CONTRATAPA

Multitudes de floripondios

 Por Gary Vila Ortiz

En una de las versiones cinematográficas del "Planeta de los simios", creo que la única que realmente valía la pena, las manadas de hombres dominados por los monos cuyo único error había sido copiar a los seres humanos la forma de dominar a los "otros", las manadas de hombres, decía, se alimentaban, sobre todo, y sobrevivían gracias a ello, a alimentarse de manera adecuada con los floripondios. Es cierto, también los utilizaban para sus pequeñas y solitarias fiestas escondidos de los simios, esos seres tan malos al parecerse tanto a nosotros. Creo que no son muchos los que saben que son los floripondios y trataré de explicarlo de la mejor manera. Además fueron pocos los que repararon en ese detalle de los floripondios, yo los descubrí porque encontré el dato en un libro sobre "los detalles sin importancia que fueron muy importantes en la historia del cine".

El floripondio es una planta, un arbusto, de flores blancas por lo general, blancas y solitarias, pero hay quienes sostienen que la misma flor puede cambiar de color. Hay un conjunto musical chileno que lleva ese nombre pero no lo hemos escuchado. Todos están de acuerdo en que el floripondio tiene propiedades alucinógenas y que su uso es peligroso. No está prohibida porque crece como un yuyo, sobre todo en los costados de las vías del tren, en los pocos lugares del país donde aún quedan trenes. Pero también crecen en otros sitios. Se las ha estudiado en distintos libros sobre las plantas alucinógenas, algunos más conocidos que otros. Tiene también propiedades anestésicas y se dice que si se la coloca debajo de la almohada induce al sueño. Se puede preparar en te y suele fumarse. Sus efectos, si no mata, pueden durar hasta tres días. Hace algunos años, bastantes, aquí en la Argentina, se usaba, en sentido figurado como algo de mal gusto, un adorno con forma de flor. Lo que no se sabe a ciencia cierta, con respecto a nuestro país, es si el consumo del floripondio es común o se lo puede consumir por pura casualidad. Y esto por cierto debe depender de las zonas. Hace poco hubo un proyecto para prohibir su uso en la provincia de Buenos Aires, por lo cual debe haber sitios donde se conocen sus propiedades. Haciendo una comparación un tanto grosera se podría decir que el floripondio es como el maná que según Robert Graves tenía propiedades alucinógenas y además quitaba el hambre. (Esto me recuerda a Juan Carlos Martini, un gran amigo al que no veo desde el siglo pasado. En nuestras largas charlas siempre me recordaba aquello de que "el buen gusto es el refugio de los imbéciles".)

Habría que preguntarse si hay lugares en la Argentina donde a falta de otra cosa hay quienes (acaso instintivamente) se alimentan con floripondio. Claro está que si es así habría que mandar a un "chamán" para que les enseñe cómo debe usarse sin peligro. En nuestro país hay muchos más chamanes que los que se piensa. Y muchos estarían gustosos de dar una mano en algo de lo que entienden tanto. Aún cuando en nuestra república los pueblos aborígenes fueron exterminados en nombre de la civilización (no sabemos de cual) pero todavía hay pueblos indígenas que, se diga lo que se diga se los mantiene en el olvido, y se los suele maltratar.

Dejemos de lado, pero sin olvidarlos, a los indígenas y su maltrato, y pensemos si no es posible de pensar que las contemporáneas manadas de seres humanos que habitan el planeta no recurrirán, cuando las necesidades son extremas, a los floripondios para sobrevivir. La mayoría de los estudiosos ponen el acento en señalar que el floripondio tuvo su origen en el Perú, pero en estos momentos los hay, creo, que por todo el mundo. Y tienen la ventaja de que no están prohibidos, aunque tal vez en algún país de sofisticada civilización y cultura, se los haya eliminado, pero no lo sabemos y mejor no los tenemos en cuenta.

Volvamos a lo nuestro. Las necesidades de los seres humanos son muy grandes y hay naciones en donde el hambre hace estragos. ¿Por qué no suponer que para ellos el floripondio es un alivio? Como ya dijimos no se encuentran prohibidos ya que crecen como los yuyos y se encuentran al alcance de cualquiera. Por ahora nadie los cultiva y tampoco los comercializa. Tal vez porque no produce violencia alguna y solamente hace que quienes lo ingieren puedan tener sus sueños. Se han hecho investigaciones, por ejemplo, con relación al lenguaje. Creo que ni Artaud, ni Huxley, ni Michaux recurrieron al floripondio y fueron otros alucinógenos los que usaron para sus experiencias. Pero puede ser que la memoria me juegue (otra vez) una mala pasada y sí lo hayan usado.

