DEPORTES › ASí SE VIVIó LA CLASIFICACIóN AL MUNDIAL EN EL CENTRO DE BUENOS AIRES

Historia de la ciudad desnuda

Las calles porteñas se vaciaron a la hora del partido en el Centenario, las funciones de cine se cancelaron, los bares con TV se llenaron y las vidrieras de los negocios de electrodomésticos concentraron a los hinchas atrasados.

 Por Emilio Ruchansky

El muchacho está angustiado por el desfase entre la trasmisión radial y la televisiva. Mientras reparte volantes de un sauna en medio de Florida y Lavalle, corazón del microcentro porteño, escucha el relato desde el kiosco de diarios y relojea el partido de Argentina y Uruguay en una tele de una tienda de electrodomésticos. “A cada rato pasa el jefe y se fija qué estoy haciendo, no me queda otra que verlo así”, dice el muchacho, que pregunta a otro tarjetero por el resultado de Chile y Ecuador, del que dependía en gran parte la clasificación.

El cruce peatonal está semidesierto. Lo mismo ocurre en la avenida Corrientes desde Callao hasta Florida, donde los pocos caminantes se dan el lujo de cruzar en rojo sin apurar el paso. Apoyado sobre una columna del bar City Corne, un caricaturista llamado Mario Marito campanea su puesto a unos 10 metros mientras escucha el partido con dos auriculares. En una mano sostiene el café, con la otra un paquete con facturas. “Te digo la posta, cada vez que hay partido andan un montón de minas solas o en grupo dando vueltas, es ideal para chamuyar”, asegura el Marito.

A pocas cuadras, en el cine Multiplex, Pablo, el cajero, admite que por el partido debieron cancelar dos funciones y que de momento sólo vendieron 10 entradas para las cuatro películas que están pasando. Tres tarjeteros peruanos de un tenedor libre se quejan de no ver el partido. “Igual les hicimos pasar un susto el otro día”, tira uno, el que tiene el auricular de la radio puesta y confirma de ratos el resultado parcial del partido. La estrategia es repetida por los artesanos a lo largo de Florida. Los bares están llenos y las pancherías, que no tienen tele, suben el volumen de la radio, como premio consuelo.

Cerca del cruce de Diagonal Norte y la Florida se ve un tumulto de gente en medio del desierto. Es un grupo de muchachos, 15 en total, que miran el partido a través de las rejas de un local de electrodomésticos. Adentro, se ve a empleados y patrones alrededor de los plasmas nuevos, como si fuera una fogata. En un momento, un gerente amaga bajar las persianas, pero se arrepiente enseguida al ver que los muchachos le hacen señas de que lo van a degollar. Al rato festejaban el gol de Chile todos juntos como si nada hubiera pasado.

En medio de la calle un cartel dice “Uruguayos, vamos que podemos”. Un transeúnte se detiene para verlo, no es un chiste de mal gusto. Es una propaganda de la dupla Mujica-Astori por las futuras elecciones del país vecino. Más adelante, en Perú e Hipólito Yrigoyen, en el Café Cabildo de Buenos Aires, otro cartel dice “Alentemos a nuestra Selección... si nos clasificamos la segunda vuelta de café es sin cargo”. Adentro el gol de Bolatti y el sonido de las moledoras de café es casi simultáneo; afuera, los volanteros se abrazan y putean a los jefes. Nadie se perdió el partido, es cierto, pero no todos lo disfrutaron por igual.

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La invitación a ver el clásico drenó la calle. El centro de Buenos Aires, a la hora del partido, quedó en silencio.
Imagen: Leandro Teysseire
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