DEPORTES

El rebote

¿De quién es la plaza?

Por Pablo Vignone

Son las 19.35 y está por comenzar la tanda de los penales, pero en Buenos Aires se oye el silencio propio de las tres de la mañana. Cruzo la calle buscando alguien con quien hablar, para saber qué siente, cómo vive este momento culminante, pero la plaza está completamente desierta. Me las aguanto. Un colectivo pasa a lo lejos, un automóvil que amaga con un bocinazo. De las ventanas, de los balcones baja un murmullo leve mientras se decide el orden de los shoteadores, mientras los arqueros caminan al cadalso. Estalla el primer grito disperso cuando remata Vlaar, hay alaridos sueltos de elogio a Messi cuando toma ventaja. La vuelta a la plaza está completa, la ronda aún arranca. Otra vuelta más. Truenan cohetes cuando le contienen el penal a Sneijder, uno o dos salen al balcón a desahogarse, se oye alguna puteada a propósito de Agüero. La plaza es completamente mía en el preciso momento, a las 19.43, en que el pandemonio definitivamente estalla. ¿Será, próximamente, de ellos?

Un anticipo heroico

Por Ariel Greco

“Hoy, hoy, te convertís en héroe.” La cámara indiscreta permitió leerle los labios con claridad a Mascherano cuando arengaba a Romero, justo antes de darle un beso. Justo antes de la serie de los penales. Y el arquero argentino le hizo caso a Mascherano. Luego de un Mundial más que correcto, donde dejó en el olvido su inactividad en el Mónaco y tuvo rendimientos de buenos a muy buenos, Romero necesitaba un plus para llegar a ese lugar de reservado para los elegidos. Sirve un ejemplo para explicarlo: Nery Pumpido, a pesar de ser campeón del mundo, no tiene el reconocimiento que sí tiene Sergio Goycochea, que no pudo serlo. Pero aquellos penales de Italia ’90 marcaron a fuego su historia. Ahora en caliente, resulta imposible no trazar el paralelismo con Romero. Los penales ante Vlaar y Sneijder se repetirán como aquellos de Donadoni y Serena. Y como predijo el capitán sin cinta argentino, Romero se convirtió en héroe.

Que vuelvan las estrellas

Por Facundo Martínez

Si hubo algo que se le criticó a la Selección en este Mundial fue que el equipo no conseguía aparecer más allá de los destellos individuales de sus estrellas como Lionel Messi, Di María y Mascherano, que de todos es el único que jugó bien los seis partidos disputados. Pero ayer sí se pudo ver al fin al equipo, tanto que prácticamente no brilló ninguna de sus estrellas. Fue un partido de equipo, jugado con el corazón, la garra y las pulsaciones a mil, ante un rival durísimo llamado en los papeles a derrumbar la defensa argentina, pero que finalmente estuvo lejos, bastante de lejos de hacerlo. Es cierto que ayer tampoco la Argentina tuvo tantas chances como para lastimar a Holanda, para evitar el sufrimiento de los penales. La Selección apostó todo al equilibrio, y Messi debió pagar la cuenta. La final será otra cosa. La oportunidad de unir el concepto de equipo con la calidad individual. Eso es la Argentina.

Hay que aferrarse a la épica

Por Gustavo Veiga

Había que ganar la semifinal con inteligencia y Argentina lo hizo. Apareció el equipo: sólido atrás (el tercer partido consecutivo sin recibir goles), atento para recuperar la pelota, ordenado para no ofrecerle espacios a Robben. Bastó con esa parte del libreto para llegar a los penales, porque la otra casi nunca se pudo plasmar. Messi no estuvo en su noche, Higuaín quedó muy aislado arriba y sólo las espasmódicas apariciones de Enzo Pérez alimentaban la ilusión de un quiebre en los ’90. Romero completó la faena con dos atajadas fenomenales en el momento cumbre. ¿Alcanzará con tan poco contra Alemania? Si llegamos hasta acá, ¿Por qué no soñarlo? La historia del fútbol argentino tiene una épica. Hay que aferrarse a ella. La anemia en el juego y la dimensión del rival que se viene, requieren de soluciones simbólicas y también mágicas. Por eso, nunca mejor que ahora ser puntos antes que banca.

Se transformó en otro equipo

Por Daniel Guiñazú

Curiosa voltereta dio la Selección para llegar a la final del domingo ante Alemania en el Maracaná. Arribó a Brasil enamorada de sus Cuatro Fantásticos (Messi, Higuaín, Agüero y Di María) y convencida de que lo suyo no era la posesión de la pelota, sino el “golpe por golpe”. Y a medida que fueron pasando los partidos, primero la lesión de Agüero y la entrada de Lave-zzi ante Nigeria y luego, la baja forma de aquellos atacantes poderosos y los ingresos de Biglia y Demichelis por Gago y Fernández ante Bélgica, terminaron fraguando un equipo con el signo inverso: firme, rocoso e intenso en el fondo. Afirmado en una tenencia prudente y cautelosa de la pelota. Sin generación de juego ni poder de gol. Pero con una entrega enorme. Será ese equipo nuevo que Sabella encontró en el camino el que intentará la hazaña ante los alemanes. Si hasta aquí le alcanzó para ir avanzando, no hay razón para pensar lo contrario justo ahora que falta tan poco para pasar a cobrar el premio mayor del Mundial.

Sobresaliente Mascherano

Por Diego Bonadeo

Multitudinario recibimiento al seleccionado costarricense de regreso a su país. Antojadizas reflexiones de Juan Manuel Pons en Fox, afirmando que Brasil perdió con Alemania por salir a atacarlo. Llamado telefónico de Ruben “El Mago” Capria a Norberto “Ruso” Verea apenas terminada la semifinal del martes con un esperanzador mensaje: “No todo está perdido”.

Esto y tanto más, como los gravísimos desórdenes sucedidos en Brasil tras el partido contra Alemania, antecedieron al partido entre Argentina y Holanda. “Real men wear orange”, escrito en holandés y en inglés –traducido es “los hombres de verdad usan naranja”– escrito en el micro que llevó a los europeos al estadio, parecía otra muestra de soberbia y, por qué no, violencia anticipada, característica de esta selección en los últimos tiempos, independientemente de sus momentos de buen juego, pero muy lejos de, por ejemplo, la transparencia futbolera del maravilloso equipo subcampeón del mundo en 1974. El trámite del primer tiempo fue con mucha retención y dominio territorial de la Selección Argentina, y se dieron situaciones antirreglamentarias demasiado reiteradas de parte de los europeos. Otra vez la multiplicidad de Mascherano, sumado a la peligrosa movilidad de Lavezzi fueron las mejores recetas. De todas maneras, fueron pocas las situaciones de riesgo, salvo un tiro libre de Messi. Por parte de Holanda, no hubo intervenciones de Robben y una vez más fue notoria la inoperancia de Van Persie. Mejoró Enzo Pérez, también Biglia, y Argentina fue más que Holanda en el segundo tiempo, en el que Van Persie se echó atrás como buscándose juego, pero en los 90 minutos hubo un solo remate neto al arco de Holanda. Así, sin demasiados sobresaltos para ninguno, aunque con un Mascherano sobresaliente, se llegó al alargue, y la monotonía, común denominador de casi todo el partido, llevó a los penales.

Los aciertos de Messi, Garay, Agüero y Rodríguez, más la eficiencia de Romero, llevaron a la Selección a la final de la Copa del Mundo. Fue además un castigo para la selección holandesa.

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