DEPORTES › LA AFA ANALIZA SERIAMENTE LA POSIBILIDAD DE COMENZAR A JUGAR CAMPEONATOS A DOS RUEDAS DESDE JUNIO PRóXIMO

Los torneos cortos ya ingresaron a terapia intensiva

El máximo dirigente de la entidad de la calle Viamonte, Julio Grondona, dijo que se tomará seis meses para definir la situación. Las polémicas que causó la definición del último Apertura fueron el principal desencadenante.

 Por Gustavo Veiga

“Nos mean y dicen que llueve.”

(Graffiti español)

Después del cuestionado desenlace de un título, del lobby de los poderosos, de una muerte (o de decenas de muertes), de una protesta histérica y de cualquier hecho consumado, el fútbol argentino siempre nos depara transformaciones. Los cambios nunca son por convicción (los promedios que Julio Grondona defiende con tozudez serían la excepción), sino por conveniencia. Ahora y después del campeonato que ganó Boca, se trata de aquietar las aguas y se apela a una vieja receta que nunca debió abandonarse: los torneos largos. El presidente de la AFA dijo que se tomará seis meses para pensar este regreso a las fuentes, pero todo indica que ya tomó la decisión de desandar un camino de diecinueve temporadas de campeonatos cortos.

La medida es un experimento más (de los muchos que implementó desde 1983 y que le quitaron identidad y coherencia a la competencia local) que el dirigente siempre camufló con frases de circunstancia para engañar incautos. O para que todo pase, como reza su anillo macizo. Pero si su poder no oxida, tampoco resiste un archivo. Esta es la historia de un mamarracho que ya cruza tres décadas.

Grondona se dio cuenta de que los campeonatos abreviados no van más. De súbito, cree que terminará así con protestas como la que vivió en la puerta de su domicilio el presidente de San Lorenzo, Rafael Savino, o que evitará las quejas de jugadores y directores técnicos al borde de un ataque de nervios.

Cuando la AFA introdujo la variante de fraccionar los torneos largos en dos, allá por 1989, no fue para que “los clubes chicos tuvieran más chances de salir campeones”, según sostuvo el presidente vitalicio. La televisión había influido para que fuera así; le convenía el formato. Además, en los años ’80, Ferro y Argentinos Juniors ganaron dos títulos cada uno. Había intereses que no toleraban más ese tipo de éxitos de los menos poderosos. Porque no vendían.

“Queremos un solo campeón al año”, dijo el hombre que el 6 de abril de 2009 cumplirá treinta años al frente de la AFA. ¿Por qué cambió de opinión? ¿Se dio cuenta ahora del estrés que causan los torneos cortos casi veinte años después de implementarlos? ¿Qué hay detrás de todo esto? Una cosa es cierta. Grondona no podrá argumentar esta vez que pretende adecuar el fútbol argentino a los calendarios europeos, que tienen una temporada desdoblada en dos años. Tampoco que los campeonatos largos estimularán las giras de equipos al exterior durante el receso entre Apertura y Clausura. O que la Selección Nacional jugará más partidos amistosos, con los conflictos que existen entre la FIFA y el G 14, el grupo de clubes más poderosos del planeta fútbol.

Ninguna de esas coartadas será posible. Ni hará falta convencer a los futbolistas de que necesitan imperiosamente tomarse las vacaciones en invierno. Todas estas cuestiones perderán sentido. Quizá lo tenían hace dos décadas, cuando la AFA las usó para imponer los torneos cortos. Lo que importaba era el negocio, como siempre.

Hoy, ni los clubes, ni sus hinchas, ni siquiera una violencia que ya ocasionó –según la organización Salvemos al Fútbol– 232 muertes, ni las economías de las centenarias sociedades civiles sin fines de lucro, son lo que importan. Vuelve a importar el producto. Y si el fútbol se desmadró, como pasa con los comentarios sobre incentivación que muchos alientan o los gestos que merecerían 20 fechas de suspensión (el de Gonzalo Bergessio contra Héctor Baldassi es una prueba), fue porque el “Todo pasa”, made in Sarandí, goza de buena salud.

