SOCIEDAD

Los lectores de caras, el nuevo Gran Hermano

Joseph Atick es doctor en física y matemática y un experto en el reconocimiento facial. En esta entrevista, explica cómo funciona la identificación por la cara y hasta por la piel.

 Por Andrea Ferrari

Es casi imposible no caer en el lugar común del Gran Hermano si uno piensa, al ver las cámaras colocadas en un aeropuerto o una tienda, que en ese momento un sistema puede estar haciendo veloces mediciones de la propia cara, comparándola con una base de sospechosos. Ese es uno de los usos de la tecnología de reconocimiento facial que se aplica en la actualidad. Joseph Atick es doctor en física y matemática, uno de los creadores de esos sistemas y actualmente el vicepresidente ejecutivo de la empresa L-1 Identity Solutions, que desarrolla este tipo de programas. Durante el Congreso de Biométrica le contó a Página/12 cómo funcionan.

–¿Cómo se aplica el sistema de reconocimiento facial?

–Una de las aplicaciones más grandes del reconocimiento facial en el mundo es el sistema de screening de visas para el Departamento de Estado norteamericano. Cada persona que presenta un pedido de visa es chequeada contra una base de datos de 54 millones de caras. El objetivo es asegurar que las personas que están presentando esa aplicación no puedan presentarse con otro nombre en otro lugar. Sucede que cuando una persona es rechazada en una embajada va a otro país y aplican en otra embajada. Hoy, 220 embajadas norteamericanas en el mundo someten en tiempo real la fotografía del aplicante y la imagen se convierte en una firma digital o algoritmo que llamamos el print de la cara. El print es único para esa persona, si bien la fotografía puede no serlo. Aun si uno cambia su expresión, sonrisa, el pelo, algunas características superficiales de la cara, el print generado es muy estable.

–¿Qué elementos se “leen” para que sea tan estable?

–En la tecnología actual hay dos elementos que arman el print facial. Por un lado la geometría del rostro: hay unos ochenta puntos identificables en cada cara. Se pueden desarrollar relaciones geométricas muy sofisticadas entre esos puntos y obtener un patrón único. Y luego inventamos una nueva tecnología, que tiene que ver con la textura de la piel. No mira la geometría de la cara sino la piel, para extraer de la estructura de los poros una firma de la textura de esa piel. Hoy en día, con esos dos algoritmos producimos el print de la cara. En cuanto a la aplicación, cada una de las embajadas envía esos prints faciales al sistema central en Estados Unidos. Allí es chequeado en esa base de 54 millones: si no hay una identificación positiva, se emite la autorización a la embajada para la visa. Si la hay, se envía a un investigador que lo analiza.

–¿Cuántos detecta?

–Desde que se puso en marcha el sistema en octubre de 2004, hubo más de 120 mil hits verificados, es decir intentos de fraude. No podemos decir cuántos no fueron identificados, pero sí podemos decir que fue posible detener a 120 mil personas que intentaron entrar en Estados Unidos de manera fraudulenta en un año y medio.

–¿Cuál es la estadística de error de esas identificaciones?

–La exactitud del reconocimiento facial depende del umbral de operación: si se utiliza uno muy sensible se detectarán todos los casos positivos, pero habrá más errores. Con uno muy poco sensible, se perderán casos positivos, pero no habrá errores. Digamos que con la tecnología actual se puede operar el sistema con una exactitud de 95%, con falsas alarmas de menos de 0,01 por ciento, bajo parámetros normales de operación. El sistema también se usa para comparar con una “watch list” (lista de sospechosos) de personas que se están buscando. Es decir que en un caso se trata de chequear a quienes piden visas contra una base de datos de millones de personas y en el otro implica chequear a millones que ingresan al país contra una pequeña base de datos, que es la “watch list”. En los 70 hubo muchas personas de diversos países que fueron a Afganistán a luchar con los mujaidines. Las fotos de los pasaportes de esas personas fueron recolectadas por Interpol y algunos países y se creó una “watch list” internacional de rostros. Esto permite mejorar las posibilidades de interceptarlos cuando ingresan a un país.

–¿Qué gobiernos utilizan ese sistema?

–No podemos mencionarlos. Pero es usado por varios países, en Europa, Medio Oriente y en ciertas áreas de EE.UU., aunque no podemos decir cuáles. Es una de las aplicaciones más importantes del sistema actualmente. Porque en muchos casos uno tiene una foto pero no una huella digital.

–¿Qué otros usos se le da?

–Están surgiendo más usos comerciales. Por ejemplo en las cámaras de fotos Nikon hay un sistema que permite detectar las caras y hacer foco en ellas. Pronto habrá teléfonos celulares que podrán reconocer al usuario, ya que ahora todos vienen con cámara. Podrán establecer quién usa el teléfono y permitir el acceso. También en las tiendas se expande el uso del sistema contra una “watch list” de ladrones. En muchos países estos hurtos no son un gran crimen. Para protegerse de los ladrones, cuando las tiendas encuentran a alguien metiéndose cosas en la cartera no lo denuncian, sino que le sacan una foto y le dicen que no vuelva. Luego tienen cámaras en las escaleras que captan a las personas y las comparan con esa lista: si se identifica alguno, viene un guardia de seguridad y le pide que se vaya. Lo mismo sucede en los casinos.

–¿Qué pasa con el sistema cuando se trata de dos personas muy parecidas?

–Como la geometría facial de los gemelos idénticos es similar, antes el sistema no podía establecer la diferencia. Pero con la tecnología de piel, pruebas de laboratorio mostraron que el sistema podía diferenciar entre gemelos, cuya piel es diferente. Hoy estamos en otra era: hace diez años el reconocimiento facial era muy experimental. Hoy la exactitud es muy alta: no es perfecta, pero es muy útil porque, con sólo colocar una cámara y sin pedirle a nadie que haga nada, es posible protegerse.

–¿Han percibido rechazo de la población al sentirse invadida por este tipo de tecnología?

–Creo que es una cuestión de educación. Cuando la gente entiende por qué se usa, la aceptan. Creo que no aceptarían una vigilancia indiscriminada en las calles. Pero si uno va a un aeropuerto, o a un negocio, la expectativa de privacidad no es tan alta. Y la gente está más preocupada por la seguridad que por la privacidad. Dicho eso, también hay que estar atentos al uso responsable de la tecnología. Hay que tener en cuanta a quién se la entregamos porque sus aplicaciones son muy poderosas.

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Joseph Atick revela que el sistema ya se está aplicando.
Imagen: Jorge Larrosa
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