DEPORTES › OPINIóN

Un monumento, ahí

 Por Mario Wainfeld

Por suerte el partido se disputó el 9 de julio, uno de esos feriados que no se mueven. De no ser así, algún diputado oficialista ya habría presentado un proyecto de ley para decretarlo “día de Mascherano, su corazón y un par de partes más”. El oportunismo de los políticos es tremendo, indignante. En la exposición de motivos, figuraría acaso la propuesta falsamente conciliadora de invitar a la reina Máxima y al monarca (cuya cara tiene algo de la de Van Gaal). No podrá ser, pero los enmascarados no se rinden. Nos cuentan que avanza la iniciativa de hacer una estatua del caudillo, junto a Sergio Romero y a Lionel Messi. Y, con ese artilugio patriotero, confinar en un sórdido depósito al monumento a Cristóbal Colón, tan maltratado por el relato, las lluvias y las mudanzas.

Los partidos, en buena hora, se rememoran por los goles convertidos, por algunos perdidos, por grandes atajadas. El de ayer, tamañamente táctico y conservador, merece ser una excepción. Y evocarse por ese cruce que le hizo Mascherano a Robben cuando el pelado maldito se aprontaba a marcar el gol y quedarse con la clasificación. Fue en el suspiro final del tiempo reglamentario. Masche llegó con la punta del botín, con el alma, producto de su enorme capacidad física tanto como de su inteligencia para leer el juego. Llevaba corridos chiquicientos metros, que los artilugios técnicos de la FIFA no saben medir.

Romero, el arquero en el que solo Alejandro Sabella confió y ahora todos queremos, se consagró en el trance homérico de los penales. Los otros jugadores estuvieron concentrados y comprometidos todo el tiempo. El hincha argentino idolatra a los virtuosos, pero siempre exige “güevos”, que a veces se confunden con violencia o sobreactuaciones. Los muchachos dejaron todo en la cancha, mantuvieron un nivel de concentración mayor que la media de los players argentinos (dados al mate y al truco, dos pasatiempos en los que se conversa sin ton ni son, se pierde el tiempo y se fabula de más).

La Selección tiene güevos pero (¿o porque?) no pega mucho, no llora mayormente las infracciones en contra. Comparada con los equipos de club de nuestro fútbol de Primera, está para el premio Fair Play por aclamación.

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En el comando de campaña de Daniel Scioli se la veían venir, porque ninguno de los dos resultados finales salvaba al gobernador del problema. El naranja, que es el color emblema de la “Gobernación Scioli”, por unos días llamará la atención de las multitudes como una capa roja a un toro. Por eso, los focus groups de ciudadanos estaban convocados de antemano, para las ocho de la noche, cuando todo hubiera terminado. La idea era medir si ese color podía motivar vaivenes de opinión pública. Para irlo testeando, y con notable sacrificio, los miembros de la consultora y los funcionarios caminaron varias cuadras vestidos de naranja, pero con textos referidos al gobierno provincial. La experiencia fue desoladora y no exenta de riesgo físico: los bonaerenses les hacían burlas, les saltaban alrededor... Hubo algunos deslenguados que volcaron comentarios o consejos personales para Máxima, algunos francamente irreproducibles.

Los focus en sí mismos no arrojaron resultados concretos. Los entrevistados querían cobrar de antemano la jugosa suma pactada para meterse en ese incordio un día de descanso. Y exigían birra, fernet, Coca y vino para brindar. Cuando empezaron a beber, patearon la mesa y los grabadores y se fueron literalmente de joda. Los consultores, lamentamos consignarlo, se plegaron al festejo, abandonaron la medición y salieron a la calle.

Scioli no mosqueó ante la supuesta mala nueva. Prometió afrontar el desafío con esfuerzo, trabajando y comprando nuevos patrulleros.

Sus operadores esperarán las reacciones de otros dirigentes y eventualmente agregarán otras movidas. Intuyen que los mandobles más fuertes le caerán desde ciertas agrupaciones o dirigentes kirchneristas que desde “la opo”.

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Hubo un rato en que los dos rivales entraron a pegarle a la pelota para arriba, a pasársela altruistamente a un contrario. Hasta Garay (un tipo serio, pulcro en la salida, nada aparatoso y cumplidor) le pegó un vergonzoso patadón a la pelota, tirándola afuera. Ahí mostró que se le había salido un botín, que llevaba en la mano. Ese tramo horroroso no fue la media de los ciento veinte minutos. Sí el cuidado extremo, la cautela como ley primera, no dejar espacios como mandato dominante. Partidos como ésos solo se tornan atractivos cuando se “abren”, cuando hay un gol que obliga a uno de los contrincantes a buscar el ataque. No sucedió y seguramente habrá críticas por la falta de ambición criolla.

Las “oportunidades de gol” aparecen a cuentagotas. Messi, marcado con celo por los naranjas, igual se las rebuscó para armar una jugada genial que pudo definir el partido. Garantiza una, por lo menos, las inventa de la nada cual un alquimista. Gambeteó a media Amsterdam y a toda Rotterdam, hizo equilibrio sobre la raya de fondo y le dio un pase-gol a Maxi Rodríguez, que no le entró con la fiereza certera que lo caracteriza. El venerable leproso tuvo su revancha en el penal definitorio, que el arquero tocó pero que no pudo desviar por la violencia que llevaba. ¡Salute Maxi, emblema y laburante!

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Los holandeses estudian acudir a los Tribunales de La Haya, que les quedan cerca, acusando a los argentinos de algún desaguisado. No saben por qué, lo irán definiendo. La Argentina es para “el mundo” el estereotipo de delincuente que tanto critica el juez Eugenio Raúl Zaffaroni. Aunque no existan grandes motivos, siempre hay resquicio para una denuncia en su contra. Varios medios argentinos se las hacen con denuedo.

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Nos espera Alemania, con un favoritismo formidable. Lo construyó paso a paso, pegando un salto de gigante contra Brasil. A diferencia de Argentina, a nuestros vecinos hermanos los paralizó el miedo escénico: jamás se creyeron mejores o competitivos con sus rivales. Para poder, primero hay que querer, en todos los órdenes de la vida. Y Argentina quiso llegar al Maracaná, supo y pudo.

Alemania fue el mejor hasta acá. Con el historial mundialista entrambos es imposible cantarle “decime qué se siente”, más bien nos tienen de hijos. Pero en una final nada está escrito de antemano, rige la famosa dinámica de lo impensado.

Y si no se consiguiera, los muchachos ya se ganaron el aplauso y el agradecimiento. No porque sean “de cajón” el mejor equipo del mundo, sino porque pugnan por serlo, con armas nobles y una garra conmovedora.

Hagamos Lío, mientras cantamos a coro, sufriendo o festejando en simultáneo y en tiempo real. “Tiempo real”, sí... no es una gastada, Majestad Máxima, es una expresión idiomática.

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Imagen: Leandro Teysseire
 
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