CONTRATAPA

Sin alma

 Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO En su novela Pattern Recognition, el escritor William Gibson propone una explicación místico-geográfica-temporal para la pesadilla del jet-lag. Según Gibson, nuestras almas no pueden asimilar de inmediato la velocidad y la altura de un trayecto largo y horizontal en avión y, por lo tanto, apenas unidas a nuestros cuerpos por un filamento elástico e invisible, optan por quedarse atrás, viajar mucho más lento y demorar unos cuantos días en volver a llenar el envase de nuestras osamentas. De ahí que nosotros, arrojados desde la tierra a los cielos y a la tierra otra vez, vaguemos durante unos días como zombies incompletos. No como no-muertos pero sí como no-del-todo-vivos. Como si fuéramos espectadores distantes de la propia película y, de golpe, nos pareciera una película tan mal escrita, tan mal filmada y, sobre todo, tan mal actuada.

DOS Todo esto para decir que, recién regresado a España, apenas aterrizado y con jet-lag, fui a ver Volver, el nuevo film de Pedro Almodóvar. Era la primera sesión de la tarde, hice una lenta cola donde abundaban señoras de esas que dicen “se me fue el santo al cielo” o “me volvió el alma al cuerpo”. No había ningún moderno ni ninguna fashion y –detalle gracioso– los responsables de la sala se habían olvidado de descolgar el cartel del estreno anterior y allí, en la marquesina, se leía y se veía el poster de Memorias de una geisha: el primer plano pálido de una oriental ocupando el sitio que le correspondía al poster con primer plano de una ibérica. En cualquier caso, una y otra son animales serviles que un buen día se cansan de serlo. Y algo así como dos horas después y muy cansado, yo salía de las sombras en busca de la luz preguntándome a mí mismo si era posible que Volver fuera una película tan desalmada (por liviana, por hueca) o si el desalmado (el sonámbulo, el insensible) era yo por culpa del jet-lag. Y todavía hoy, varios días después, esperando el retorno de mi almita querida, me lo sigo preguntando.

