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El bondi del Mundial

La postal de Acoyte y Rivadavia era como la de las publicidades y rebalsaba por la marea celeste y blanca de centenares de vecinos. Todos cantaban y saltaban en la calle, desde los balcones de las casas, las terrazas, los restaurantes y los techitos de chapa de los puestos de diario. Los hitazos de la noche eran el “Brasil, decime qué se siente” y una pelota vieja de unos colores gris y azul feísimos, que alguno se había traído sin pensar, del apuro por salir a festejar, pero causaba sensación. Volaba de un lado a otro y siempre le caía justo en la cabeza al que no estaba prestando atención. “Damela a mí, damela a mí”, pedía desesperado un grandote barbudo y se le abalanzaba a una señora que prefería resignar su chance de revolearla para no tener problemas. También había varios pares de bombos y redoblantes. No hacía falta mucho más para armar la fiesta, lo más importante lo habían puesto Mascherano y compañía diez minutos antes de la euforia en Caballito.

Los grupitos en la calle charlaban, tomaban cerveza, fumaban, se sacaban fotos y filmaban con sus celulares. No era el tiempo para los análisis deportivos, no tenía sentido hacerlos tampoco.

De la generación del ’89, este cronista nunca pudo ver a la Selección Argentina en la final de un Mundial; el subcampeonato en Italia lo agarró en pañales, literalmente. Quizás eso lo llevó a preguntarle únicamente a un hombre más grande, de unos 60 años, con la experiencia de dos títulos encima, qué sentía cuando miraba emocionado la murguita que se había improvisado sobre las avenidas.

–Una alegría enorme –fue lo único que pudo articular.

A la pelotita fea pero linda ya la habían colgado desde hacía unos minutos. En la tempestad, un colectivo de la línea 5, lleno de pasajeros que se sumaban al canto de afuera, intentaba cruzar por Rivadavia y dos pibes se le subían al techo, otro más. Era el bondi del Mundial.

Informe: Gonzalo Olaberría.

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