CONTRATAPA

Maternidad intratable III

Si no escribo me enloquezco.

Soy el ejemplo de madre desbordada. Estoy levantada por octava vez. En esta oportunidad desde las 5:25 de la mañana. Bajé con el bebé porque el único modo de que no se queje y despierte a la hermana es que duerma hamacado y en posición vertical sobre mi pecho. Cuando lo voy a acostar, después de varios intentos donde a pesar de mi arrullo se volvía a poner boca arriba mirándome y pidiendo que lo alce, se despierta la beba. Rápidamente lee la situación de que me estoy ocupando de su hermano, por lo tanto se pone como una moto. Empieza a girar con su enterito blanco, y parece una versión morocha de Maggie Simpson. Se saca y pone el chupete, se arquea, tose, eructa, está afónica, chilla, grita, pone su cabeza sobre mi brazo, sobre las piernas del hermano que está tomando la mamadera. No recuerdo a qué hora le di a cada uno el Corteroid, a qué hora les hice el puff, y si tomaron o no la leche y cuánto. De tanto dar vueltas, y luego de darse la cabeza contra la pared un par de veces, gracias a todos los dioses del olimpo y alrededores, la beba se duerme. Pero tan al lado del borde de la cama que ya no me quedaré tranquila, porque le pongo el almohadón triangular como tope, pero muchas veces se balancea en él ni bien se despierta y eso le da cierto punch a la caída estrepitosa. Cada vez que respire más o menos fuerte voy a subir por la escalera habiendo revoleado las chancletas que me obstaculizan la corrida. Por lo tanto quedo descalza, por lo tanto me empieza a picar la garganta, que está esperando su turno para enfermarse, cuando todos los demás integrantes de la familia se curen. O sea que caeré para primavera, en ese momento en que todos los demás empiecen a disfrutar.

Cuando me estoy haciendo el mate chocha de la vida, tipo siete de la mañana, ya sin esperanzas de dormir pero con el placer haber conquistado mi derecho a desayunar, siento un ruido estruendoso por el babycall. Subo como loca. Era Benjamín que fue a mi pieza a buscarme como todas las mañanas, abriendo la puerta con toda la fuerza que le da el miedo de estar todo oscuro. Lo miro venir por el pasillo con su pijama de Hombre Araña agujereado en la rodilla. Tengo que arreglarlo en algún momento. Ya no le va a servir al hermano. Tiene los ojos pegados y el pelo parado y duro. Ayer tuvo un cumpleaños al que pude sólo buscarlo, le quedaron los pelos apelmazados de la transpiración y no lo pude bañar. Tendrá que ir así a la escuela. Le pongo las medias, y como veo que soporta sin quejarse, ya le pongo el uniforme, todo el tiempo advirtiéndole que-no-haga-ruido-por favor-porque-los-bebés...

Siempre primero no quiere tomar la leche, se la hago igual, se come todas las facturas que hay en el plato de ayer. Va a haber problemas con la hermana más grande, que mirará las migas y hará reproches sobre la distribución no equitativa de los tesoros gastronómicos en la familia. Mientras escucho la radio con una oreja, con la otra escucho el relato que me hace de un dibujo propio. Me culpo porque le doy poca bola a su maravillosa imaginación, y mientras contesto los mails que tengo atrasados de hace días, de tesistas y alumnos que esperan de mí una respuesta experta.

La empleada está llegando ocho minutos tarde y perjudica la posibilidad de bañarme en los veinticinco minutos que tengo antes de llevarlo a Khalil. Yo también tengo los pelos duros, porque me pongo a pensar y no me baño desde antes de ayer, con noventa por ciento de humedad.

Gracias a los mismos dioses de hace un rato, los bebés ahora duermen y no complejizan más mi mañana, aunque estoy en S.O.S. todo el tiempo porque la escucho respirar a ella y está con mucho moco, hay que hacerle la nebu, vapor, algo. De vez en cuando él también tose. Tienen un volcán adentro, pobrecitos. De ellos también me ocupo a medias. Y si duermen cuando yo estoy, me van a extrañar más, los voy a extrañar más.