TRES En esta España donde ETA acaba de anunciar lo que para muchos es un no va más y para tantos otros una maniobra maquiavélica, donde se firman estatutos en cámara lenta, donde adolescentes se reúnen a emborracharse en masa con la coartada de festejar la llegada de la primavera, donde se mira al inmigrante con piadosa paranoia, donde soplan cada vez más fuertes los vientos de la violencia de género y donde lo que en realidad preocupa es el trabajo y el precio de la vivienda, Pedro Almodóvar acaba de estrenar una película sobre las bondades –y acaso la imposibilidad– del regresar a las pequeñas cosas, a las raíces, a las fuentes, al paraíso del que nos autoexpulsamos para poder crecer y al que, una vez supuestamente realizados, soñamos con retornar. Volver es, también, luego de un par de películas testiculares –Hable con ella y La mala educación– el reencuentro de Almodóvar con su cine ovárico. Como Mujeres al borde de un ataque de nervios o Todo sobre mi madre, Volver es una comedia melodramática o una tragedia con risas. Pero aquí falta la Chica Almodóvar y abunda la Hembra Almodóvar de ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, aquella temprana obra maestra a la que Volver parece hacerle más de un guiño autorreferencial y tal vez demasiado satisfecho de sí mismo. Volver es una película sobre la muerte y los muertos y los fantasmas que existen donde no hay luz de neón capitalina sino penumbra de zaguán provincial para iluminar otro thriller doméstico bordeando con el culebrón y donde se reconocen –en ocasiones con irritación– ciertas marcas ya registradas. Aquí están la violencia matrimonial, el pasado como lugar donde se esconde lo inconfesable, el interludio/canción (una agitanado “Volver”), el insert de tele chatarra, las conversaciones en automóviles, el retruécano coloquial y gracioso, el macho como bestia más o menos bruta, el desplazamiento geográfico, el apunte gastronómico, la madre como tótem y tabú, la sangre derramada, esas cosas. Volver es también –así lo ha hecho saber Almodóvar– un homenaje a la España blanca y alborotada de su infancia manchega en constante duelo con la España negra del franquismo y de las sotanas fundamentalistas. “Hay un momento, entre los 40 y los 50 años, en que uno se detiene”, explicó Almodóvar hace poco. “Entonces uno mira adelante y hacia atrás. A mí, este momento me ha llegado en la cincuentena. He vuelto la mirada hacia mi infancia, y hacia adelante, sobre el tiempo que me queda hasta la muerte... He tenido mucha suerte ganando dinero con las películas que he hecho, pero mis recuerdos de infancia ya me dejaron muy claro de dónde procedo. Tengo imágenes muy claras del clasismo terrible que había en mi pueblo, que no sé si seguirá existiendo. Yo pertenecía a la clase de los pobres, y los ricos eran otra cosa, hasta te diría que eran los enemigos. Esa imagen no se me va, y no lo digo con ningún rencor. Pero si hubiera un gran problema, yo sabría dónde tendría que estar. Yo estaría contra los poderosos y los ricos porque mi sentimiento es un sentimiento de pobre al que no tengo que alimentar. Está dentro de mí.” Y apuntó en otra parte: “Sí, es curioso cómo las películas de mujeres me salen mucho más analgésicas. Las películas que he hecho de hombres son mucho más áridas, más secas, más pesimistas, donde la emoción que te lleva es una emoción corrosiva y oscura. Por alguna razón, es evidente que mis películas con hombres son más implacables con los personajes. Si hablo de mi propio género, lo que me atrae es lo más oscuro de mí mismo o del hombre en general. Un psicoanalista debería decir a qué responde esto, porque no es algo casual”. Y precisó: “La pasión no ha desaparecido de mi vida. Hay algo devastador en la pasión, quiero decir, la pasión te consume. Y como estoy sobreviviendo a mi primera y segunda juventud, hay un momento en que la pasión tiene que ir acompañada de cierta serenidad, incluso para que puedas expresarla como tú quieres. Y hay algo que me ha ocurrido en esta película que uno no prevé. Yo no preveía que el contacto con mis raíces me fuera a dar una serenidad tan importante para narrar esta película... Después de Volver me he quedado más frágil que cuando empecé”.

Yo también.

CUATRO Y todo lo anterior estaría muy bien si se viera reflejado en Volver. Pero, al menos yo, no lo vi, pero ya lo había visto en ese puñado de escenas magistrales de La flor de mi secreto cuando la heroína novelista regresa al pueblo chico para sanar sus heridas. A quien sí vi mucho, todo el tiempo, fue a Penélope Cruz. Y más que verla, la oí. Esa voz. Y, ahora que lo pienso, tal vez ése sea el problema. A Pe se la ama o se la odia. Y no habiendo conseguido convertirse en la nueva y hollywoodense Audrey Hepburn latina, la Cruz vuelve más o menos vencida a la casita de los viejos dispuesta a llevarse a todo y a todas por delante (las tan acotadas como plenas presencias de la gran Carmen Maura y la formidable Blanca Portillo son, aquí, casi un bálsamo, una tregua a su embate) con su primer protagónico by “¡Pedroooooo!”. Y está claro que Almodóvar le pidió una Anna Magnani (así queda más que claro en la tan explícita como innecesaria alusión a la Bellísima de Luchino Visconti); pero lo que le dio Pe es, con suerte, una Sophia Loren de bolsillo. Falda ajustada, escote generoso y el férreo convencimiento de que los pobres hablan todo el tiempo a los gritos –esa voz otra vez– y se la pasan cocinando y son tan pero tan nobles.

CINCO Pedro Almodóvar –quien recientemente reveló que él había sido el primer candidato para dirigir Brokeback Mountain– dijo que ya tiene otros dos guiones casi a punto. En lo personal –como seguidor fiel y admirador confeso– espero que sean menos personalistas y más personales, que no parezcan flotar entre las nubes con piloto automático, y que no acaben produciendo exactamente la misma sensación, el mismo vacío, que se experimenta luego de un turbulento, incómodo e interminable viaje de regreso.

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