Los cambios que ahora propone Grondona no hubieran llamado tanto la atención entre 1985 y la temporada 1991-92. En esos años eran lo más corriente. Primero se pasó de los campeonatos largos a los desdoblados. Argentinos Juniors ganó el último Nacional en el ‘85 (tras disputar dos finales con Vélez), un certamen que había comenzado a jugarse mientras ya había arrancado la temporada 1985-86. Aquel torneo se había dividido en ocho zonas, con siete etapas y una rueda de ganadores y otra de perdedores. Un verdadero jeroglífico.

La transición hacia lo que hoy se conoce como campeonatos cortos continuó hasta 1989-90 cuando se disputó el último certamen largo en el que se consagró campeón River con siete puntos de ventaja sobre Independiente. Pero una temporada antes (la ’88-’89), Grondona instaló el sistema de tres puntos por partido ganado y la definición por penales en caso de empate. El que vencía en esta instancia, además de un punto por la igualdad, sumaba otro adicional. Pero para los promedios que ya estaban incorporados desde el Metropolitano de 1983 no se tomaba en cuenta la serie de penales. El descenso de San Lorenzo en 1981, el primer grande que perdió la categoría, persuadió a la AFA de crear el nuevo status quo. Había que usar mucho la calculadora y hacerse de paciencia en las maratónicas definiciones con tiros desde el punto del penal. Hubo una que quedó en la historia como la más prolongada en la historia del fútbol argentino. En la cancha de Ferro, donde jugaba como local, Argentinos derrotó a Racing por 20 a 19 tras 50 minutos de tensión acumulada (el partido había finalizado 2 a 2 en los ’90). Se patearon 44 penales y obviamente se erraron cinco: un 88,63 por ciento de eficiencia. Después de esa temporada, nunca más se volvió a usar la definición por penales como sistema de desempate en los torneos locales. Mucho influyó en la decisión ese partido. La AFA innovaba pero le salía mal. Un toque de ese estilo podía haber prosperado en Estados Unidos pero no acá.

La primera temporada de torneos cortos derivó en un hecho insólito: Newell’s ganó el Apertura 1990 y Boca el Clausura 1991. Pero este último obtuvo el torneo invicto y con tres puntos más que los rosarinos en la suma de los dos campeonatos. Como sólo había lugar para un campeón, jugaron dos finales (ganaron una cada uno) y el equipo conducido por Marcelo Bielsa obtuvo el título tras la definición por penales en la Bombonera. El arquero Norberto Scoponi fue la figura al detener dos remates desde los doce pasos. Desde entonces, a Boca lo declararon ganador del Clausura, pero no campeón. Por eso suma 23 títulos y no 24.

Este error de cálculo de la AFA se enmendó al año siguiente, cuando la modalidad de los campeonatos cortos se aprobó tal como se la conoce hasta hoy. Habría un campeón para cada torneo: Apertura y Clausura. Por aquel certamen invicto del ’91, los dirigentes boquenses se plantearon incorporar una estrella más a su tradicional escudo. Era una forma de revelarse contra la injusticia del ridículo sistema de definición.

Grondona quiere cambiar todo de nuevo porque “...así terminamos con las protestas y las disputas, ya que tuvimos que escuchar a los jugadores y a los técnicos hablando toda clase de barbaridades”. Se refería al estrés que provocó el triangular (desde su mismo sorteo, protestado por San Lorenzo) que acaba de consagrar a Boca campeón.

En el fútbol argentino siempre se trata de tapar agujeros o de introducir cambios por reflejo condicionado. Su máximo dirigente es una especie de alquimista que durante años se jactó de que aquí se disputan los torneos más atractivos del mundo. Incluidos los devaluados campeonatos del Ascenso, su principal laboratorio de experimentos, donde el público visitante sigue prohibido. Pero Grondona, a la hora de hacer cumplir los reglamentos, no resiste una investigación rigurosa porque hace mucho que el fútbol se le fue de las manos. Esa es la gran contradicción que no puede resolver su poder ilimitado.

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Los jugadores de Boca festejan el título ganado el martes pasado en el estadio de Racing. Pudo haber sido el penúltimo certamen a una sola rueda.
Imagen: Alejandro Leiva
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