VERANO12

TURISMO URBANO

 Por Hebe Uhart

El cuento por su autor

Escribí este cuento hace unos dos años y es autobiográfico. Lo hice a partir del recuerdo de un amor, una pareja que tuve de joven. El tomaba mucho y yo creía que era una costumbre fácil de erradicar, como así también su falta de amor al trabajo. No es que odiara el trabajo, le aterrorizaban los jefes, las oficinas, la policía y las madres de las novias aunque ya se hubiera acabado su noviazgo. El cuento se llama “Turismo urbano” porque mi novio y yo vagábamos por las calles de Buenos Aires y visitábamos a amigos y conocidos. En esas exploraciones le conocí toda clase de amigos, conocidos y benefactores que él tenía. Había gente que le regalaba ropa que ya no usaba, en buen estado, y unos amigos de apellido ilustre a los que llamaba “Los ex hombres” (por su deterioro físico y mental). También era amigo de gente que no bebía, protectores y protectoras que le daban un lugar para dormir, un consejo, cincuenta pesos. Una vez que recibía algo, se iba diciendo: “Es gente mediocre”. Era como si esa gente hubiera nacido para protegerlo a él y sólo en eso se justificaban sus vidas. Esa valoración me dejaba perpleja. Yo pensaba: “¿Tanta gente mediocre puede haber?”.

En realidad no estaba muy enamorada de él, lo quería mucho y quería reformarlo, cambiarlo. Yo trataba de llevarlo a todos lados, con lo que me costaba sacarlo de su círculo. Una vez lo arrastré a lo de un psiquiatra, él fue borracho y se puso a hablar en alta voz en el sagrado recinto del consultorio, el psiquiatra casi nos echa. Todos los intentos de transformación fracasaban, pero yo no me daba por vencida.

Todo esto ocurrió en los sesenta y pico. En 1970 estrené en el teatro del Centro una obra de teatro, Un pájaro gris, gordo, de pico corto, dirigida por Laura Yussem. Yo ya no salía con el personaje principal de la obra. Pero él y sus colegas (sobre todo los borrachos) se habían enterado de que se representaba una obra sobre ellos y estaban en el bar de al lado, tomando vino y controlando de lejos lo que sucedía en el escenario. Un día que vino muy poca gente a la función, Laura Yussem me dijo, en relación con ellos: “Ni siquiera sirven para hacer número”. Pero no entraban porque a ella le tenían mucho miedo.

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