VERANO12 › “DIARIO PARA UN CUENTO”, DE JULIO CORTAZAR

Cartas en el asunto

 Por Rodrigo Fresán

En Deshoras (de 1982, última colección de relatos que Julio Cortázar publicó en vida) hay varias ocasiones para el regocijo. Allí flota “Botella al mar. Epílogo para un cuento” (inequívoco espécimen de crónica de eso que el escritor llamaba “figuras” y que –postdata a “Queremos tanto a Glenda”– se convierte en una explicación de cómo funcionaba la cabeza cortazariana y se las arreglaba para contaminar al mundo real con sus ficciones). Allí también se enciende “La escuela de noche” (gran cuento de terror y otra de esas tramas que hacen del belga argentino el más grande y mejor e hipotético guionista para The Twilight Zone al sur del Río Grande). Pero –por encima de todo y de todos– en Deshoras, cerrando el libro, se escribe y se lee “Diario para un cuento”, para mí, uno de los mejores relatos de Cortázar que, resistiéndose a ciertos tics y marcas registradas (que a mí nunca me molestaron y me siguen gustando), arranca proponiéndose convertirse en Adolfo Bioy Casares.

Y, sí, “Diario para un cuento” tiene mucho de Bioy (su desfile de mujeres fatales o fatalizadas) pero pasado por el filtro de Cortázar hasta erigirse en una especie de micronovela (como alguna vez lo fue “El perseguidor”) que juega con la idea de lo autobiográfico o, mejor, de la vida alternativa, de otra de esas figuras secretas (pero tan claras para quien sabe verlas) con las que está ensamblada la estructura del universo.

Y, por supuesto, en su afán de ser otra cosa –de pertenecer a otro a partir de la trama–, “Diario para un cuento” enseguida sucumbe, feliz y felices nosotros, a lo inevitable: convertirse en un relato que sólo pudo haber sido escrito por Cortázar y que, mientras se va armando, vacilante y dudando desde la magistral y absoluta seguridad, desborda de instrucciones y definiciones típicas del autor para quien lee y no demora en caer en ese “hueco de lectura”. Y, ahí dentro, esperan accesorios y fetiches reconocibles: una máquina de escribir Olympia Traveller de Luxe, los cigarrillos Gitanes, el oficio de traductor, el poético (de Poe) nombre de Anabel que no es otra cosa que una encarnación previa y prostibularia de La Maga, el paso por la Cámara Argentina del Libro, todo jugando en una atmósfera que a muchos les recordará un tanto a David Goodis y a otros tantos a Paul Auster.

Pero no.

Es Cortázar.

Me dicen que cada vez hay más gente que opina que Cortázar no fue ni es un gran escritor.

Saludos a todos ellos y aquí va mi recomendación de que lean o relean “Diario para un cuento” y después hablamos.

Me dicen también que hay una película basada en “Diario para un cuento”.

¿Tengo que verla?

Hace unos años, conversando con Francisco “Paco” Porrúa –editor y amigo de Cortázar– me contó una anécdota que me gustó mucho. Dijo entonces Porrúa: “Una vez, Cortázar me dijo algo que me emocionó mucho y que, creo, después repitió por escrito en una de las cartas que me envió. Me acuerdo que estábamos conversando de cualquier cosa, se hizo uno de esos silencios raros, y él lo rompió diciendo: ‘Todo lo que no ha sido dicho está dicho para siempre’. Después se puso de pie, vino hasta donde yo estaba, y me abrazó”.

Todo está dicho en “Diario para un cuento”, último relato del último libro de cuentos de Julio Cortázar donde, cerca del final, en boca del narrador, leemos: “No me queda casi nada”.

Gracias por todo.

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