CONTRATAPA

Cassandro de América

 Por Juan Forn

El hombre que se está maquillando dice que la lucha libre es para los mexicanos lo que supo ser la Commedia dell’Arte para los italianos: un espejo colectivo donde reconocerse. Desde el fondo del camarín se oye la voz ronca de otro luchador que dice: “Déjate de pinches mamadas”. El que se está maquillando murmura, con los ojos fijos en el espejo: “No son pinches mamadas. Lo dijo el Monsi”. El Monsi es el gran Carlos Monsiváis, que fue hasta su muerte en 2010 uno de los más devotos seguidores de la Asociación Universal de Lucha Libre de su país. Monsiváis decía que el único lugar donde seguía existiendo el melodrama mexicano era en los rings de lucha libre, y su ejemplo favorito era el hombre que se está poniendo ahora pestañas postizas frente al espejo. Su nombre es Saúl Echeverría, pero se lo conoce universalmente como Cassandro.

Como Monsiváis, el pequeño Saúl se hizo fanático de niño, viendo las películas de El Santo por televisión. Los luchadores mexicanos eligen sus nombres y su correspondiente máscara cuando empiezan su carrera, y nunca revelan su verdadera identidad, ni cambian su máscara. Los más populares se convierten en calcomanías, marcas de golosinas o héroes de comic. El Santo era tan grosso que llegó al cine: sus películas superaban en popularidad las de Cantinflas. En 1984, ya largamente retirado, se sacó brevemente su máscara plateada en un homenaje en la televisión: era la primera vez que mostraba su cara desde 1942. Una semana después estaba muerto, de un ataque al corazón. El hijo heredó la máscara, el nombre y la leyenda; en breve llegaremos a él, y a sus dos enfrentamientos con Cassandro, porque el joven Saúl eligió ese día su destino.

Saúl había nacido en El Paso, pero desde los diez años se escapaba de su casa y cruzaba la frontera a Ciudad Juárez para asistir a las veladas de lucha libre. Con la caída de la noche se acababan los micros de Juárez a El Paso; y un día, el joven Saúl se cansó de conseguir transporte de vuelta a cambio de mamadas y se quedó en Juárez. Entró al gimnasio de Rey Misterio y, cuando estuvo listo para debutar y debió elegirse un nombre, Rey Misterio lo eligió por él. En Tijuana había una famosa madama llamada Cassandra, que en sus años mozos había sido la puta más solicitada por los peces gordos a ambos lados de la frontera. Con sus ganancias mantenía un hogar de madres solteras y niños de la calle. Rey Misterio sabía que se estaba muriendo y quiso homenajearla a través de su pupilo. El joven Saúl aceptó porque vio un signo: como la vieja madama, él ofrecería en el ring un cóctel de sensualidad y entretenimiento, escándalo y generosidad. Decidió que, en lugar de máscara, usaría maquillaje y que su atuendo sería un traje de baño enterizo de mujer al que adosó la cola de un viejo vestido de novia, y así subió al ring y salió del closet en un mismo movimiento.

Los luchadores mexicanos se dividen en “técnicos” (los que pelean siguiendo las reglas) y “rudos” (quienes las transgreden alegremente); pero hay una tercera categoría flotante que son los “exóticos”. Inicialmente, los exóticos eran dandies que subían al ring de punta en blanco, escoltados por un valet que repartía flores a las damas del ringside. Con el tiempo fueron flirteando cada vez menos con las mujeres y más con el kitsch y el amaneramiento, hasta que se convirtieron en los villanos favoritos de la lucha libre. Se suponía que actuaban el personaje y que en la vida real era tan machazos como el resto, pero los abuelos y las nietitas del público se desgañitaban gritándoles “¡Joto!” y “¡Culero!” en sus peleas. Cassandro fue el primer exótico en declararse abiertamente homosexual y en sólo dos años de carrera logró una pelea por el título con El Hijo del Santo.

Era inconcebible que un exótico derrotara al luchador más popular de México y Cassandro no soportó la presión adversa: dos semanas antes de la pelea, se cortó las venas. Su compañero Pimpinela Escarlata lo encontró en un charco de sangre y le salvó la vida. Igual se presentó al combate: El Hijo del Santo obtuvo el título y Cassandro se ganó para siempre el respeto del público y sus colegas. A partir de entonces se sumergió en una bacanal de drogas y alcohol. “Me sentía Wonder Woman. Creía que nadie se daba cuenta.” Estaba en la cima de su carrera cuando murió su madre en 1997; él mismo la maquilló en la morgue, llorando y aspirando líneas de cocaína. En ese estado obtuvo su primer título, hizo diez defensas, pero dejó colgadas otras catorce, despilfarró todo su dinero, acabó durmiendo en el piso del Sindicato de Luchadores, consumiendo a todas horas. En 2003 cayó preso por posesión de crack y, cuando fue liberado, tuvo una sobredosis. Una cuñada lo dejó en la puerta de un centro de desintoxicación y le dijo que no quería verlo más. Era el 4 de junio de 2003. Cassandro recuerda bien la fecha porque la tiene tatuada en su espalda, debajo de un faro que simboliza el camino a seguir.

La atracción máxima en la lucha libre mexicana son los desafíos; así se asciende en el ranking. Los luchadores apuestan su máscara: el perdedor es desenmascarado, el público ve su cara por primera vez, los diarios publican su nombre; perder la máscara es perder el honor, el luchador debe empezar de cero con una nueva identidad. En 2007, Cassandro desafió a El Hijo del Santo. Como peleaba con la cara al aire, el desafío fue máscara contra cabellera. Cassandro volvió a perder (“¡El Hijo del Santo no puede ser vencido!”) y lo sometieron a la peor humillación: le afeitaron su hermosa melena rubia en el mismo cuadrilátero. Cassandro lloraba sin consuelo: no podría volver a ostentar jamás su look Farrah Fawcett en un ring. Pero en un gesto inédito, la Asociación le concedió el derecho a seguir usando su nombre y, cuatro años después, le arrebató el título a Doctor Cerebro y coronó su carrera.

El Hijo del Santo, que ya estaba retirado y conducía su propio programa de tevé, invitó a Cassandro y le dedicó toda una emisión. El Hijo del Santo es un hombre muy conservador, hace el programa vestido de traje (aunque con la máscara puesta), sentado en un sillón alto en un decorado que parece un monasterio de clausura; pero ese día hizo un encendido elogio del coraje de Cassandro dentro y fuera del ring, le sacó declaraciones extraordinarias (“El maquillaje es mi máscara. Soy un libro abierto, no tengo secretos”; “Uso todo lo que tengo en el ring, también los labios; me encanta besar en la boca a mis contrincantes”; “¿Sabes contra quién lucho en el ring? Contra Cassandro, el tipo que necesita ser famoso”) y, para coronar el programa, hizo pasar al invitado a su santuario, donde le mostró las cincuenta máscaras que había arrebatado en su carrera (un record hasta hoy inigualado) y, a continuación, le tendió solemnemente una caja de cristal que contenía la cabellera rubia que le había rapado en 2007. Cassandro lloraba como un niño, ríos de rímel corrían por sus mejillas y manchaban su prístina camisa blanca con volados. Lástima que el Monsi ya estuviera muerto; hubiera sabido disfrutar el momento como nadie.

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