toma por las nalgas al flaco y el chico, que le lleva varias cabezas a la piba, tiene que apoyarle la cabeza sobre el hombro. Eso lo obliga a realizar una contorsión de esas que terminan en tortícolis. Como Carolina tiene un buen hombro, entre otras muchas cosas, el flaco Ariel disfruta y se olvida de que es el pato de la boda.

La gente grita. Quiere que se den un piquito. El Chileno aprovecha para recordarle al público que, en su Chile natal, el “pico” es la forma popular de nombrar al pene. “Piquito es poronga. Qué feo que las chicas griten: poronga, poronga”, las gasta el cómico trasandino y la platea estalla de gozo.

Luis Alberto Flores Peralta comenzó a actuar en la calle desde los siete años, en Santiago de Chile, de la mano de su padre, Luis Flores Cordero, que ahora lo acompaña siempre, en cada uno de sus shows. “El humor que hago es fuerte, pero con respeto. La gente entiende que no hay mala onda, que sólo lo hago para hacerlos disfrutar y disfrutan.” En una de sus últimas actuaciones en la rambla, un grupo de chicos empezó a gritar obscenidades dirigidas a las cuatro chicas que bailaban. El Chileno los paró en seco con un breve y contundente discurso sobre cómo tratar con dulzura a las mujeres. Todos se calmaron, mientras él siguió con sus bromas de doble filo sin que nadie se enojara.

El Chileno fue finalista, hace cinco años, del Comic 2003, el concurso de humoristas organizado por Marcelo Tinelli. También actuó en la TV chilena y estuvo como invitado en el programa de Susana Giménez. Su humor puede ser chabacano, pero siempre es efectivo. El se declara admirador “del viejo cine argentino, con Los Grandes del Buen Humor, Niní Marshall y Luis Sandrini”, aunque sus ídolos máximos son Alberto Olmedo y Cantinflas. En su show de la rambla y en el teatro, siempre hay cómicos o músicos invitados. Como toda estrella que se precie de tal, apadrina a los más jóvenes. “Hace veinte años que vivo del humor callejero y ahora del teatro. Es lo menos que puedo hacer por los que recién empiezan”, repite El Chileno, artista consagrado a fuerza de sudor y boca a boca.

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El show que El Chileno brinda en la calle es guarro, lleno de insultos y doble sentido.
 
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