Desde hace algunas semanas, luego de un encierro obligado (que aún no ha terminado del todo) he recorrido Rosario como hacía mucho que no lo hacía. He visto lugares en donde crecen los floripondios, la gran mayoría de flores blancas y solitarias. Se me ocurrió que, partiendo de lo que fui viendo en las calles rosarinas, podía pensar en el país todo y suponer una teoría sin sustento científico alguno, pero nacida de una intuición que no podía pasar por alto. ¿No será posible que los argentinos logremos sobrevivir a una y otra cosa gracias a la ingesta de floripondios? Uso la palabra ingesta, pues es la de uso habitual en sitios como hospitales, sanatorios, clínicas, uso correcto si se tiene en cuenta el significado pero en verdad espantosa si miramos el lenguaje desde una perspectiva poética.

Los argentinos, de tanto en tanto, suelen prepararse un tecito de floripondio o fumarse unos cigarrillos, otros los ponen debajo de la almohada para poder conciliar el sueño, y algunos simplemente para soñar todas esas utopías con las cuales hemos soñado los argentinos. (Y que alguna vez conseguimos y después fuimos perdiendo en diferentes formas del caos).

Corté algunas flores de floripondio y de acuerdo con las instrucciones (que no me dio ningún chamán) me preparé unos tecitos y me dormí. Fueron lindos los sueños. Los argentinos éramos una "manada" de seres inocentes en su inmensa mayoría. Parecía (en el sueño) que solamente nos interesaba la libertad, y no teníamos interés en tener auto, ni heladera, un microondas, ni televisores, ni celulares y si una libertad sin límites. Además nos respetábamos los unos con los otros y nadie sentía que vivía en un mundo agobiado por una falta de seguridad siniestra y por cierto un tanto misteriosa.

Por cierto, no quisiera que se vea en esto una propaganda del floripondio, pues no la necesita. Es un producto que se encuentra en las antípodas de lo comercial. Tampoco una promoción de los alucinógenos, pues no es ese mi propósito. Si bien, en el mundo que vivimos, donde ocurren tantas cosas atroces, me divierten las campañas contra el cigarrillo. Sobre todo porque son particularmente aburridas y el cigarrillo sólo será abandonado si se les asegura a los fumadores que si dejan de fumar encontraran algo parecido a la eternidad. No pretendo ser contradictorio: al ser tan aburridas me divierten. Hace tiempo ya había un programa de radio dedicado a decir todos los males que producía el cigarrillo. Pasaban música, y era el ejemplo de la música más híbrida que recuerdo haber escuchado.

En cuanto a los floripondios, me tengo que trasladar a los años de mi niñez (digamos entre los siete y los once años) para recordar el atractivo que me provocaban los floripondios que crecían en los costados de las vías del tren en que viajaba con frecuencia, ese tren que pasaba, entre otros sitios, por Roldán, Funes, que tenía una parada en el Golf Club, en Fisherton, en la intersección de las vías con la calle Donado, en Rosario Norte y terminaba su recorrido en Rosario Central. Yo viví mucho tiempo cerca de esas vías y en diversos sitios eran visibles los floripondios. Por cierto que en ese entonces no eran muchos los que llamaban así a esas plantas de solitarias flores blancas. Yo tampoco, pero siempre las miré sin cortarlas. Ignoro si hoy, cuando Fisherton ha cambiado tanto, todavía existen en algunos lugares esos floripondios. También recuerdo los floripondios que crecían a los costados de las vías de un tren de troncha angosta que me llevaba a Cañada Rica, ese lugar entrañable que alguna vez me gustaría volver a ver.

Lo cierto es que sin argumentos que me podría ofrecer la ciencia, pienso en una sociedad que se encuentra con muchos problemas muchos subsisten gracias a que cortan el hambre con el té de esas flores blancas con forma de embudo. Pero supongo que con los cuidados debidos, pues puede llegar a ser peligrosa. Más aún, sé de quienes en los jardines de sus casas tienen floripondios. Espero que lo mantengan alejado de los niños, pues pude ocasionar graves problemas. Mientras tanto no me puedo sacar de la cabeza una "manada" de hombres matando el hambre con los floripondios. Se trate o no de algo de mal gusto, al menos en el sentido figurado que se lo debe seguir utilizando. Pero el hambre es de mucho más mal gusto que los floripondios. En realidad el hambre carece, por lógicas razones, de gusto alguno.

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