Llega la chica, con esa cara de nada que me enerva. No pide disculpas, pone la pava para desayunar y la quiero asesinar porque no tiene ni idea de lo que me está pasando.

Me puedo bañar, y estoy llegando tan tarde a todo. Los pelos limpios pero semi mojados, pude lavar los míos, los de Benjamín no. Todo no se puede. Cuando bajo nuevamente (ya llevo el récord de subidas y bajadas matinales), mi hijo no se lavó los dientes, no sabe dónde está su mochila ni la campera, sigue mirando Mamá Luchetti por youtube, y yo no sé a quién ajusticiar primero. Me desenfreno, grito, me apuro, todos los pasos que doy parecen en falso. Mientras recuerdo la pregunta que me hizo la semana pasada: mami, qué estás hoy, cansada o apurada? Una puñalada. No firmé el cuadernito, no mandé la plata en sobre cerrado para el paseo. Imposible buscar un sobre ahora. Mañana. En cuarenta y cinco minutos tengo que estar en función analista. En ese momento me parece algo ficticio, lejano, sobrecogedor.

Estoy saliendo con el nene, la cartera, la planchita del pelo para arreglarme en el consultorio, la mochila, el paraguas, mientras la beba recién levantada me mira desde sus enormes ojos negros, con esa carita angelical, brillante, y lanza un aullido estilo lobo porque quiere estar conmigo. En ese momento veo que la hermana adolescente está saliendo con nosotros, para la misma escuela, sin haberse percatado de toda la situación de crisis matinal que estamos viviendo. -Vos vas para la escuela? Si, entro tarde. Y entonces por qué no llevás a tu hermano? Ah, si, bueno, -a qué hora entra?, pregunta por milésima vez de la historia escolar del nene. Lo despacho sin siquiera saludarlo del arrasamiento subjetivo que tengo. Si la chica le empieza a hacer la nebu a la bebé, yo tengo una segunda oportunidad para secarme el pelo. En ese momento lo veo. El objeto brilla con su presencia indiscutible. Estuve al lado de él desde temprano y no lo vi. Él es el que me mira ahora: EL TERMO AZUL del jardín. Hoy me tocaba llevar el mate cocido. La maestra me había preguntado con cautela -Vos podés?, con ese tono de vos que sos mamá diferencial de mellizos. -Claro que puedo! Soy una madre y mujer argentina que se ocupa de las necesidades de su hijo y sus veintisiete compañeritos. Creo que voy a desfallecer. -Cómo resuelvo en 30 minutos el asunto? -Les compro unas gaseosas y las llevo? No puedo -Suspendo la primera paciente? No puedo ya, es muy informal. Ya sé, en 20 minutos hago la infusión, la llevo y llego al consul. No puedo, al menos que se haya inventado la detención temporal que tanto soñé cuando era chica. Por suerte siempre está el recurso a la mami todo terreno del jardín (linda, bailarina, relajada, -cómo hace?), que se dedica realmente a su hija. Esta vez me salva la mamá de Keyla. Le hablo, Debi, tengo una super emergencia urgencia estoy desesperada no dormí. Todo así sin puntos ni comas. Su sonrisa atraviesa el teléfono y con una voz resolutiva me dice, no te preocupes, yo lo paso a buscar. -Lo puede preparar la chica?, pregunta. Ceci, -vos lo podés preparar? Si, si. Ahí la empiezo a querer de nuevo, las quiero a todas, quiero a todas las mujeres colaboradoras del mundo, y prometo que voy a devolver el favor, y que mi vida va a mejorar, y que habrá un tiempo de descanso que está pronto a llegar, y que nos va a alcanzar la plata, el tiempo, y sí León, vamos a viajar, a amarnos, a escribir, a conversar. Recuerdo que hoy mi día será fantástico, porque mi hada madrina, mi hermana mayor va a venir a salvarme las papas, y va a hacer todo lo que yo no puedo, va a terminar las cortinas que hace tres meses que están a medias, y todo, todo lo demás. Mi vida será otra. Y todavía el día no empezó. Ahora sí me voy. Hola -Lacan? -Cómo te va?

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