DEPORTES › CALLES Y AVENIDAS CORTADAS EN TODA LA CIUDAD POR LA MULTITUD

Un festejo que reunió de a miles en cada barrio

 Por Soledad Vallejos

El festejo era una ola que llegaba al centro desde los barrios. Y es decir mucho, porque en los barrios la alegría nacía desbocada. Con la sonrisa que parecía grabada a fuego, Estefi, de 22, decía que estaba viviendo algo histórico. A un mes de parir su segundo hijo, con su chiquito de 2 años agitando una bandera argentina de plástico desde el cochecito, había corrido a la esquina después del último penal. “Mi generación nunca vio a Argentina en una semifinal. Menos en una final. Uno quiere que esto pase, pero nunca lo había vivido”, dijo. Y entonces agregó: “¡Hasta hoy!”. A su lado, su madre, Liliana, de 60, mostraba como evidencia la pequeña cábala que había arrebatado a su nieto: un ratón Mickey con el pecho cruzado por dos banderas argentinas.

La avenida San Juan era una marea celeste y blanca de seres humanos, perros, objetos. Las camionetas saltaban, como los colectivos, las motos, los autos. Adentro y afuera, lo que poco después de las 8 de la noche era un rumor se había convertido, de repente, en un crescendo que podía terminar pero no todavía, no ahora: siempre hay un rato para cantar un poquito más fuerte y refrescar el repertorio mundialista guardado durante años. Aunque la Selección acababa de superar a los holandeses, surcaba el aire el clásico “el que no salta es un inglés”, y la multitud saltaba. Mientras saltaba, avanzaba sobre San Juan, bajo la mirada atenta de policías uniformados que, mientras velaban por el orden del desorden, no lograban disimular una sonrisa. La sinfonía de bocinas, gritos, vuvuzelas improbables tenía esos efectos.

La multitud, entonces, saltaba como desbocada. Pero si en medio del cantito el semáforo habilitaba el tránsito, liberaba la avenida y seguía cantando desde las orillas, arengando a las poblaciones migrantes de los autos, las cajas de las camionetas, las motos, que devolvían el calor con bocinazos y más, más cantitos. A la hora de elegir letras, no sólo la lógica, también la métrica era lo de menos. “Vení, vení saltá conmigo/ que de la mano de Messi/ todos la vuelta vamos a dar” le seguía a la promesa de volver “a ser campeones como en el ’86” y a una improvisación forzada por las circunstancias: “brasilero, brasilero, siete, te querés matar, te comiste siete goles y nosotro’ a la final”.

Frente al Congreso, iluminados por la pantalla que multiplicaba las escenas de festejos en distintos puntos de Brasil y Argentina con transmisiones televisivas, un grupo de vendedores ambulantes había cambiado las valijitas con bisutería por la mercadería hitera del día. Banderas de tela por 50 pesos, gorros celestes y blancos cargados de cascabeles por lo mismo. A algunos metros, un colega ofrecía pulseritas albicelestes por 5 pesos. ¿Había compradores para todos? Eso aseguraban. Y el cotillón de colores patrios alrededor delataba que si no ellos, al menos sí otros vendedores lo habían logrado.

Pasaban los minutos, las horas, empezaba a apretar el frío, la marea no aflojaba. Por la avenida Corrientes avanzaba una procesión incesante hacia el Obelisco. Si en Boedo, Caballito, y algunos rincones de Once predominaban las familias, llegando al centro ya reinaban los grupos de amigos, de todas las edades. Los flashes acompañaban la fiesta, las autofotos, los videos caseros que nadie parecía privarse de registrar con sus celulares.

Como los gorros con cascabeles, los de arlequines, las banderas, las camisetas, las bocinas y las réplicas de plástico de la copa eran poco, había quienes apelaban a disfraces, aun de caballo blanco, como un chico que recorría la ciudad asomado por el techo de un auto.

Desde la esquina de Callao, sentados ante una mesa en plena vereda, en medio de los cantitos, un grupo de diez amigos, con sus niños, velaba una picada y unas cervezas. No arremetían porque tenían un deber previo, y lo estaban cumpliendo. “Llamalo, ¡llamalo!”, gritó una de las mujeres, y entonces uno de los hombres marcó el número de un amigo que había faltado a la cita, se cercioró de ser atendido y puso el teléfono en altavoz. Alguien contó hasta tres y el coró arrancó: “¡Brasil, decime qué se siente...!”

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Imagen: Leandro Teysseire
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